“A ver, cabrones,” dije yo, irguiendo el pecho y mostrando aplomo militar, “chinguen a su madre todos. Me voy al estadio a ver jugar al Aclas.”
Frase que hubiera sido más contundente si hubiera estado alguien presente para escucharla.
A eso de las siete de la tarde estábamos reunidos cinco cabrones y todos decidimos ir al estadio a apoyar al Atlas contra los Tecos de la UAG, razonando que era punto menos que imposible que perdieran esta vez. “Pero es el Atlas,” razoné yo, bajito para que no me escucharan, “así que todo puede suceder. En especial en los últimos diez minutos.”
Uno de los cinco debía ir de mandil por su vieja. O más bien por su nueva, porque está recién casado. Decidió también que nos vería en el estadio. Los cuatro que quedamos decidimos echarnos una cascarita de fúrbol en el Playstation y mi equipo, Real Madrid, perdió estrepitosamente ante el equipo rival, Barcelona. Claro está que era la primera vez que jugaba yo Winning Eleven, así que el éxito de nuestros contrincantes no es tanto por su habilidad, sino más bien por mi incompetencia. Para cuando miré mi reloj, además de ir perdiendo 6 – 0, eran ya las ocho y ya íbamos bastante tarde para ir al estadio.
Había llovido, por lo que esperaba que la cancha del Coloso de la Calzada Independencia, o sea el Monumental Estadio Jalisco, estuviera no sólo húmeda sino anegada, lo cual a su vez implicaba un juego lento. Si la cancha estuviese simplemente mojada, en cambio, el juego podía ser más veloz que de costumbre. Cualesquiera que fuesen las posibilidades, todo apuntaba a que el juego iba a ser bastante bueno. Quien esto escribe, en su calidad de socio del club Atlas Colomos, contaba ya con dos boletos para la zona baja poniente. ¡Contemos! ¡Un boleto para la zona baja poniente! ¡Dos boletos para la zona poniente! ¡Uno, dos! El resto del equipo carecía de dichos trozos de papel impreso, y por tanto debían adquirirlos. La odisea de la búsqueda de boletos comenzó a las ocho treinta, y tras quince minutos de búsqueda infructuosa de taquillas o revendedores que dieran un precio menor, le dije yo a mi carnal, “Carnal, a mí me vale madre, yo vengo a ver al Aclas. Ten tu boleto y entra cuando se te hinche el huevo. ¡Ahí se ven, losers!” Mi carnal decidió que era yo poseedor de toda la razón y vino tras de mí primero y delante de mí después, para entrar triunfales por la puerta seis a buscar y apartar lugar para toda la perrada.
Diez minutos después, ya iniciadas las acciones del encuentro, entraron los cuatro que faltaban, sudorosos y jadeantes pero contentos. Pensaba yo en la posibilidad de adquirir diversos artículos que se expendían en el estadio, y me decanté finalmente por un par de jugos de excelente fruta metálica (dos cocas) y unos curiosos frutos secos recubiertos con especias del lejano oriente (una bolsita de cacahuates japoneses). Me salieron igual de caros que en Vancouver, carajo… Pero divago. El resto de mi séquito también adquirió diversas cosas, y llegó el momento en que pensé que la emoción del encuentro estaba orillándolos a la combustión espontánea, pero no, lo que pasaba era que fumaban como chacuachos los cabrones. Siendo yo el único no fumador, miraba yo el paisaje como si estuviedra nublado y decidí cambiarme a un asiento en la fila de adelante, con el objeto de ver claro el encuentro que se disputaba lleno de emoción, y goles en fuera de lugar, ante mí.
Una de las cosas que más me gustan del Aclas es que son un excelente medio para ejercitar el músculo cardíaco. Sólo quienes trabajan en un hospital saben el número de infartos y aneurismas que llegan tras un partido del Aclas. Para cuando nos fuimos al medio tiempo con dos goles de ventaja, yo no hubiera pasado la prueba de la presión sanguínea. Siempre en los últimos minutos, siempre. Pero era tiempo de relajarse y recrearse la vista, o por lo menos intentarlo, porque las Margaritas del Atlas, las porristas oficiales en grupos sub-21 y sub-15 que hacen su noble labor de entretener al respetable durante el medio tiempo, quedaban bloqueadas por esos horribles anuncios inflables de suplementos vitamínicos, botanas, refrescos y cervezas. Alcanzábamos a ver algo entre un anuncio de Estrella y uno de Takis, pero no mucho. Ni modo.
El segundo tiempo inició como suelen iniciar los segundos tiempos del Atlas, con mucho peligro. Ni siquiera cuando el juego estaba 3-1 los aficionados tenían un respiro: la opinión generalizada de mi séquito era “En la madre…” Cuando Droguett metió gol faltando cuatro minutos para que terminara el tiempo reglamentario, y los Tecos amenazaban con empatar durante los últimos diez minutos, que son los que más víctimas envían al hospital, la opinión general de mi séquito era “Ya nos llevó la chingada…”
Y el cabrón de Chacón que no pitaba el final del encuentro. El respetable se cansó de chiflarle en morse -.-. …. . -.-. .- / - ..- / -.-. .-. — -. — – . - .-. — (checa tu cronómetro) y comenzó a chiflarle … .- .-.. ..- -.. — … / .- / .-.. .- / – .- -.. .-. . / -.. . .-.. / .- .-. -… .. - .-. — (saludos a la madre del árbitro). Para cuando por fin Chacón dejó de hacerla de pedo y pitó el final, quien esto escribe tenía las manos heladas. Llevo 30 años yendo a los partidos del Aclas. Es la primera vez, en treinta años, que tenía las manos cual témpanos de hielo. Me estoy haciendo viejo en definitiva.
Pero las emociones no acabaron ahí, no. Faltaba el box. Si hay otro deporte que me guste, es el box. Incluso llegué a entrenar un poco cuando era yo joven y bello, hace ya un chingo de tiempo, pero nunca llegué a darme de trompadas con nadie pues mi naturaleza es más bien pacifista, lo que es lo mismo que decir que me daba güevair al gimnasio. Pero admiro a los cabrones que se dan de trompadas frente al público cual modernos gladiadores. Hace tiempo, a manera de comentario, diré que me gustaba ir a la lucha libre. Pero ese noble deporte se ha convertido en una charlotada y dejé de asistir a la Arena Coliseo. Así que me queda el box. Saliendo del estadio la pregunta era “¿Y aquí a dónde vamos? ¿Al Candy’s, al Lipstick o al Titanium?” conocidos centros de beneficencia donde los caballeros finos y educados como éste su seguro servidor van para ayudar a jovencitas en la más negra y cruel de las inopias; ellas, bellas como camellas, son tan pobres que no tienen nada de ropa y uno, como es natural, les regala dinero para que se compren algo que les permita aislarlas de la crueldad de los elementos. Pero privó más el sentido común, pues el argumento central era “Nel, no traigo nada y todavía tengo que llegar a la quincena…”
El grupo se dirigió, por tanto, a mi castillo, donde sintonizamos el box y nos pusimos a animar al mexicano y a burlarnos del pobre Eduardo Lamazón. A base de madrazos la pelea se puso emocionante. Que el réferi le haya quitado un punto a Barrera por un golpe fuera de tiempo se entiende: el réferi estaba de frente. Que Pacquiao le haya dado un cabezazo a Barrera sin que le quitara un punto se explica: el réferi era un pendejo. Que Pacquiao haya sido superior pues sí lo fue, pero no por mucho. De cualquier manera estuvo emocionante la pelea. Terminado el encuentro decidimos jugar una partida de tenis a manera de despedida, en el cual la eficiencia que demostré en dicho deporte se vió reducida a la nada por el hecho de que mi compañero de equipo era la primera vez que jugaba. Pero fue emocionante, y cuando dos de tres que quedaban en mi reino debían ir a mandilear, agradecí el sabio consejo de mi abuelo: “No te cases, hijo, no te cases. Hazme caso y serás feliz.” ¡Gracias, abuelo!
Era como la una y media de la mañana cuando mi séquito se largó y yo finalmente decidí escribir la pildorita que publiqué hace unas horas, y me dí cuenta que no había cenado. Mejor: así no recupero el peso que perdí en Canadá. Me acosté en mi cálido y mullido lecho
y me dispuse a dormir, con la satisfacción del deber cumplido.
Y con el fresco de la madrugada, a eso de las doce, una llamada interrumpió mi sueño…

vaya, el Aclas gano, ya sumaron….este…¿4 puntos?
Las peleas de box, si estuvieron bastante emocionantes.
Cinco puntos, cinco. Una de las peores temporadas del Aclas que yo recuerde. Qué asco de generación.