Mientras que los abogados de mi familia se largan a un congreso, los ingenieros se ponen a trabajar.
Claro está que soy el único ingeniero de mi familia, lo cual implica que soy el único que trabaja en domingo. Había detallitos que completar, un cable de televisión que conectar, además era necesario pintar, y unos cuantos infinitivos que ejecutar. Todo ello con la constante vigilancia de la mia mamma, que además ayudaría en las labores que requiriesen delicadeza, como colocar el junteador en las junturas del vitropiso.
Todo ello se ejecutó con presteza, prestancia, destreza y circunstancia, con el resultado de que terminamos en un suspiro y si no reestrené el hidromasaje es por la ligera circunstancia de que el baño en cuestión no tiene puertas y en lugar de ventana tiene un mantel colgado precariamente de tres clavos. ¿Por qué? Pues porque ni el aluminero ni el carpintero han instalado la ventana y las puertas, lo que no sería tanto problema si no fuera porque tampoco las han hecho.
Me limité, pues, a hacer lo mío. Cuando terminé, me sacudí el polvo, con la satisfacción de un trabajo bien hecho. Era ya la hora de comer. Y me pregunté a mí mismo “mí mismo, ¿qué será bueno comer?” “Tengo ganas de una pizza,” respondió mi madre, que había escuchado mi soliloquio. Resuelto el problema existencial que me embargaba, me dirigí a la cocina, comencé a abrir alacenas y similares, me serví un vaso de pepsicola para inspirarme, y resolví que una pizza de jamón, aceitunas negras, pimiento verde y champiñones, en pasta base delgada, con salsa de tomate fresco y queso mozzarella, y cocida en horno de piedra, con leña, de preferencia verde, como en Salem.
Disponía yo de media hora para hacer todo antes de que iniciara el partido de la selcción mexicana preolímpica (que no será olímpica gracias a Hugo Sánchez, a quien exijo que capen sin anestesia por el bajo rendimiento mostrado y haber hecho el ridículo ante Canadá, Guatemala y Haití, en ese orden, aunque menos ante Haití, probablemente por vergüenza) y quería disfrutar el partido mientras comía. Todo lo necesario para preparar ese platillo estaba a la mano, y puse manos a la obra. Pero si la preparaba yo me tardaría, como mínimo, una hora. Se me ocurrió entonces una idea genial que resolvería mis problemas. La puse en práctica.
Treinta minutos después, sobre la mesa reposaba, caliente, la pizza. Mi progenitora y yo la consumimos hasta desaparecerla de la faz de la Tierra mientras México hacía el ridículo ante Haití, y eso que México ganó el partido 5 a 1. ¿Qué innovación o técnica fue la que me permitió cumplir con mi objetivo de comer pizza y ver el partido al mismo tiempo?
La pedí por teléfono.
Saludos cordiales.
G.

Cuando has dicho “innovación técnica” pensaba que la habrías pedido por videoconferencia o algo peor, XDD
Mks.
Primo…..necesitas vacaciones !…….Tus elucubraciones estan al minimo……
De hecho, Angie querida, estoy de vacaciones, lo cual es la razón de que me mantenga escribiendo con un perfil tan bajo y no como de costumbre.
En cuanto a lo de la pizza, Awake querida, estuve a punto de pedirla por sms, pero estaba yo fuera del radio de entrega de esa pizzería en particular.