The women of my life, part two
Bueno. Yo quería que esta sección fuera más bien esporádica pero el caso es que cuando uno empieza a escribir pendejadas luego no puedo parar. Además no tengo ganas de pensar en otra cosa, así que publico este desahogo público en público para mi público. He aquí la segunda de dos partes.
Poco después de salir de la carrera y convertirme en un flamante ingeniero, entré a dar clases, enseñando el cobre y dando lástima, a una universidad privada cuyo nombre no voy a mencionar. Básteme decir que aterroricé a varias generaciones por mi forma de dar clases y sobre todo de calificar. Pero vaya que aprendieron bien los cabroncetes. En esa época me enredé yo, literalmente, con X, una alumna de la escuela, haciendo caso omiso del viejo adagio que empieza con “Donde llenes la olla…” y termina con “… no metas la polla.” Hombre, es que X tenía cierto parecido con cierta cantante famosa por aquella época, aunque no pienso revelar si era Britney Spears o Paquita la del barrio. Además sabía yo que era mi último mes de clases, y por eso me importó una chingada el adagio anteriormente citado, dado que si algo maliera sal saliera mal soportar 30 días o menos no era mucho castigo, y a cambio tenía yo la posibilidad de disfrutar los resultados; por si fuera poco tenía yo toda una vida por delante y además la fortuna me sonreía (estaba yo poético en esa ocasión).
Debo mencionar que la alumna no era alumna mía, pero que era alumna al fin y al cabo. También debo mencionar que yo daba clases a nivel de preparatoria, que ella era mayor que el resto de los alumnos de su grupo, que ella no era de la ciudad, que vivía con sus padrinos, que ella era más o menos del mismo modelo que quien esto escribe y que el fetiche ése de la chica bien desarrollada en uniforme sigue siendo igual de efectivo que cuando lo inventaron los japoneses. Es decir, en términos culinarios, todo iba cual miel sobre hojuelas. La circunstancia excepcional sucede bastante tiempo después de que comenzáramos a salir, un día en el que los recuerdos de cuando yo era profesor ya comenzaban a difuminarse. Han de haber sido como tres meses después. Los recuerdos son confusos pero no creo que los detalles varíen mucho a como sucedieron en realidad.
Estábamos nosotros dedicados a las labores propias de nuestros respectivos sexos cuando, por algún motivo, razón o circunstancia que no atino a recordar, terminamos durmiéndonos un rato. Dado que desde siempre he sido un ave nocturna (y a veces un pájaro de mal agüero) generalmente no logro conciliar el sueño sino hasta la una o dos de la madrugada si bien me va; también recuerdo que ella no podía llegar a casa de sus padrinos muy noche porque su padrino, don Corleone, era un adulto mayor muy mayor y cuidaba a X como si fuese hija suya. La cosa es que nos dormimos y lo que recuerdo es que, al despertar, estaba yo con la cara vuelta hacia la pared y ella estaba abrazándome por la espalda, roncando plebeyamente. Me giro, tratando de no despertarla, simplemente para ver si era cierto lo que en ese tiempo decían de una mujer dormida. Después de todo me consideraba yo uno de esos amantes a la antigua que gustaba de contemplar la madrugada soñando entre los brazos de su amada.
Mas no pude comprobar gran cosa, ni terminar la canción de Roberto Carlos antes de que se volviera futbolista, y ni siquiera recuerdo qué es lo que decían de una mujer dormida, porque en ese momento X lanzó un grito, encogió sus brazos en una expresión de terror y, además, encogió las piernas hasta colocarlas en posición fetal, con gran rapidez. El resultado efectivo fueron profundos arañones en mis costados y un rodillazo bastante efectivo en dirección a cierta parte de mi anatomía que quiero mucho, aunque sea chiquita y cada vez me cueste más trabajo ponerla a punto para que haga su trabajo. Por puro acto reflejo impulsado por el dolor, me coloqué yo en posición fetal tratando de reducir el dolor de la parte afectada y minimizar su exposición ante otro eventual ataque, con tan mala suerte que golpeé mi frente en su nariz, con resultados adversos para la nariz de X, como era de esperarse. X se despertó por el dolor y procedió a arañarme la cara y el cuerpo entre gemidos, a lo que respondí con sonidos gurutales.
Me figuro que el administrador del lugar malinterpretó el pandemónium que llegó a sus oídos, porque el tipo me dedicó dos pulgares arriba cuando salimos, quince minutos después, magullados, adoloridos, arañados y encabronados. Sobra decir que X y quien esto escribe no terminamos en muy buenos términos, y no porque yo no hubiese intentado continuar la relación. Todo por un mal sueño de ella y por haberme dado la vuelta yo.
También aquí hay una moraleja, y para variar, no sé cuál sea. Pero bueno, por lo menos soy capaz de reírme de mis desgracias.
Mañana, el último artículo del año, con un recuento de acontecimientos. Saludos cordiales.
G.

…y tu público hace la ola, mira, mira las manitas, OOEEEOEOEOEOEEEEE!!!
XD
Mks.