The women of my life, part one

Escrito y publicado por Quoth el 29/12/2007, a las 12:32:32 pm, 1198949552 segundos Unix, hora Swatch 772. Comentar

Bueno. Yo quería que esta sección fuera más bien esporádica pero el caso es que cuando uno empieza a escribir pendejadas luego no puedo parar. Además no tengo ganas de pensar en otra cosa, así que publico este desahogo público en público para mi público. He aquí la primera de dos partes.

Hace un chingo de tiempo (me parece que fue antes de Navidad, pero no podría precisar si fue el 23 o el 22) un ex compañero de la escuela me escribió para informarme que se casaba. También me decía que me iba a mandar mi invitación por correo común y corriente, con estampillas y todo, y que sabía de antemano que quien esto perpetra escribe no podría asistir, más que nada porque yo sigo en la capital de la Nueva Galicia mientras que él se encuentra en la sede de gobierno del Nuevo León, o sea, en Monterrey. Pero mientras platicábamos (o escribíamos, más bien, pues la conversación tuvo lugar por medio de la mensajería instantánea) me preguntó si ya estaba yo listo para uncirme el dulce yugo. Mi respuesta fue un lacónico “sí, claro, en cuanto encuentre a alguien que se deje uncir la otra mitad.”

Parece ser que de todos mis compañeros de escuela soy uno de los pocos afortunados que permanecen solteros. Lo cual, en mi caso, tiene una explicación sencilla, fácil y racional, pero como dicha explicación la dejé en el otro pantalón se conformarán ustedes con escuchar la triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada la vida amorosa de G.

Mis relaciones con el sexo opuesto y bello, y presuntamente débil aunque puedo atestiguar que golpean bastante fuerte, recio y duro, no necesariamente en ese orden, mis relaciones con el sexo opuesto, decía yo, son más bien escabrosas y tormentosas si lo veo con la justa perspectiva que me dan los años. Y no es que me queje. Escogeré sólo dos, las más supercalifragilísticoespialidosas, extravagantes, raras y espantosas. Verán:

La primera fémina con la que tuve una relación decente propiamente dicha, en la que se podría considerar que la pareja de presuntos homo sapiens sapiens podía llegar a algo más que un simple morreo o un manoseo mal ejecutado, fue allá por el año de 1997. Hasta ese año mis escarceos amorosos iban más bien dirigidos a robarme home aunque no pudiera pasar yo de la segunda base, utilizando términos beisbolísticos. Si bien los tiempos en que era yo un mozalbete lleno de barros ya habían quedado atrás, aún no había yo terminado la carrera: de hecho cursábamos el séptimo semestre de la ingeniería. La llamaré U, una vez verificado que ninguna letra de su nombre corresponde a la cuarta vocal del alfabeto, mismo caso que el de otras 25 personas en mi círculo de amigos pasados o presentes. U era estudiante de otra carrera, a quien conocí por mediación de un tercero, y era una chica mona que tenía la curiosa costumbre de cantar en voz baja la tonadilla de moda, igual que otras personas que conozco. No daré más datos para evitarme represalias posteriores. La cosa es que U y G, que en ese entonces se hacía llamar Gee, comenzaron a salir juntos sepa usted por qué motivos y al poco rato ya eran más o menos pareja estable.

Un día a U le entró un extraño síndrome cuyo nombre no ha sido registrado aún por los anales médicos, aunque es harto conocido: quiso un hijo. Lo cual era algo realmente interesante tomando en cuenta que, a) teníamos 21 años, y 2) no teníamos dónde caernos muertos. Mas ella siguió aferrada a su decisión de mezclar sus genes y los míos para producir una nueva criaturita. Como es obvio, no estaba yo dispuesto a sacrificar cualquier hipotético futuro que pudiese yo tener, y mucho menos estaba dispuesto a joderle la vida al bebé, para que ella pudiera jugar con un muñequito de verdad. Un día me llegó de sorpresa y por poco me encuentra sin preparación, pero nunca he luchado yo sin máscara y jamás voy a la guerra sin casco: cuando ella me preguntó qué nombre sugería para nuestro hipotético bebé, le hice un nudo a la cáscara que cubría el fruto de mi amor, la tiré al excusado y tiré de la cadena mientras decía “Houdini.” Las cosas llegaron hasta el extremo que tras una noche de lujuria (cosa un tanto irónica, porque nunca pudimos hacer dicha actividad de noche sino a medio día, a la hora de la comida para ser más precisos) me informó que si no quería tener un bebé con ella se iba a buscar a otro. Por tanto, hice lo que cualquier hombre en mi caso hubiera hecho: le dije “que lo encuentres pronto, corazón…” y procedí a abrocharme los botones de la camisa. Como un año y medio después me enteré de que U no sólo había buscado a otro sino que lo encontró y se casó con él de a niño de compromiso. El pobre hombre se volvió de inmediato mi mejor amigo y eso que no lo conozco ni sé quién sea.

Sé que tiene que haber una moraleja por alguna parte, pero no la encuentro. Mañana, la segunda parte.

Saludos cordiales.

G.

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1 comentario

Awake
29 / 12 / 07 a las 8:20 pm

La hora de la siesta es magnífica para la lujuria… pero las imposiciones (tanto más si son estúpidas) no.

:-)

Mks.


 
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