Whoa, nice party…
Ahí estaba yo, disfrazado de gente decente. Eran como las siete y media, y llegaba yo a la fiesta tras una soporífera misa de quince años que pensé por un momento que iba a ser de dicha duración.
El intento de automóvil que iba manejando este humilde narrador era propiedad de mi interlocutor telefónico de hace dos días, cuando me enteré de la dichosa fiesta. Todo un prodigio de desorganización, la firsta programada para las ocho inició a las ocho y media. Como la vez pasada que la familia de la novia la quinceañera contrató un grupo versátil las cosas fueron horribles, esta vez se contrató a un deejay, a quien muy amablemente le enviábamos saludos a su madre de manera constante. A la del deejay, no a la de usted, aclaro. El idiota del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) leyó mal los nombres de la quinceañera, del padre de la quinceañera, de la madre de la quinceañera, del padrino de la quinceañera, de la madrina de la quinceañera, y de los supuestos chambelanes de la quinceañera. Por si fuera poco, al momento de presentar en sociedad a la quinceañera, en lugar de colocar el Vals del Segundo del insigne maestro Mastropiero, el imbécil del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) puso Thriller de Michael Jackson, y la quinceañera, que es como de la familia, obligó a los chambelanes a bailar los primeros segundos como si zombies se tratara. Finalmente el atarantado del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) le atinó al disco en que estaba la música escogida y seleccionada personalmente por la quinceañera, pero ni la quinceañera, ni los chambelanes, ni el animal del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) sabían a ciencia cierta dónde terminaba un tema y comenzaba el otro, con el resultado de que el baile era más bien una estupidez que una presentación en sociedad. Llegó el momento el que el sufrido y gastado padre bailara con la quinceañera, momento bastante curioso porque el vestido de la quinceañera se enredó en los zapatos del padre y si no azotó al suelo fue por la peculiar circunstancia de que la quinceañera logró sostenerlo en precario equilibrio que parecía fríamente calculado excepto por las huellas de los zapatos en la crinolina o seda o gasa o raso o como se llame la chingadera esa que cubría la falda de la quinceañera.
El inútil del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) comenzó la fiesta e invitó a bailar al respetable y a los invitados de la quinceañera, sólo para suspender el baile a los treinta segundos porque la quinceañera debía partir su pastel. Fué en ese preciso momento cuand, como de una sola voz, como si de un pensamiento en común se tratara, como si compartiéramos la conciencia, los varones Maybrick, de la Croix y Ruiz gritamos con toda la fuerza de nuestros pulmones “¡Saludos a la madre del Deejay!” El deejay se puso rojo y se limitó a quedarse callado mientras la quinceañera partía el pastel. Acto seguido se reanudó la fiesta con una selección de canciones tan madreada que me levanté a corregirle la plana al bestia del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) .
Del intento de selección que sonaba por los altoparlantes y las bocinas, que no hacía que se levantara nadie a bailar, seleccioné las más bailables y se las marqué claramente al pendejo del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) para que las pusiera. Funcionó a medias, hasta que uno de mis primos, Jota Ele me parece, obligó a bruto del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) a que dejara de usar efectos entre canciones de diferente ritmo; y no fue sino hasta que llegamos a la selección de música de los noventas, ochentas y setentas que el disléxico del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) puso exactamente al revés, que la cosa funcionó mejor.
Mientras tanto en la mesa de este seguro y humilde servidor de ustedes la cena estaba servida. Una especie de pechuga de pollo a la parmesana en salsa de champiñones de lata, junto con una magra guarnición de media papa al horno, un trozo de zanahoria mal hervida y un racimo de un sucedáneo de brócoli para supuestamente acompañar. Debido a que ya eran como las diez de la noche y traía yo hambre, me comí la cena, aunque el brócoli de plástico y la zanahoria se quedaron en su lugar. Lo único bueno era la papa, y es bastante fácil de preparar, carajo. Ultimadamadremente, ¡saludos a la madre del cocinero!
La jauría de menores de 17 años se quedó desconcertada al momento de que empezaron a sonal las notas de YMCA y tuve que ser yo, que no bailaba, cómo escribir YMCA en el aire. Ed Maybrick sentó cátedra con Staying Alive, al más puro estilo de Fiebre de Sábado por la noche. Holy Maybrick hizo lo mismo con I Will Survive. Jota Ele de la Croix hizo lo propio con You Should Be Dancing.
El baboso del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) puso de pronto “Puto” de Molotov y el slam se prendió durísimo con los Ruiz, los Maybrick y los de la Croix. Hasta yo me paré a darme unos madrazos. Jota Ele de la Croix bailaba como trompo de Apizaco, importándole una chingada el mundo, y la fiesta continuó como suelen continuar las fiestas: viendo a los intoxicados tambalearse. Un trío de muchachitas que no llegaban en conjunto a los 45 años de experiencia estaba cual placa de trailer: hasta atrás. Una de ellas estaba en calidad de güevo de perro: hasta el culo. Esa peculiar circunstancia provocaba que sus amigas sobrias se murieran de vergüenza y las borrachas celebraban que no se podía parar. Tan ebria estaba la chica que por un momento temí que estuviera a punto de un coma alcohólico, en especial cuando la chica se me acercó y me besó mientras decía lo mucho que me amaba. Tomando en cuenta que nunca antes la había visto, me limité a pedir de lo mismo que había estado bebiendo la chica. Inmediatamente después la chica vomitó detrás de mi posición, afortunadamente sin daños a mi trinchera en el ataque, y decidí que era preferible no ingerir de lo mismo que ella.
A eso de la una el pendejo del deejay (¡saludos a la madre del deejay!) terminó su show y se vació lentamente el salón de fiestas contratado. Inmediatamente lo que quedaba de mi compadre y quien esto escribe nos retiramos a lugares más prácticos. La operación de espalda del dueño de la autonave que conducía yo era tan molesta que en lugar de soplarse un tequilazo mi compadre se sopló cuatro pastillas analgésicas. Lo llevé a su casa, y apenas observé que abrió la puerta, arranqué con rumbo a la mía, previo acuerdo para quedarme yo con su auto y devolverlo más tarde. Claro, previamente lo utilizaré para ir de cacería al supermercado, que esta oportunidad no se da todos los días.
Una noche productiva, si puedo decirlo yo.
Saludos cordiales.
G.

Pues ¿qué más? ¡SALUDOS A LA MADRE DEL DEEJAY!
¡Divertidísimo el post!
ME UNO A LOS SALUDOS DEL DEEJAy……….
haber cuando te invitan a otra fiesta …….aja….m m m m