Hoy fue día de visita social. Sin embargo esta vez el día no inició temprano. Hoy, por ser sábado, me dí el lujo de quedarme en cama hasta las dos de la tarde.
Tras un nutritivo y sustancioso desayuno consistente en una rebanada de pan tostado y un sucedáneo de pizza, me puse a conectar mi televisor con mi video beta, mi video vhs, mi dvd, mi sintonizador de alta definición, mi wii y mi equipo de sonido de 5.1 canales. Un rato después a mi señora madre se le antojó ir a visitar a sus hermanas, que por una serendipia son mis tías, y me echó un grito para que la acompañara, dado que ni mi carnal ni mi progenitor estaban disponibles y a la mano. Y como hace tiempo que no las visitara, allá va G.
Siempre es una aventura interesante visitar esa mansión. Parece hospital privado. Uno de mis tíos está ahí convaleciente, junto con una de mis tías, y además mi abuela. Y como a quien no le duele algo tiene síntomas de otra cosa, combinadas con una hipocondria galopante, pues las cosas son otra cosa. Una cosa que es otra cosa sólo puede ser alguna cosa, decía el afamado y mundialmente filósofo G. total, que llegamos a la casa en cuestión, y a mí me sorprendió que mi progenitora me diera a cargar una especie de cosa de lana. Hasta el momento no tengo idea de qué haya sido, porque la explicación fue “Me lo llevó tu tía María, pero ya me cansé de que se encuentre cosas en la calle y me las lleve…” Abro en este momento un paréntesis.
(Por alguna extraña razón, que tiene que ver con la tosudez de un empleado del registro civil y de la cerrazón de mi abuelo matero, junto con lo bragado de mi abuela materna, todas, absoluamente todas las hijas de mi abuela que son hermanas de mi madre, y mi madre inclusive, se llaman María, en honor tanto a mi abuela como a la madre de mi abuela, y a la abuela de mi abuela, y si sigo escarbando tal vez encuentre que mi linaje se extiende hasta la mismísima galleta María. Lo cual no deja de ser un pensamiento sabroso y divertido.)
Cierro en este momento el paréntesis anteriormente abierto. Así pues, entré al hospitalito cargando la especie de cosa de lana, tras que mis tías María y María nos abrieran la puerta y nos saludaran. A continuación saludé a mi tía María, esta última recuperándose de una operación en la que le demolieron la fábrica de hacer muñequitos, a mi abuela y a S y T, que estaban ahí de visita. Acto seguido, saludé a P, que ya está muy recuperado, y a C y O, que estaban de baquetones, ocupación que en su mayor parte consiste en rascarse el huevo derecho con la mano izquierda y el huevo izquierdo con la mano derecha, lo cual tiene sus complicaciones, o crean. Un mal movimiento y se te enredan los dedos, y en esa posición eso puede tener funestos resultados.
Pronto empezamos a discutir sobre la inmortalidad del cangrejo y el asunto de que los inútiles de los albañiles que está empleando la autora de mis atribulados días son unos pendejos. El razonamiento es impecable: Los albañiles son pendejos, porque si no fueran pendejos no serían albañiles. Mi madre llegó a esa conclusión al ver que la jaula que con tanto amor y dolores arreglé el pasado jueves, para impedir que sus canarios se escaparan, sufrió cinco bajas: los albañiles le arreglaron el techo, y cubrieron todos los lugares por donde los canarios podían escaparse… excepto que olvidaron cerrar las dos puertas mientras trabajaban. Por tanto, debo ingeniármelas para conseguir un par de resortes económicos que cierren la puerta por si sola.
Ahora bien, mientras discutíamos sobre la ascendencia genética de los alarifes escuché que la voz de O me llamaba. Como no quisiera yo gritar para saber qué cuernos quería, se me ocurrió llamarle por teléfono. Lo interesante del asunto es que O me gritó para invitarme a comer, puesto que acababa de llegar su pizza. Tras bromear un poco sobre lo estúpido que era llamar por teléfono al piso de abajo, colgué y volví unirme a la conversación, que ya había cambiado su objeto de estudio a los carpinteros.
Hacia las 7 de la noche llegó el momento de marcharnos, justo cuando llegaron María y María, las dos ausentes, aunque ninguna de las dos cosas tuvo nada que ver con la otra. Ahora sí, nos despedimos y nos marchamos del hospitalito. A medio camino se me ocurrió invitar a mi jefa a cenar. Como no quisiéramos algo especialmente complicado terminamos asistiendo al local del Chavo, que es un simple expendio callejero de esos platillos de alta cocina llamados “Hot Dogs.” Engullimos nuestra cena mientras recordábamos a otros expendios similares allá en la Guadalajara de hace veinte años, cuando los perros eran atados con longaniza (y los perros no se la comían). Un rato después, a casa, a descansar de lo arduo que es descansar, y a ver los partidos de la noche.
Y a escribir el artículo del día, por supuesto. No todo es Youtube.
Saludos cordiales.
G.

Hasta las dos de la tarde… mmmmmm…
Mks.
Eso de ser Marias es tambien trauma u orgullo de mi madre y sus hermanas, siete mujeres cuentan con el primer nombre Maria, aunque algunas de ellas legalmente son Ma. gracias a la estupidez y holgazaneria de la secretaria del registro civil en turno.