one hell of a game!
Es la opinión de mi compadre Jack que dispongo de un excesivo tiempo libre, por lo cual puedo dedicar una importante cantidad de mis esfuerzos a la procastinación, lo cual posibilita que en mi escritura sea abundante un estilo engolado, jactancioso, pretencioso, pomposo, ampuloso, inflado, presuntuoso, ególatra, grandilocuente, enfático, culterano, gongorino, sabihondo, rimbombante, ceremonioso, pomposo, melifluo, rebuscado, petulante, recargado, sentencioso, barroco, encopetado, necio, desdeñoso, y prosopopéyico, aunque pedante no lo es. Y evidentemente, y por razones que deberían ser obvias para mis amables lectores y lectrices, mi compadre ha sido iluminado por la clara luz de la razón, que guía sus actos con magistral tino, ojo, destreza, pulso, habilidad, exactitud, seguridad, firmeza, tiento, prudencia, y cordura, y además de todo, estar en lo cierto y lo correcto.
Mas en honor a la verdad, es de mi parecer que para mis lectores sería bastante conveniente leer la frase original que iba a hacer las veces de introducción del siguiente artículo, y que fue hábilmente modificada para decir en 250 palabras lo que únicamente hubiese necesitado 15. La frase en cuestión es:
Dice mi compadre Jack que me la paso haciéndome pendejo cuando escribo. Y tiene razón.
Pero divago. Ayer fue viernes, lo cual implica que hoy es sábado, y aunque no lo parezca, hoy fue día de cruda moral y de la otra. Ayer se celebraron las fiestas de “Hasta luego” (porque eso de fiesta de “despedida” no deja de escucharse feo) de un trío de compañeros de la escuela, personas a las que aprecio bastante a pesar de haberlas conocido por tan poco tiempo. Así que fuimos a comer con uno y de fiesta y a ver jugar a los Canucks con los otros. Éramos 8 personas en un caso y casi medio millón en el otro (me perdonarán ustedes esta licencia poética) y decir que pasamos un rato agradable es no hacerle justicia a lo que en realidad sucedió.
La comida fue en Lombardo’s, lugar que ha sido elegido varias veces como el lugar con las mejores pizzas de Vancouver y que ya he comentado con anterioridad. Cuatro pizzas después, los ocho participantes en el ágape habíamos saciado nuestro apetito (y de qué forma) y nos desplazamos de Smithe y Burrard con intención de desplazarnos hacia Cambie y Cordova, hogar de The Cambie Bar y The Cambie Hostel. Evidentemente, nos dirigíamos al bar.
Estaba lleno a reventar, por supuesto. Los canucks jugaban esa noche y todas las pantallas de televisión del lugar estaban sintonizadas en CBC para observar el desarollo de tan apasionante espectáculo. El hockey sobre hielo, por si ustedes desconocen el juego, es una variación del hockey que se juega sobre hielo. El hockey, a su vez, es un deporte que consiste en guiar o impulsar una pelota o un disco sobre una superficie más o menos lisa y regular para introducirlo en una pequeña portería, con lo cual se marca un punto o tanto. En este caso, en lugar de pelota usamos un disco, o puck, y la superficie es hielo lleno de marcas publicitarias, la cancha. La portería está defendida por el goalie, que es un monstruo de dos metros de estatura, dos metros de anchura y dos metros de profundidad, con cara de bulldog hambriento, que trata desesperadamente de que el puck no entre en su área de gol. Para ello se ayuda de un guante de cuero bastante grande y de un bastón con forma de L. Para ayudarlo, los miembros de su equipo se encargan de impedir que el equipo contrario manipule adecuadamente el disco, utilizando para ello técnicas cinéticas (golpearlo contra la pared hasta dejarlo convertido en puré) tácnicas mecánicas (utilizar el bastón propio o del adversario con intención de romperle la crisma o por lo menos la rodilla) o técnicas pugilísticas (madrear al cabrón que utilizó las dos tácticas anteriores con nosotros). El equipo contrario, evidentemente, utiliza la misma estrategia en su lado de la cancha. El cotejo dura aproximadamente 1 hora, dividido en tres tiempos de 20 minutos. Como es natural, al más puro estilo norteamericano, un juego de una hora dura aproximadamente 3. Ayer el juego empezó a las 7 y terminó a las 11. Claro que también hay que contar los tiempos extra, porque los juegos no pueden quedar empatados. Y ayer hubo dos tiempos extra.
Como resultado, el hockey no es un deporte que podríamos denominar de caballeros, sino uno que denominaríamos de hombres. Hay violencia, muerte y destrucción a lo largo y ancho de la cancha durante todo el cotejo. Y aunque usted no lo crea, el deporte en sé también es emocionante, empezando pro el hecho de que la portería mide apenas un metro de largo y ancho mientras que el goalie la bloquea en su totalidad… y aún así le marcan goles.
Mientras tanto, regresando al bar, hablemos un poco de él. El Cambie Bar está ubicado en la histérica (e histórica) zona de la ciudad denominada Gastown. El Cambie fue fundado y establecido en 1891, y parece que sigue contanto con el mobiliario de aquellos tiempos. Hay mesas que fueron formadas con antiguas ruedas de carreta, mesas laaaargas como el invierno canadiense, y una barra llena de bombas de cerveza. Por supuesto, también hay modernidades, como televisiones, pantallas de Keno y de Pacific Hold’em, que es como el Texas Hold’Em pero de la Columbia Británica, y en lugar de cartas te entregan un boletito con dos cartas impresas. La ventaja es que así no se quejan con el dealer, la desventaja es que se pierde mucho de la emoción del juego.
Debido a que las mesas son largas y comunitarias, uno simplemente toma un lugar y se apropia de él, y listo. Puede ir uno con los amigos a beber y comer algo, o elegir una mesa con desconocidos e intentar romper el hielo, o sentarte en la barra a hacerte el que la virgen te habla.
Como nosotros éramos un chingo de gente, nos apropiamos de dos mesas. Lamentablemente otro chingo de gente ya se había apropiado de los bancos de una de ellas, de manera que nos quedamos de pie en el bar. Al más puro estilo de los bares del viejo oeste, aquí uno va a la barra, pide una pinta o una jarra de cerveza y se la bebe en medio del bullicio y la algarabía. Lo único que faltaba era una pelea de bar, pero eso lo solucionamos por medio del partido de los Canucks, así que la sangre no corrió al río. La cerveza estaba en oferta, así que ésa sí corrió como agua. Yo, como siempre, persona fina, moderada y de costumbres sosegadas, sólo bebí 5 pintas e invité una ronda. Dado que éramos como 20, todos invitamos una ronda y todos pagamos, aunque estoy seguro de que algunos invitaron más rondas y otros se quedaron con los billetes del cambio, que ultimadamadremente es lo de menos al fin y al cabo.
Se discutia de todo. Desde el imbécil punk que pululaba por el bar hasta la cola de imbecilitos que esperaban que alguien saliera para poder entrar, pasando por las tácticas de ligue empleadas por los diversos compañeros y clases prácticas de español y coreano. Uno de mis compañeros ya sabe decir “quihubo puto” y “eres marica” para referirse a un hombre, mientras que emplea “hola mi amor cómo estás” y “eres bonita” para referirse a una dama.
El resultado de la fiesta fue el clásico. Quien al terminar el partido no quedó como araña fumigada, decidió seguir la fiesta en otro antro de vicio y perdición, en este caso el Red Room. Como a mí me iban a cerrar la puerta del hotel, pues me tuve que retirar a mis sacrosantas habitaciones cuchitril residencia.
No me cabe la menor duda. Me sentí por un momento en los viejos tiempos en que era feliz e indocumentado y no un costal de dolores y crujidos acumulados. Un abrazo a todos.
V.
