Nunca me cansaré de decirlo: en Vancouver la gente es muy rara. Y si lo digo yo, ya es mucho decir…
Vivo prácticamente en la esquina del edificio. En la esquina exacta que apunta al este vive Bob, que es un pelirrojo con el cual Stephie tiene sus queveres. Junto a Bob y enfrente de mí hay un cuarto sin número, que debería ser el 113 pero que en realidad es el cuarto del divorcio, dado que ahí se queda a dormir Frank Sr. cuando está enojado con su señora esposa. Lleva un par de semanas teniendo más problemas que de costumbre, lo sé porque se despierta con un humor de los mil demonios, incluso más que Bob y yo, aunque por diferentes causas. En el resto del pasillo no hay nadie.
Bob y yo, y Frank cuando está aquí, nos despertamos sin necesidad de despertador, gracias a un motivo principal: el contenedor de la basura está justo frente a la ventana de Bob. Lo cual implica que, puntualmente, a las 5 de la mañana llega el camión de la basura, carga el maldito contenedor, lo vacía con gran estrépito, y lo vuelve a dejar en su lugar. Tarda 3 minutos en hacerlo, con un ruido que, según mis cálculos, excede los 90 decibeles. Probablemente llegue a 100. Y como en este edificio histérico histórico histérico las paredes son de papel, se escucha todo con una claridad asombrosa.
Pero hoy fue un día especial, porque en el edificio de enfrente, que es donde el Ejército de Salvación tiene sus oficinas, se declaró una alerta de incendio, y por supuesto, llegó el camión correspondiente, con su correspondiente estrépito. Y estaba lloviendo estrepitosamente en el downtown. Y el estrepitoso camión quiso dar la vuelta por el callejón, pero el espacio disponible era muy estrecho, y chocó, con gran estrépito, con el contenedor de basura, que se quejó con gran estrépito, además, ante el estrepitoso daño causado. Los bomberos, con gran estrépito y además estrepitosamente, se bajaron del camión para mover, con gran estrépito, al pobre y estrepitoso contenedor. Y en medio del gran estrépito se levantó Frank estrepitosamente, gritando algo que la moral y las buenas costumbres me impiden reproducir. Eso, y el hecho de que no le entendí una palabra, pero se me derritió a cerilla de las orejas. Sería algo así como “Golly gosh, darn it! Stop that forking noise of poo!” Claro, cuando a uno lo despiertan de esa manera a las 5 de la mañana en un mal día las cosas tienden a ir de mal en peor.
Pero mi día prometía mejorar, a pesar de Frank, la lluvia, el estrépito y el hecho de que aquí estoy más solitario que los tres tristes tigres que tragaban trigo en un trigal. Claro, es que los tres tristes tigres que tragaban trigo en un trigal eran tres y yo soy nada más uno, y además no trago trigo en ningún trigal. Decía yo que mi día prometía mejorar, claro está, y es que no podía empeorar más. Después de todo ya sabía yo que hoy había que pagar la renta y lavar. Adiós a mis trescientos cincuenta y dos dólares canadienses con cincuenta centavos…
Después de ingerir una porción suficiente de combustible para el camino (lo que hago no es desayunar) me fui a la escuela, y para mi sorpresa ya estaban instalados los tres chiflados. Los tres chiflados, permítanme repetirlo (los tres chiflados) son tres, Larry, Curly y Moe. No tengo idea de cuáles sean sus nombres, pero son igual de divertidos. Moe es un tipo enojón, muy enojón. Tanto, que cada vez que una persona pasa frente a él grita una incoherencia. La que sea. Pasé yo y gritó “¡La berenjena en culpable!” Por si les queda la duda de si mi traducción es correcta, Moe gritó en inglés y con acento vancouverita “The eggplant is guilty!” Ésto provocó una curiosa reacción en Larry, el cual se limita simplemente a gritar “Fork you, Gosh darn it!” que me supongo que debe ser más feo, pero como le faltan dientes es lo único que le puedo escuchar decir. Cosa interesante, cuando Larry grita, Curly grita, se agacha y se va de lado, como si estuviera esperando que una patrulla del Viet Cong disparara a su posición.
Pues bien, hoy, por razones que no vienen al caso un camión de transporte tuvo que cambiar pasajeros en la parada que está en la esquina, y como resultado, un flujo de pasajeros pasó frente a Moe, que gritó incoherencias, con lo cual Larry gritó que todos podían irse con su tenedor a otra parte, con lo cual Curly se movía de un lado al otro del parque frente a la catedral, protegiéndose del inminente ataque del Viet Cong. Entre las incoherencias de Moe, los gritos de Larry y los movimientos de Curly, la escena no podía ser más cómica.
Definitivamente tengo que comprarme una cámara que pueda grabar sonido y hacer que un autobús se descomponga frente a los tres chiflados, para grabarlos. Si lo subo a Youtube los vuelvo famosos, justo como a ese ilustre personaje que solía decir “mi vieja mula ya no es lo que era…”
