A taste of honey
Bueno, no es precisamente de miel de lo que fue una probadita. Fue una preciosa combinación de quesos, carnes frías y condimentos variados que sirvieron como el marco perfecto para la cena de hasta luego del buen Marcus.
El lugar elegido se llama Salt Tasting Room. Lo descubrí por equivocación. Es más, antes que por equivocación prefiero pensar que el Poderoso Monstruo de Espagueti Volador me guió con su Apéndice Tallarinesco para encontrar el mejor lugar en el que he comido hasta la fecha en esta ciudad. Y no me refiero a la calidad de la comida (que es muy buena, y yo diría que hasta excepcional) sino al ambiente. Empecemos desde el principio.
Domingo, 17 de marzo, 2007. Un mexicano, genial como él solo, la personificación total del conocimiento, y además de todo, modesto (que supondremos para efectos del relato que soy yo gracias a una licencia literaria) llega a Gastown y decide empezar a visitar la ciudad armado con nada más que los recuerdos adquiridos en aquel lejano año de 2001 en que visitó por primera vez el pueblo la villa el rancho la ciudad de Vancouver. Como suele suceder en esas ocasiones en que uno no tiene un mapa a la mano, me perdí. Bueno, quien me conozca sabrá que no me pierdo ni por casualidad y que siempre sé encontrar el rumbo aunque no conozca dónde cuernos estoy. A lo que iba es que yo estaba en una zona de la ciudad que, a pesar de estar muy cerca, me era desconocida. Y no era para menos: estaba yo en un lugar que no aparece en todos los mapas: Blood Alley.
Blood Alley, el Callejón de la Sangre, recibe ese nombre por el hecho fundamental e innegable de que hace mucho tiempo, un chingo para ser más precisos, en ese callejón se ubicaban las carnicerías de la naciente ciudad de Granville, alias Gassy’s Town, alias Gastown, Vancouver. Cada noche los carniceros limpiaban sus establecimientos con la ayuda invaluable del agua, por lo que la sangre, literalmente, corría al río, que después de todo estaba a apenas dos cuadras y una calle de distancia. Por si esto no fuera suficiente, en la placita que se encuentra ahí el gobierno colonial se encargaba de ejecutar a los indeseables y a los inconvenientes. Cuando en la década de 1960 se revitalizó Gastown, a Blood Alley también se le dió una manita de gato. Y el lugar pasó de ser un callejón lleno de carnicerías a ser una especie de plaza pública. Similar destino sufrió Gaelor’s Mews, que antes era la carcel municipal y que ahora es un restaurante, un bistropub y un pub, respectivamente. Al medio de la cuadra formada por las calles Carrall, Water, Abbot y Costello Cordova, justo donde finaliza Blood Alley Square y continúa Blood Alley, se encuentra Salt.
No tiene pierde, por dos motivos: primero, es el único lugar en el cual se puede comer en medio de Blood Alley, y segundo, es el único lugar en medio de Blood Alley. Se reconoce fácilmente por tener una bandera negra con un salero blanco boca abajo. Salt es un restaurante sin cocina. Más que sin cocina, sin estufa. Y los muchachos se enorgullecen de ello. Porque la cocina de Salt se reconoce por no estar cocinada y ser la más variada que encontrarás en el mundo entero y en sus pintorescos alrededores, a pesar de lo cual sólo se compone de dos categorías, quesos y carnes. Y me explico.
El principio de operación de Salt es muy sencillo. Dejemos que la comida sea secundaria. Hagamos que lo mejor de todo sea el ambiente. Hay únicamente una mesa, larga como una devaluación, donde caben cómodamente sentados 20 comensales (nunca mejor dicho). Hay otras pocas mesitas a lo largo de un sillón largo y cómodo, con su correspondiente banquito para la persona que comerá enfrente de tí. El menú de Salt no está impreso. Sería un desperdicio de recursos, porque cambia todos los días y algunas veces a través del mismo día. Por eso, la mente maestra detrás de Salt decidió colocar un enorme pizzarrón, negro como las uñas de un carbonero y grande como Shaquille O’Neal, donde se apuntan los platillos del día.
Decía yo que sólo se encuentran dos clases de platillos: los quesos y las carnes. Y es cierto. Diez de cada uno. Selecciona uno un gran total de tres alimentos y tres condimentos, los cuales le son servidos con prontitud y delicadeza. Uno puede elegir 3 quesos, 3 carnes frías, 2 carnes frías y 1 queso, o 2 quesos y 1 carne fría, y acompañemos cada uno con un condimento, de manera que si mis conocimientos de matemáticas avanzadas no se me han olvidado, significa que elegiremos tres condimentos. Los condimentos, los quesos y las carnes se rotan con precisión suiza. Todos los días hay algo diferente, y si algo es particularmente bueno y se agota, es reemplazado por otro. Nunca podrás comer lo mismo. El costo del sampler, 15 dólares. Y vale cada centavo de ellos.
Acompañemos todo esto con dos cosas: un vaso de agua helada y una copa de vino. Y uno puede elegir, por 15 dólares, probar 3 vinos en porciones de 2 onzas (equivalente a un shot de whisky o un caballito de tequila) o directamente despacharse una copa del vital líquido. Y hay cada semana 20 vinos diferentes para elegir, 10 blancos y 10 rojos (a veces se cuela un rosado o un espumoso) de manera que nunca repites una bebida a menos que hagas chuza con las botellas. También hay postres, al módico precio de 8 dólares. Postres que también cambian cada dos por tres.
Digámoslo de esta manera. De la primera vez que fui a Salt, y entré por error, y la segunda vez que fuí a Salt, a propósito, lo único que había en común era que había un queso de leche de cabra contenta y orgánica de Québec.
Y volvamos al presente, que para que quede constancia es 28 de abril de 2007, a eso de las 10 de la noche hora del pacífico canadiense. Había qué celebrar que el bueno de Marcus se largaba de estas tierras, y a mí no se me ocurrió mejor lugar que Salt. Porque, caray, es un buen lugar. El ambiente es lo mejor. Así que invité a mis amigos a que a eso de las 7 de la noche se reunieran conmigo en Salt. Un poco de problemas para dar con el lugar (nadie daría con él a la primera, ellos mismos lo reconocen y eso mismo forma parte de su atractivo) por parte de mis compañeros pero pronto los cinco comensales estábamos dentro, disfrutando del ambiente.
Debido a que Salt es un lugar pequeño (acogedor, le dicen ahora) siempre está abarrotado, lo cual nos permite tener un ambiente de alegría donde todos hablan, todos se escuchan y nadie se hace caso. El lugar perfecto para ir a comer algo con los amigos, vaya. Seleccionamos nuestros alimentos y nuestras bebidas y empezamos a conversar. Y llegaron los vinos e hicimos un brindis, y llegaron los alimentos y empezamos a comer, sin dejar de charlar. Y qué comida. Yo me despaché un delicioso trozo de queso gouda ahumado de la Columbia Británica acompañado de un ate de membrillo; un delicioso chorizo de Pamplona que estaba para acercarse con la boina en la mano y de rodillas acompañado con un chutney de pera y mango; y un trozo de salami de Granville acompañado por cebollitas dulces que eran una maravilla al paladar. En cambio, mis compañeros de aventura se deleitaron con un queso manchego directamente traído de Castilla-la Mancha, un roast beef de Alberta que sabía a gloria, un tocino quebecois ahumado con sabor a arce y a cielo, y un tenderloin ahumado que era una maravilla de la ciencia moderna. Acompañado de cosas tan variadas como nueces, pepinillos, mostaza de Dijón y vinagreta balsámica. Una auténtica maravilla, y aunque todo se sirve en porciones que parecen poco al principio, puesto que son sóo samplers, con facilidad superan los 75 gramos y suponen una comida completa.
La cuenta, evidentemente, fue elevada pero no excesiva. Éramos 5 personas, y se consumieron 145 dólares, lo que que equivale a un sampler y una copa a 29 dólares por persona. Nada mal por haber pasado una hora deliciosa en compañía de amistades que trascienden tiempo y espacio.
Pero todo lo que empieza tiene que acabar, y en nuestro caso, se acabó algo más que el día. Llegó el momento de despedirnos.
Pero no es un adiós. Nunca es un adiós entre amigos. Es un hasta luego. Buen viaje, Marcus. Donde quiera que te encuentres, tienes un amigo en mí. Y seguiremos en contacto, ya lo sabes, aunque sea por telepatía. Suerte, mi hermano, mucha suerte.
