Dust, dust, dust, fly away…
Y hoy, que por irme a una fiesta que comentaré mañana, por poco no escribo, no pasó nada digno de ser contado.
Lo que, por supuesto, no me ha impedido nunca el no contar algo.
Era tiempo de que el inútil del electricista, que por fin se apareció, enterrara los cables que se encontraban expuestos a la furia de los elementos y colocara lámparas en el patio de carga. Eso es algo que yo hubiera podido hacer, pero que preferí no hacer yo mismo en persona porque sospechaba que, por supuesto y como suele suceder, alguien iba a poner un pero.
Y efectivamente, alguien le puso un pero al trabajo del electricista. Y luego otro. Y luego llegó una orden contradictoria. Y como las órdenes mutuamente excluyentes que da el patrón deben ser cumplidas ipso facto sin rechistar de manera expedita y con gran velocidad de forma instantánea y en chinga aunque eso implique que la lámpara de arriba quede abajo pero sin que se mueva (permítanme recuperar el aliento… gracias), el inútil del electricista estaba a punto de un colapso nervioso. Yo me limite a decirle que hiciera lo que tenía que hacer, sin preocuparse por el qué dirán. Total, si igual iba a estar mal lo que hiciera, da lo mismo cómo se hiciera.
Cuando el patrón vio cómo quedó la lampara en cuestión, felicitó al electricista por el resultado. Yo le hice al electricista una seña de que no dijera nada; en especial porque la lámpara que se iba a colocar ahí la estaba yo desempacando de su caja.
Qué cosas.
Saludos cordiales.
G.

Pues si tú no tienes nada que decir, nosotros tampoco tenemos que comentar, ;-P
Mks.