Books everywhere!
Hoy, damas, caballeros, flora, fauna y primavera, me largué a la FIL.
Desde su primera edición hace ya veinte largos años he asistido a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La conocí así, chiquita, y ahora está grande, enorme la desgraciada, y promete crecer todavía más.
Uno va a la FIL a comprar libros. Hay otros que van a pasear y algunos más incluso van a ligar, pero uno va a comprar libros. Lo malo es que la mayor parte de los libros que me interesan ya los tengo, y los que no tengo, que son mayoría, entran en dos grandes grupos: los que están muy caros como para comprarlos y los que no me interesan para nada.
Cosa extraña, en el stand donde se encuentra Larousse (donde se encuentra un portafolios ejecutivo que contiene un diccionario enciclopédico ilustrado, un diccionario inglés español, y dos diccionarios consultores por magros 400 pesos) también están los cienciólogos promocionando la estupidez que es la dianética de L. Ron Hubbard, que es un escritor de ciencia ficción fracasado a quien en una noche de juerga lo retaron a que hiciera su propia religión y viviera de ella, y ganó la apuesta. Ahí tienen un émetro, aparato que semeja un galvanómetro cuya función es medir algo, que no tengo idea de qué sea a ciencia cierta lo que mide, pero lo mide. Ciando a mí me invitaron a usarlo, usando antiguos métodos budistas de rejalación mental, o sea, apretando y soltando las manos, logré que la aguja saltara, lo que volvió un tanto loca a la tipa que pretendió convertirme a la cienciología. Le dije que me llamara cuando arreglara su chingadera (a la que llamé “aparato”) para que me pudiera medir. Se quedó todavía más asombrada cuando se midió ella misma y la aguja quedaba estable.
Pero no es eso de lo que quiero hablar ahora. En realidad quiero hablar de que a B tambié lo convencieron para que hablara con los cienciólogos. Dado que B no tiene el entrenamiento de la vida que da el ser escéptico y tener conocimientos de ciencia a buen nivel, puesto que es abogado, sí tiene un elevado grado de conocimiento9s de falacias lógicas debido a su deformación profesional como licembriago y un conocimiento que le fue muy útil en esta ocasión.
La ciencióloga, una chica que no estaba mal y que en otras circunstancias hubiera sido material de persecución, intentó convencer a B de que la dianética era la mejor forma de librarse de los problemas mentales, porque no era una cura milagrosa sino que los arrancaba de raíz. B se mostró escéptico y comparó la antedicha dianética con la homeopatía, que personalmente le dije cómo funcionaba hace unos años y dejó de tener efecto en él. La chica dijo que no era así, que era mejor porque no dependía de medicamentos que podían afectarlo gravemente. B pidió que le explicara el por qué de esa radical declaración, y la chica le intentó explicar pidiéndole que le explicara qué era la depresión.
B ya ha sufrido de depresión y ha estado tratado por ese concepto, por lo que estaba en una posición ideal para explicarle a la chica lo que era la condición médica de depresión crónica. Aunque la chica trató de decirle que eso en realidad estaba en su mente, B insistió en que no, en que eso estaba en su cerebro.
La chica no se iba a dar por vencida tan fácil, y le preguntó si sabía cómo funcionaban los antidepresivos. B, por supuesto yu como era de esperarse, le dió una explicación detallada de cómo funcionaban los antidepresivos que se tuvo que soplar durante un buen tiempo, especialmente Prozac. Dijo incluso cómo funcionaba el medicamento a nivel de receptores neurológicos, algo que en realidad no era correcto pero que para el caso era lo mismo.
La chica ya estaba francamente preocupada por el hecho de que se estaba enfrenteando con una persona preparada, no con los clásicos incultos que son carne de cañón para este tipo de charlatanes. Intentó la última carta, y le dijo a B que si no sería mejor que en lugar de intoxicarse se hubiera curado simplemente leyendo sobre dianética. “Cómo es eso, cuéntame…” dijo B. “Sí, o sea,” balbuceó la chica, “Si en lugar de haber tomado medicinas hubieras conocido lo que es la dianética y te hubieras curado de tu depresión.” “Ay, mija, ” dijo B, “si estando yo deprimido hubieras logrado que me pusiera a leer en realidad no hubiera necesitado la medicación. Yo estaba enfermo de depresión, no en mi mente sino en mi cerebro. Es más, sin las medicinas no estaría yo aquí hablando contigo.”
La chica se rindió y dejó a B en paz. Yo me limité a felicitarlo por el excelente manejo de charlatanes que demostró. Y ahí está el secreto de la felicidad, el sentido de la vida, la respuesta máxima: cuando la educación se acumula en el cerebro, cuando uno sabe, vaya, no es fácil engañarlo. Pero cuando no tienes ni idea de lo que te están hablando, eres carne fresca para los buitres que pululan a tu alrededor.
Y eso, damas, caballeros, flora, fauna y primavera que me acompañan, no tiene precio.
Saludos cordiales.
G.

Lo que yo entendí al respecto de eso es que la dianética era como creer en hogwarts, y la misma seño, o una parecida, no supo responderme… a lo mejor si los misioneros hablaran como extranjeros cultos les funcionaría un poco mejor, pero esa señora hablaba como venezolana
Cultura y dianética son términos contradictorios. Como prueba de ello, Tomás Crucero, alias Tom Cruise.
¿como Jesús el cristo y el güey de la tienda?
El güey de la tienda es un oximorón. Yo pensaba más bien en Poncho el Piloto.