Aftermath. Really, the aftermath.

Escrito y publicado por Quoth el 18/09/2007, a las 07:44:25 pm, 1190159065 segundos Unix, hora Swatch 030. Comentar

En nuestro capítulo anterior V se había quedado solo y su alma atribulada buscaba consuelo en una botella de tequila… pero no había tequila en muchos kilómetros a la redonda.

Me apersoné frente al mostrador de Alaska Airlines que me pareció más desocupado. Lo que no era de extrañar, pues al revisar mi boleto me dí cuenta con horror que había llegado con cinco horas de adelanto. Bueno, podría intentar escribir algo desde la terminal para reemplazar los posts automáticos del blog, siempre y cuando hubiera una conexión de internet disponible. Me dirigí al mostrador armado con mi boleto y las formas de migración y aduanas correspondientes debidamente rellenadas con el texto apropiado, y para mi mala fortuna en lugar de atenderme una muchacha guapetona con aires vietnamitas que estaba en un mostrador, me atendió una gorda vancouverita que estaba en otro.  Revisó el peso de mis maletas (24.5, 24.7 y 24.9, todas en kilogramos y dentro del margen de tolerancia) me dijo que era afortunado porque sólo las rutas que llegan a Guadalajara permiten tres piezas de equipaje (lo había revisado en el sitio web de Alaska, lo que fue la razón de que comprara el maletón) y me preguntó finalmente si estaba yo listo para entrar. Como no había nada más qué hacer afuera del aeropuerto, y no quería yo regresar a la ciudad y arriesgarme a perder el avión, dije que sí. La gorda me dió mis boletos, documentó mis maletas hasta Guadalajara y me dijo que me fuera a la izquierda y posteriormente a la derecha en la tienda de duty free, para posteriormente cruzar la zona de aduanas norteamericanas y llegar a la zona de abordaje internacional. Y allá va V.

Entro cargado con mis maletas y el guardia de seguridad me detiene, revisa mis formas y papeles, y me dice que está todo en orden. Entro al duty free, donde quise comprarme una botella de vino de hielo, pero dicho brebaje estaba muy caro. 375 mililitros de vino por 55 dólares es muy poco vino por muy muchos dólares. Que el vino de hielo es también una delicia con la cual no necesita uno ni siquiera Viagra para llegar al estado adecuado de romanticismo, también es cierto. Pero privó el sentido común, sobre todo al recordar que la botella debía ir empacada en mi equipaje y que Alaska no tiene fama de cuidar precisamente las maletas. Abandoné el duty free y llegué a la zona de aduanas. El primer tipo que me vió me solicitó mi forma blanca, y le mostré la que estaba engrapada en mi pasaporte, que me permitía (al menos en teoría) ingresar a los Estados Unidos sin mayor trámite. “Me temo que no, caballero,” me dijo el vista, “esta forma sólo le permite ingresar por tierra. Tiene que llenar una nueva. Que le den una en el mostrador de su aerolínea.” “What?” me dije en voz bajita. En voz alta dije “Okay, you’re the boss.” Y allá va V.

El guardia del duty free me detiene y me pregunta por qué me regreso. “Me hace falta una forma.” “Pero las tenía completas…” “Aparentemente no…” “Pase…” Y allá va V. Llego al mostrador de Alaska y para mi sorpresa la gorda que me atendió se había ido a comer, así que la chica vietnamita me entregó mi forma y una sonrisa, que devolví con calidez y con un movimiento de bigote me tuve que retirar, porque la señora de rancia alcurnia que estaba del otro lado me miró con cara de “Ella me atiende a MÍ, no a USTED.” Una más que se me va. Llené mi forma, y llegué otra vez con el guardia de seguridad, que volvió a revisar mis papeles antes de decir “Pero si a usted ya lo había dejado pasar…” “Yes, I can remember that…” fue mi respuesta. “Go on…” me dijo, y volví a entrar al duty free. La botella de vino de hielo volvió a decirme “Llévame contigo” y yo volví a decir “No, ni madres…” El tipo que me revisó la visa por primera vez ya no estaba, y fue reemplazado por una gorda india de Oklahoma (lo supe porque pregunté de donde era) que revisó mis papeles, quitó el permiso antiguo de mi pasaporte y tomó mis yeguas genitales huellas digitales y mi fotografía de rigor. Finalmente pasé con mis valijas, mi maleta de mensajero
y mi mochila llena de libros. Entro a la zona donde depositar el equipaje y coloco con cuidado mi maleta en la banda transportadora. Mientras me giro para saber por dónde debo ir escucho un “Plonk” seguido de un “Fuck! Goddammit!” y deduzco que mis maletas se han caído de la banda transportadora sobre el pie del maletero. Entro a la zona de seguridad y me detienen. “No puede usted pasar con esto, está prohibido,” me dice la guardia flaca y fea. “Pero es un jugo…” “Pues no puede pasar con él. Puede dejarlo o tomárselo.” “Pues ya que tengo opción de elegir… cheers!” y me bebo mi jugo de dólar treinta y cinco de un solo trago, aprovechando para tomar un par de pastillas para la gripe aviar.

Una vez con el jugo en mi estógamo estómago y con la lata en la papelera de reciclaje correspondiente, paso otra vez por la revisión. “Quítese los zapatos.” “Pero está haciendo frío…” “Pero tenemos alfombra…” “Está bien, usted gana…” Y me quité mis zapatos. Pasé por el arco detector de metales que falló miserablemente al detectar mis antiparras, mis anillos, mi fajo y las monedas de dos dólares que traía en el bolsillo derecho del pantalón, y no dije ni pío porque el tipo que debía revisarme miraba para otro lado.  Recogía mis cosas y me acomodaba los zapatos cuando los aparatos de rayos equis igriega y zeta revisaban mis mochilas. “¿Trae usted libros en esta maleta?” me pregunta el encargado del aparato. Como respuesta, abro la maleta, saco mi libro de Stephen King y respondo “Sí…” La respuesta, lacónica fue un “Oh…”  Y me dejaron pasar.

El camino para llegar a la puerta donde abordaré el avión está flanqueado por tiendas, tiendas y más tiendas. Compro tres camisetas de Orange County Choppers y Hot Rod por 10 dólares y tomo asiento en una fila de asientos junto a una cafetería. Faltan 4 horas para mi vuelo. La tripa me gruñe (pues no he comido, sólo desayuné) y decido gastar mis últimos dólares canadienses en una hamburguesa con queso y poutine. La ingiero (y digiero) con calma, tranquilidad, parsimonia y un eructo, producto de la Coca Cola que utilicé para facilitar la ingestión de mis alimentos, y me siento a descansar un rato mientras anuncian mi vuelo.

Y así pasan los días, y yo sigo esperando…

En realidad pasó una hora y me estaba quedando dormido cuando llegó una señora hablando en tagalog con su marido, de donde deduje que era filipina, y paralelamente llegó una señora hablando japonés con su marido, por lo que deduje que era japonesa. Las dos señoras se pusieron a platicar mientras los dos señores se quedaban leyendo sus respectivos periódicos, uno en tagalog y el otro en japonés. Las señoras hablaban de que Vancouver era muy bonito y que sus nietos iban a estar encantados con los regalos que les llevaban, y peor aún, resultó que las señoras eran vecinas en California, y vivían a una cuadra de distancia una de otra y nunca antes se habían conocido. Yo me quedé ahí como tarugo leyendo a Stephen King y escuchando música, y de pronto me entró un retortijón y me largué al baño, que estaba apenas a 3 metros de distancia. Guardé mis cosas, las dejé en el asiento y me dirigí a hacer cosas que la moral y las buenas costumbres me impiden describir, aunque puedo decir con tranquilidad que todo salió como se esperaba. Regresé a mi lugar justo cuando anunciaban que mi avión estaba listo para abordarlo. Decidí abordar hasta el final para que todos se hubieran acomodado cuando yo llegara, y fue una desición correcta, puesto que cuando entré todos ya estaban en su lugar y fue cuestión de deslizar mis dos maletas en la ranura correspondiente y ocupar mi lugar junto a otro matrimonio japonés que viajaba a Los Ángeles. No era yo el único mexicano, pero sí era yo el menos enfadoso, lo cual es al mismo tiempo preocupante y satisfactorio.

El vuelo se desarrolló como suelen desarrollarse los vuelos, y sólo lamenté no haber tenido mi cámara a la mano para tomar una foto aérea de la ciudad de Vancouver antes de alejarme de ella por última vez. Llegué a LAX, el aeropuerto de Los Ángeles, directamente a la sala donde mi siguiente vuelo partiría, y teníamos media hora de adelanto respecto al plan. Todo marchaba a pedir de boca, miel sobre hojuelas y todas esas cosas. Llamé entonces para decir que todo estaba saliendo según el plan y que mi comité de bienvenida me esperara en el aeropuerto de Guadalajara con la limusina grande, la champaña fría y un negro vestido de blanco como chofer. Se acabó mi crédito, colgué y entonces, ¡Mal haya! anunciaron que el vuelo venía retrasado.

Media hora después anunciaron que el vuelo estaba listo para partir. Todo seguía de acuerdo al plan establecido y me tranquilicé un poco. Abordamos… y nos hicieron bajar porque el vuelo tenía problemas mecánicos. Dije yo… carajo, los indios que pululan a mi alrededor van a estar encabronados… Y sí, los indios que pululaban a mi alrededor se encabronaron. El peor era uno malencarado con aspecto de judicial que resultó ser judicial y estaba realmente encabronado. Pero el piloto lo paró en seco en español estropajoso pero comprensible: “Mire, señior, ió puedo volar el avión así como está, peuro a medio vuelo pueden faiarnos las turbains y caeríamos. Si usted está dispuesto a aceptar toda la responsabilidad puedo comunicarlo con el jefe de mecanics and the control tower para pedir autorización…” EL judicial se tragó su enojo y se sentó a rumierlo en un asiento alejado, mientras el capitán Morris se comunicaba con la torre de control, el jefe de mecánicos, y el jefe de hangares para solicitar una nueva aeronave. Aeronave que apareció pronto en la puerta de al lado, con las llaves puestas y toda la cosa, y Morris junto con su tripulación se subió a ella. Hora y media desde que anunciaran el primer retraso había pasado, y la indiada que esperaba impaciente empezaba a impacientarse más aún.

Excepto yo, por supuesto, pues tenía mi as bajo la manga: si cancelaban el vuelo nos podían mandar a un hotel a pasar la noche por cortesía de la aerolínea, que era una perspectiva más agradable que soplarnos toda la noche en el aeropuerto. Pero Morris ya tenía preparada la aeronave a las dos y media de la madrugada, y empezamos a abordar. Eran las tres de la madrugada y seguíamos en LAX. A bordo del avión, pero en LAX. ¿Cuál era el problema, se preguntarán ustedes? Sencillo: no había arriba del avión suficientes personas que hablaran inglés. Se necesitaban personas que pudieran hablar inglés fluidamente y traducirlo al español en caso necesario, para que ocuparan los puestos junto a las salidas de emergencia. ¿Qué acaso no hay ocho personas que pudieran hablar inglés correctamente, me pregunté yo? ¿Acaso tendré que ofrecerme de voluntario? Qué demonios, quiero llegar pronto a casa, Señorita azafata, yo me ofrezco, Gracias, señor, por favor ocupe ese asiento, Disculpe caballero, no quiero importunarlo, No se preocupe, así llegamos antes, Eso mismo pienso, Y dónde estaba usted, Allé, con el joven de la gorrita azul, Ah, gracias, le encargo mis cosas, Yo le encargo las mías…

Finalmente partimos. Morris dijo que había solicitado una alteración de ruta para acelerar el viaje y no pasaríamos sobre el mar sino que iríamos en línea recta directo a Guadalajara, con lo que nos ahorraríamos una hora de viaje y lograríamos llegar a tiempo para que no se perdieran las conexiones de las personas que  seguían viajando, pero de cualquier manera llegamos a las 8 de la mañana. Al descender a GDL, o sea, el aeropuerto Don Miguel Hidalgo y Costilla, las cosas se hicieron a la mexicana. En lugar de descender en una boa, nos llevaron en camión desde el lugar donde se detuvo nuestra aeronave, debido a que por el retraso la boa que nos esperaba la estaba utilizando otro avión para embarcar a los pasajeros. Las maletas se confundieron con las de otro avión que venía de Seattle y que no era el nuestro, y tuvimos que buscar nuestro equipaje en dos bandas separadas (yo encontré una maleta en una banda y dos en la otra) y estuve a punto de comprar tres botellas de Johnny Walker etiqueta negra en el duty free pero me contuve porque, haciendo cuentas, salía más caro que comprarlas en el supermercado.

Finalmente, era tiempo de pasar por el temido semáforo fiscal.

¿Me tocaría la luz verde?

¿Sería acaso la luz roja?

¿Revisarían mi equipaje?

¿Me dirían algo al ver que dentro de una maleta había otra maleta que a su vez tenía una mochila conteniendo una mochila que traía dentro una lonchera con un portalápices en su interior?

Y tal vez lo más importante, ¿Estaría mi chofer negro vestido de blanco en la limusina grande esperando mi llegada con la champaña helada?

¡Mañana, a la misma batihora y por el mismo baticanal, el episodio de cierre de temporada de V For Vancouver!

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