Sweet sixteen

Escrito y publicado por Quoth el 28/09/2007, a las 07:52:10 pm, 1191023530 segundos Unix, hora Swatch 036. Comentar

Bueno, más que dulces dieciséis es la fiesta de quince años de una de mis primas. Pero lo interesante no es tampoco la fiesta en sí, sino la forma en la que me enteré de ese singular suceso.

Imagínese usted la escena. Estoy muy a gusto en mi sillón favorito,que finalmente es mi único sillón. Conectado a mi aparato cuadrafónico está mi ipod, el cual está reproduciendo I´m not okay de My Chemical Romance a buen volumen. La potente guitarra de la canción me inspira para rascarme los huevos siguiendo el ritmo, aunque instantes antes también me los estaba rascando, pues en esta actividad me desempeño con una alegría y un entusiasmo digno de mejores causas. Decía yo que me estaba rascando cuando recibo una llamada telefónica. Por supuesto, sin dejar de efectuar las labores propias de mi sexo en los antecitados ovides, bajo el volumen del estéreo y contesto el teléfono.”¿Estás en tu casa, G?” dice una voz familiar al otro lado de la línea. “Sí, yo creo que sí, aquí me llamaste…” respondo yo, con esa lógica impecable que a veces poseo. “Bien manejado…” dice mi interlocutor, antes de continuar: “Oye, te quería pedir un favor.” “Pues tú dirás…” “¿No sería mucha molestia si mañana pudieras recogerme?” “¿Y te vas a redejar?” “Este… digo, que si puedes pasar por mí…” “¿Y cuál es el motivo por el que solicitas mis servicios como chofer?” “Pos es que no puedo manejar, compadrito.”

Obviando el hecho de que no soy compadre de mi interlocutor, recuerdo vagamente que sufrió de fiebre carbonosa (¿o era fuerte cabronazo?) en el área de las vértebras lumbares y se encuentra inmovilizado de la espalda. Eso hace, por decir lo menos, bastante difícil el duro arte de guiar un vehículo automotor a su destino. Un punto a su favor. Entonces recuerdo: “¿Y tu señora esposa?” “Con su mamá, compadre.” “¿Con mi mamá? ¿Y qué hace allá?” “No, no con tu mamá, con la mamá de mi mujer, compadre.” “Ah, ya… ¿Y qué hace allá, de nueva cuenta?” “Pos es que operaron a su mamá, compadre.” “¿A la mía?” “No, a la de mi mujer, compadre.” “Ah, ya… ¿Y tu hija?” “Aquí está, compadre…” “¿Y por qué no maneja ella?” “Pos porque tiene doce años, compadre.” “No tu hija menor, inútil, tu hija mayor.” “Pos está en el hospital, compadre.” “Achis, ¿y por qué, o qué?” “Pos porque no pudo cambiar el turno, compadre…” Entonces me acuerdo que ella es ingeniera culinaria en un hospital privado, muy famoso porque su lema es “No se nos va uno vivo.” “¿Y tus hermanos?” “Pos todos ya están ocupados, y cuando llamé a tu papá me dijo que te hablara…”

En vista de que no puedo librarme de llevar a mi interlocutor a su destino, me veo obligado a aceptar, a menos que encuentre la forma de hacer que tome un taxi. Digo, después de todo llevo seis meses sin guiar un auto, y si Stevie Wonder puede, no veo por qué yo no; pero prefiero quedarme en mi casa el sábado a reparar los daños de seis meses de abandono en mi propiedad, incluyendo podar el césped que creció en el techo e impermeabilizar para que el agua no se filtre a las paredes. “¿Y a dónde hay que trasladarte, si se puede saber?” pregunto yo con la misma inocencia que el lobo que se va a comer a la oveja. “Pos a la misa y a la fiesta, compadre.” Respuesta que no esperaba recibir y que provocó que dejara de rascarme los huevos. Hago, por tanto, la única pregunta que una persona que lleva dos semanas en Guadalajara tras haber estado seis meses en Vancouver puede hacer: “¿Cual fiesta?”

“Pos la de tu prima, compadre…” “Tengo un chingo de primas, por si no lo recuerdas…” “Bueno, eso sí, pero no todas cumplen quince años.” “¿Quién cumple quince años?” pregunto yo, revisando mi calendario en el ipod, “la más cercana es Chabela y los cumple a mediados de octubre…” “Pos es que adelantaron la fiesta, compadre…” “Pos será el sereno, pero no me invitaron…” “Es que yo tengo tu invitación, compadre…” Me llevo la mano derecha a la sien, emitiendo en el proceso un curioso sonido que recuerda al aplastamiento de una mano que estuvo rascando el huevo derecho de su propietario durante diez minutos antes de estrellarse contra la sien, y replico: “Es bueno saberlo… ¿alguna otra cosa que deba saber antes de emitir mi veredicto sobre tu transporte?” “Pos no…”

Mi mano derecha ahora rasca mi occipusio, acción que utilizo para desatorar los engranes que conforman la maquinaria de mis complejos pensamientos. Una vez que tengo ya una especie de idea a medio fraguar, le pregunto a mi interlocutor: “¿Y cómo voy a llevarte, o más bien, llevarnos, si no tengo yo autonave?” Hombre siempre práctico y de ideas brillantes,  mi interlocutor responde: “Pues nos vamos en mi carro, compadre. Y te lo quedas toda la semana para que te muevas, en lo que llega mi mujer.” Si bien no me apetece la idea de vestirme de tacuche y recorrer la ciudad cual pingüino en el trópico de cáncer y a medio día, por lo menos la presencia del automóvil provocará que pueda surtir el domingo mi despensa, que bastante abandonada la tengo, al grado de que sigo pensando que vivo en Vancouver y no en Guadalajara. “¿Y a qué hora es la fiesta?” “Pos la misa es a las seis, compadre…” Yo, que siempre he tenido mis prioridades muy bien marcadas, repito mi pregunta: “¿Y a qué hora es la fiesta?” “Pos después de la misa, compadre…” “¿Y dónde tendrá verificativo el ágape?” “¿Qué?” “Que dónde es la fiesta.” “En el Atlas Chapalita, compadre…” Ande, la vez pasada la fiesta de Monse, hermana mayor de Chabela, fue en un salón de fiestas madreadito allá por Niños Héroes y Warashington, así que vamos progresando.

Finalmente, tomando en cuenta que la diferencia entre ir y no ir puede ser unos copazos y la posibilidad de que mi interlocutor sea depositado en su casa por otra persona mientras yo me quedo con la propiedad temporal de su automóvil, digo: “Bueno, no se diga más, yo paso por tí a eso de las cinco para largarnos a la fiesta.” “Tá güeno, compadre.” “¿No te has cambiado de casa, verdad?”  “No, sigo donde mismo, General Descontento 666, entre Gregory House y Sherlock Gómez.” “Bueno, no se diga más, yo paso por tí.” “Gracias, compadrito…”

Y colgué.

Es bueno saber las cosas. Yo ya sé a quién le voy a dar mi testamento para que lo lea cuando me muera.

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