Aftermath.

Bien. Que no se diga que no lo intenté. Traté de olvidarme de este blog a base de vitamina T, es decir, tacos, tortas, tostadas, tamales, tlayudas, tlacoyos y tequila. Lo logré por una semana. Pero bueno, de cualquier manera tenía qué escribir lo que me pasó el último día que estuve en Vancouver, con el capítulo que cierra de manera permanente V for Vancouver.

La noche anterior estuve yo arreglando mis cosas. Cuando llegué a Vancouver tenía yo únicamente dos maletas. Cuando me fuí, salí con 4. Una de mis maletas originales , una mediana de rueditas, la había mandado con B; la grande de rueditas se quedó conmigo. Las otras las adquirí en Vancouver, una en eBags, una maleta grande expandible con rueditas que me costó 25 dólares, y una maleta mediana con rueditas que me costó 29 dólares en Canadian Tire, que venía con el regalo adicional de una maletita de rueditas, dentro de la cual venía una bolsa de mensajero, dentro de la cual venía una mochila escolar, dentro de la cual venía una lonchera, dentro de la cual venía un portalápices, dentro del cual ya no venía nada. Comencé entonces a acomodar todas mis porquerías acumuladas durante tanto tiempo, y llegué a la conclusión de que debería dejar algunas si no quería que me cobraran sobrepeso. Dejé mi olla, mi jarra de agua y mi cafetera. Dejé algunos videocassetes. Dejé un bote de café aromatizado, sustituto de crema para café, y azúcar, para que pudieran usar la cafetera de inmediato. Dejé ramen y macarrones con queso para que pudieran utilizar la olla de inmediato. Pero eso sí, a la jarra tenían que comprarle un nuevo filtro de agua. Si tiraron todo a la basura o lo aprovecharon, eso yo ya no lo sé.

Acomodaba yo mis cosas, decía. Utilizando mis prodigiosas habilidades de empacado me las arreglé para meter toda mi ropa en dos maletas, la grande original y la grande nueva, y me quedé yo con una maleta mediana dentro de la cual venía una maleta chica dentreo de la cual venía yna bolsa de mensajero dentro de la cual venía una mochila dentro de la cual venía una lonchera dentro de la cual venía un portalápices. También me hacía falta espacio para los recuerditos, que también había acumulado varios y no quería regresarme sin ellos. Y hacía falta espacio para las galletas, el jarabe y los dulces de arce. Y para mi colección de monedas, puesto que cada moneda de 25 centavos decorada que me encontré fue agregada a mi colección, de manera que tengo monedas de 25 centavos con la reina cuando era joven y bella, cuando era madura y un tanto menos bella, y de la tercera edad, ya no bella pero respetable y con el recuerdo de haber sido joven y bella. Tengo monedas de los olímpicos y de los paralímpicos, del año 2000, de la instauración de Nunavut y del aniversario de la Confederación. Tengo monedas decoradas con una flor de amapola, símbolo de la policía montada de Canadá; también tengo del lazo rosa, símbolo de la lucha contra el cáncer de seno. Y tengo centavos. Un chingo. Son como 94 monedas, para ser preciso, que conservaba yo de los cambios y que no podía encontrar cómo deshacerme de ellos. Ni siquiera se me antojaba ir al banco a cambiarlos por un dólar. Terminé acomodando mis monedas en una lata de cacahuates y la introduje en la maleta llena de maletas.

Hice lo mismo con los productos de arce, con mi vaso de squishee, con mis llaveros y con mi taza de descuento. A ésta le tengo particular aprecio, pues a la letra dice “I’m not 50, I’m just $49.95″ lo cual no deja de sacarme una sonrisa siempre. Metí también mis periódicos, los cuales son representativos de las ciudades en las que estuve y de los hechos importantes que marcaron mi estancia ahí, como el hecho de que V for Vancouver visitó Victoria al día siguiente de que otra ciudad de la isla de Vancouver hubiera sido visitada por Oprah Winfrey. Metí también mis artículos de limpieza personal, incluyendo un jabón que me sobró y que no había abierto. Metí mi cepillo de dientes eléctrico y los cabezales de repuesto que compré especialmente para la ocasión. Metí mi colección de gorras y cachuchas, adquiridos en cada uno de los lugares en los que estuve haciendo turismo. Y por último, metí unos pocos libros.

Cuando las tres maletas hubieron alcanzado el peso de 25 kilogramos cada una, observé con horror que aún no había metido la mitad de mis libros, mi computadora portátil y dos mochilas. Por fortuna recordé que arriba del avión se pueden llevar dos cosas personales, así que cambié una mochila por la bolsa de mensajero, que estaba preparada para llevar una computadora portátil, y empaqué los libros en la otra mochila. El peso de la sabiduría era bastante grande. Llevaba yo arriba del avión 5 libros y abajo 9. Y eso que ya me había deshecho de varios bajo el simple procedimiento de regalarlos. Voy a extrañar esos libros… Espero que hayan encontrado un hogar mejor. Finalmente observé mi obra, y observé que sólo había olvidado meter a la mochila mi Gameboy Advance. Me tendí en mi cama, me dispuse a jugar una partida de Super Mario Bros. 3, y me quedé dormido cuando llegué al mundo 3-5, a eso de la una de la mañana. Y a la mañana siguiente…

…quien esto escribe se despertó a la hora de costumbre, con el fresco de la madrugada, es decir, a las 7 de la mañana. Meencontré de pronto, con el ojo pelón, viendo al luminoso, brillante, resplandeciente y jodón sol vancouverita colarse por mi ventana. Me entró entonces un ataque de nostalgia, puesto que nunca más vería al sol vancouverita joderme el sueño tan temprano a esas horas de la madrugada desde esa misma ventana.

Me levanté, me coloqué los ropajes preparados para la ocasión, y salí con la intención de ir a desayunar a Gastown para ver por última vez el verano canadiense, si es que a esa larga primavera se le puede llamar verano. Hacía aire y amenazaba lluvia, como todos los días en Vancouver. Compré mi muffin de blueberries y mi café capuchino de las ocasiones especiales, y desayuné con calma, tranquilidad y parsimonia viendo a la fauna vancouverita hacer sus actividades diarias, y a los turistas fotografiar el reloj de vapor que ha vuelto mundialmente famoso a ese punto histórico e histérico de la ciudad. Caminé un poco más para despedirme de Gassy Jack, los méndigos mendigos mendigaban con insistencia de quien ha caído tan abajo que no tiene nada que perder y todo por ganar, y regresé al Marble Arch. Sería la última vez que entraría por sus puertas de cristal permanentemente jodidas. Me despedí de Kevin, del Pequeño Juan y de Hagrid, y le sugerí a Kevin que en lugar de cristal colocara policarbonato en la puerta del frente.

Subí al 111, y descubrí con horror y placer que sería la última vez que escuchara el “crack”que hacía mi puerta al abrirse. Destendí la cama, y acomodé todo de forma tal que se pudiera hacer un inventario de la funda, la sábana, la cobija, la colcha, la funda de la ahmohada y la almohada de un solo vistazo. Saqué mis maletas, cerré la puerta del one eleven por última vez, me dirigí al elevador y me introduje con toda mi humanidad y mis maletas. Era la segunda vez que me metía a ese elevador. La primera vez fue cuando llegué, con mis dos maletas, mi mochila, y un inglés tan malo como un burro en bicicleta. Ahora me iba, con un inglés decente aunque estropajoso, veinte kilos menos entre pecho y espalda y el pelo despeinado. Crucé por última vez el umbral del 518 de la calle Richards. Me acerqué a la recepción, estreché las manos de Hagrid, Kevin y el Pequeño Juan por última vez, y le entregué mi llave al manager. Paré un taxi, subí mis maletas y me largué con el viento fresco con rumbo al aeropuerto.

Fahrid, el taxista, hablaba en farsi con alguien que se escuchaba muy contento a juzgar por las risas que provenían del radio. Empleando tácticas de taxista, plenamente legales aunque de dudosa moralidad, Fahrid se las arregló para que no nos detuviera un solo semáforo por la calle Granville. Llegamos a la terminal internacional del aeropuerto Yankee Victor Romeo, o sea YVR (We have eYVRthing!), Fahrid me despojó de 30 dólares y me ayudó a llevar mis maletas hasta la estación de Alaska Airlines, y cuando se marchó supe que no había marcha atrás. Vancouver se terminaba para mí. Pero la ciudad no me dejaría ir tan fácilmente.

¿Qué pasó con V?

¿Abordaría el avión a tiempo?

¿Llovería tanto que se cancelarían los vuelos ese día?

¿Perdería la conexión en Los Ángeles?

¿Le cobrarían sobrepeso por las maletas?

¿Lo dejarían llevar la tercera maleta a bordo?

¿Se me olvidó algo?

¡No se pierdan la continuación de este emocionante episodio en la conclusión de la temporada uno de V for Vancouver, mañana, a la misma hora, en el mismo lugar y por el mismo canal!

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Article by V

Un mexicano viviendo, estudiando, trabajando, caminando y conociendo las húmedas tierras de la Columbia Británica. Read 265 articles by V
One Comments Post a Comment
  1. paulinita says:

    ay ay ay! cómo te gusta hacerla de emoción!

Microblog

  • piropos (2):

    Quisiera ser pirata para navegar por el mar rojo de tus labios.

    #

geekstore!

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