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¿Puedo recomendar algunos artículos? Los Cuentos del Bicentenario son mi manera de colaborar en la celebración, o puedes leer todos mis cuentos.
Esta curiosa construcción sintáctica puede traducirse como “viviendo en una oración” o más bien “confiando en un rezo.” Más apropiadamente significa “crucemos los dedos y esperemos lo mejor.” Lo cual tiene muy poco que ver con el artículo en sí, pero me pareció curioso y además es el nombre de una canción de Bon Jovi de 1987.
Como pueden imaginarse, cuando venía yo con rumbo a Vancouver el avión volaba firme y constante, y estaba yo confiado en que todo me iba a salir de poca madre y había llegado yo a conquistar Canadá un chile jalapeño a la vez. Y entonces empezó a llover, antes de aterrizar, y las cosas se fueron por un tubo: el del drenaje.
Pasé aduanas sin problemas y me dirigí a migración, donde en cosa de 10 minutos ya había despachado yo todos mis asuntos. De verdad, me tardé más en cruzar aduanas por los EUA que en migración canadiense, y eso que en una sólo iba de paso y en la otra me iba a quedar seis meses.
Recogí mis maletas, aspiré una bocanada de aire canadiense y me dije, ahora es cuando, chile verde, hay que darle sabor al caldo. Y salí a la lluvia.
Porque se me había olvidado que llovía, caramba. Como entre el desembarco y la salida había pasado media hora, a mí se me había olvidado que la ciudad estaba empapada. Lo que más bien me importó poco. Venía yo en plan de explorador, cual moderno George Vancouver… y el agua me volvió a la fría realidad. Lo primero fue transladarme a un hotel. El hotel del aeropuerto me atraía bastante, mas lamentablemente… estaba total y absolutamente ocupado. Asà que me transladé a uno de esos hoteles que proveen servicio de camión gratuito (no estaba yo como para buscar mi billetera en ese instante, y me estaba empapando con dos maletas y una mochila bajo el agua helada).
Mi alojamiento estuvo de pocas, en especial gracias a los dólares que desembolsé la primera noche. Dos camas en mi cuarto, porque el único cuarto disponible era doble, pero calientito. Me bañé, me sequé, me divertí, escuché el partido del Atlas contra el Santos gracias a la magia del internet, y me dormí. Hasta me dí el lujo de desayunar gratuita, copiosa y opíparamente antes de venir a Vancouver desde Richmond. Porque sabía yo que no podría volver a hacerlo en un buen tiempo.
Y llegué a Marble Arch, la residencia estudiantil donde me hospedo, inmediatamente arriba del baterista de los Asesinos del Ritmo, y justo frente a las oficinas del Ejército de Salvación, entidad que hasta la fecha no tengo muy en claro qué función desempeña salvo que se supone que es un ejército y que es de salvación.
Mi landlord, vulgo casero, se llama Frank y es un tipo con cara de águila bebé. Por su acento supongo que es hindú. Recibió mis dólares con singular alegría y un entusiasmo digno de mejores causas, y me convertí yo en la envidia de mis compañeros de escuela, en especial de una pareja de italianos que ya se regresan a su tierra este mes, ella hablando muy bien el idioma y él con un acento italiano fuertísimo pero con un inglés inteligible: ellos quisieron llegar a donde yo llegué, pero con la sorpresa de que cuando ellos llegaron no había lugar. Así que se fueron a otro lugar donde les cobran 900 dólares mensuales. Treinta diarios. Yo pago el equivalente a 11.60 al día. Pero ellos tienen cocineta…
Porque el lugar a donde llegué no es precisamente el Ritz Carlton o por lo menos el Ramada Limited que se ve desde mi ventana, diciéndome “ja, ja, pobre perdedor” pero cumple con las necesidades básicas. Y cuando las necesidades básicas de uno son muy básicas, el cuarto se antoja bastante suficiente. Si algo me frustra es no poder hacerle modificaciones. Un buen número de contactos eléctricos, luces varias, una nueva cortina además de la persiana, una mano de pintura en el techo, ocultar las instalaciones de luz y agua, hacer algo… pero no puedo. En realidad sí puedo, pero como no quiero dejar un cuarto de primer mundo que después Frank vaya a rentar a precio de oro, me limitaré a corregir algunas cosillas que no se vean a primera vista y que no vayan en contra de las normas establecidas por la autoridad canadiense.
El cuarto mide nada más y nada menos que tres y medio por dos y medio metros de largo y ancho y además mide tres metros de alto. En la ventana el anterior inquilino dejó cuatro botellas que me ha dado pereza quitar y que además se ven bien allá arriba: una de Corona, una de Coca Cola, una de Orangina y una de Aranciata. Yo coloqué ya una lata de pepsi y una lata de coca cola. El alféizar de la vantana es ancho, casi de medio metro por un metro, y el anterior inquilino solía sentarse en él y abrir la ventana para fumar, con lo cual evadía por los pelos la norma que prohíbe fumar en el interior del cuarto, y a la vez burlaba el detector de humo. Ésto lo sé porque dejó varias colillas como recuerdo. Si abro la ventana y me trepo al alféizar alcanzo la escalera de emergencia, lo cual me permite tener una entrada alternativa si algún día se me olvida la llave. Si la policía no me ve antes, claro está.
La cama es de hierro, tubular y con un colchón que hace “Puff” cada vez que algo le cae encima. El juego de sábanas que me tocó no es lo más reciente y a la última moda, pero por lo menos estaba limpio cuando llegué. El anterior inquilino dejó comida en el refrigerador, y a juzgar por el número de bacterias que hicieron su hábitat en el paquete de ravioles precocinados a medio consumir que dejó, diría que se había ido un par de días antes.
Frank me enseñó el cuarto, me dijo que había uno más grande en el siguiente piso, pero más caro, y así sucesivamente hasta alcanzar el sexto piso. Yo me quedé con el cuarto porque lo necesitaba muy barato, así que le dije a Frank “I’ll keep it” y Frank me entregó la llave.
Y finalmente, se preguntarán ¿cómo es el cuarto?
Y al final pero no por ello menos importante, el contenido de mi frigobar al día de hoy domingo 24 de marzo de 2007.
Pueden ver la foto en grande si le dan un click con su ratón.
Saludos cordiales.
V.
