Supongamos, sin conceder, que este fin de semana pasado me largué con los amigos a conocer extraños nuevos mundos, como si estuviéramos de viaje en la nave espacial Enterprise. El lugar a visitar, Lynn Canyon, North Vancouver.
El lugar queda hasta allá, en casa de la chingada (es decir, bastante lejos) pero es fácil llegar utilizando los autobuses que siguen las rutas 228 y 229. Un grupo de aproximadamente un chingo de personas (éramos bastantes) se dió cita a eso de las 10 de la mañana en la estación Waterfront para transladarse por medio del Seabus hacia Lonsdale Quay y de ahí hacia Lynn Canyon, que por cierto es más bien un cañón chiquito. Uno sabe perfectamente que ha llegado a Lynn Canyon porque las señales son inconfundibles.
El grupo, que se comportaba más o menos igual que un grupo de preparatoria en viaje de fin de cursos, y por cierto contaba con casi el mismo presupuesto, se preparó para recorrer el paradisíaco lugar donde, dicen los que saben, se han otorgado un considerable número de premios Darwin. Éstos premios, por si ustedes no los conocen, cosa que dudo, dado que son ustedes personas finas y educadas, que de otra manera no estarían leyendo esto, éstos premios, repito, se otorgan a todas aquellas personas que han removido efectivamente sus genes de la pila genética, garantizando que no se transmitan a la siguiente generación. A manera de ejemplo, Jacquie, que nos abandonó cuando estaba tomando el sol en un promontorio, se dio la vuelta mientras estaba dormida y se despeñó con rumbo al arroyo que corre a unos 40 metros más abajo. La vamos a extrañar.
Pero divago. Decía yo que el grupo se preparaba para el largo viaje. Para ello, era imprescindible recargar las baterías, y el lugar elegido fue el Lynn Canyon Café, un lugar que, por una serendipia, se encuentra en Lynn Canyon y además funciona como café. Esas cosas no se dan todos los días, créanme. El grupo entró al café cual marabunta. Basta con ver la siguiente fotografía. Si no me pueden reconocer, fíjense bien. Soy el que está detrás de la cámara.
Como es natural, hicimos chuza en el café. Yo pedí unos Fire Benedict eggs, o séase unos huevos benedictinos a la diabla, los cuales, lamentablemente, no tenían a la diabla incluída. Tuve que vaciar media botella de salsa Tabasco para que agarraran sabor, y no lo hicieron muy bien porque aquí la salsa sabe a vinagre en lugar de a salsa. Pero ni modo. Una vez con combustible a bordo, era tiempo de caminar.
El parque del cañón Lynn se llama apropiadamente Lynn Canyon Park, lo cual tiene una lógica impecable sólo atribuible a que los canadienses son herederos de la lógica británica. No por nada los canadienses son súbditos de Su Majestad la Reina Isabel II. La primera visión del parque propiamente dicho es café y verde. Muy café y muy verde.
En el parque encontramos un puente colgante, el cual cruza grácilmente sobre un bello y ondulante riachuelo de aguas color esmeralda (hoy estoy de un ciclotímico subido que ni yo me aguanto) a 50 metros sobre el suelo. El puente, como es natural, es uno de los pocos atractivos no naturales del parque. Y además, parafraseando a Galileo, se mueve.
El grupo, evidentemente, se sentía más que dispuesto a continuar la marcha con rumbo a cualquier otro lado que no fuera el mentado puente colgante, y las negociaciones para decidir si ir a Rice Lake o a Twin Falls (es decir, ir al norte o ir al sur) se prolongaron durante un tiempo considerable, es decir, 5 segundos. La pregunta fue “¿Y ahora a dónde vamos?” y la respuesta fue “Para allá.” De esta manera se zanjó definitivamente el tema. Y fuimos para allá.
El grupo, que debería haber seguido el camino de lozas amarillas, terminó siguiendo un sendero más o menos delimitado por árboles, tapizado en lodo, musgo y piedras. Lo cual no impidió que el grupo siguiera su camino por donde se le antojó. El sol prácticamente no llegaba, tanto por la circunstancia de que estaba medio nubladón ese día (como de costumbre) como por el hecho de que los árboles apenas rebasan los 20 metros de altura. Pronto se hizo evidente que estábamos descendiendo, lo cual tenía sentido, ya que había escaleras en el camino, escaleras que apuntaban definitivamente hacia abajo desde nuestra particular posición, que era arriba. Y por si fuera poco, cuando llegabas abajo, las escaleras apuntaban inequívocamente hacia arriba. Les digo que aquí las cosas tienen una lógica impecable.
En algunos lugares la vegetación era tan densa que apenas se podía ver lo que estaba al otro lado, lo cual no deja de tener sus inconvenientes: ¿qué tal si al otro lado nos espera un león o un rotario, o un comando armado de ninjas paramilitares? Pero no importaba. El premio estaba cerca. A unos pasos de nuestra posición se encontraban las cascadas dobles llamadas Twin Falls. Nunca dejará de asombrarme la lógica toponímica canadiense. No en vano estoy viviendo en la Columbia Británica.
Como si fuera un presagio de lo que nos esperaba, el letrero de “Cuidado, peligro extremo” indicaba que el grupo había llegado a un lugar bastante peligroso.
Al principio pensé que la zona debería ser muy rica en cobre y que de hecho habría bastante minería, ya que el cobre en lugar de darse en filones se daba ya acuñado, pero una inspección más adecuada me reveló que en realidad era la gente la que tiraba centavos para ver si se quedaban en la roca. Lástima…
Nos enfrentábamos a una encrucijada. ¿Cruzar el puente y regresar al lugar de origen? ¿No cruzar el puente y seguir descendiendo? Pero si ya habíamos llegado hasta ahí, era una pena no seguir más hacia abajo, de manera que seguimos hacia abajo en lugar de hacerle caso al tipo que nos animaba a seguirlo hacia la cima pero por el otro lado. El camino no sería fácil, pero nada que un experimentado grupo de combatientes montañistas idiotas estudiantes no pudiera manejar.
Y llegamos al fondo del cañón, donde como es natural alguien ya había aprovechado para dejar la huella de su civilización.
De nueva cuenta, si no me reconocen, soy el que está detrás de la cámara.
Uno de los múltiples atractivos naturales de la zona tiene que ver con su flora, su fauna y su primavera. Aquí, por ejemplo, podemos apreciar a una serpiente crotálica de la especie caraquensis venezolanna tatuents en su hábitat natural…
Pero el sol había salido y era tiempo de regresar por donde vinimos. Más que nada porque se hacía tarde.
Saludos cordiales.
V.
