Llego a dar clases muy a gusto, e impongo la tarea de la semana, que consiste en escribir un ensayo de dos páginas sobre una situación extraña que le haya pasado a mis alumnos.
En clase tengo a una muchacha. Bueno, tengo a varias, pero sólo me estoy refiriendo a una en particular.
El domingo, por una de esas casualidades del destino que los enterados nombran serendipias, mi alumna estaba en su casa, allá por la avenida 49, preparándose para irse de parranda. Y dice que eran como las 8 de la tarde cuando de pronto llega una tonelada de policías a su cuadra, según esto porque uno de los vecinos había reportado que en su patio tenía un cocodrilo de 15 pies.
Antes de yo pudiera decir la clásica bromita mamona de que no era posible que el cocodrilo tuviera 15 pies porque todos tenían nada más cuatro, mi alumna continuó diciendo que era imposible que hubiera un cocodrilo en la avenida 49, porque los únicos cocodrilos en la zona tienen forma de bolsos y carteras. Aproveché yo ese tiempo para convertir 15 pies en el sistema imperial de medidas a 4.5 metros en el sistema internacional de unidades, y me dije a mí mismo “Ah, bárbaro,” tanto por haber podido hacer la conversión sin usar calculadora como por el tamaño de la criatura en cuestión.
Mi alumna prosigue diciendo que se llamó a las unidades más preparadas para atrapar a un animal de ese tamaño, incluyendo a los policías en servicio más fuertes y a una camioneta de los servicios de captura de animales salvajes, que en este caso estaba preparada para coyotes, no para cocodrilos, pero para el caso era lo de menos. Se llegó a la casa en cuestión, se accedió a donde estaba el animal, y se observó que de los 15 pies el cocodrilo había perdido 14.
Era una especie de iguana, presumiblemente importada, que medía 30 centímetros. Un pie apenas. El tipo que había llamado, un chino bastante entrado en años, estaba aterrado por el animal que estaba muy a gusto en el patio, quietecito y sin moverse. Por supuesto que los policías, tras reírse sin querer del pobre y aterrado viejito, intentaron atrapar al reptil ése. Peor el condenado era más rápido que los pulpolicías, y si tomamos en cuenta que mientras más grande y fuerte es un hombre más lento se vuelve, podrán imaginarse que todo el personal presente hacía el ridículo, y entre risas, tacleadas y golpes trataban de acorralar al asustado y escurridizo animal. Pero los policías parece que tenían dedos de mantequilla porque no lograban agarrar a la pobre lagartija superdesarrollada ni de casualidad.
Media hora pasó sin que las fuerzas del orden lograran atrapar al fujitivo. Hasta que tomaron la desición de pedir apoyo, y llamaron a una mujer policía que pasaba por ahí, que rauda y veloz, además de muy rápido y en chinga, agarró al dragón miniatura y se las arregló para meterlo en una caja de zapatos. Y se llevaron a Bud (que así bautizaron al animalejo) a un refugio de animales.
Flora, fauna y primavera en Vancouver. Capaz de enloquecer al más cuerdo.
Saludos cordiales.
V.
