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¿Puedo recomendar algunos artículos? Los Cuentos del Bicentenario son mi manera de colaborar en la celebración, o puedes leer todos mis cuentos.
Ésto es lo que recuerdo del sueño de anoche. Está en primera persona, pero no le hagan mucho caso a los detalles. De hecho, si no le hacen caso a ningún detalle, mejor. Después de todo es un sueño.
–No sé por qué acepté firmar ese contrato –me dije en secreto, tendido cuan largo era en la cama.
A mi lado dormía la niña que criaba como mi hija. El concepto de día y noche no tenían sentido en el interior de un toroide tan pequeño, pero en el horario que lo regía todo en la estación era pasada la media noche. Me levanté cuidando de no despertar a la niña y me serví un vaso de agua. Era sorprendente la lentitud con la cual el vaso se llenaba. Apenas había visitado la tierra por un par de semanas para asistir a un congreso y los músculos aún me dolían, pero más me dolía ver la lentitud con la cual todo parecía regirse en el toroide. 0.38 g eran menos g que en Marte pero más que en la superficie de la Luna. Traté de no pensar en la vertiginosa velocidad que debía desarrollar el toroide para generar esa falsa gravedad. El vaso se llenó en más tiempo de lo que esperaba, y me pregunté por un segundo si habría excedido la cuota mensual. Llené cuidadosamente el control interno y verifiqué si había discrepancias antes de volver a la cama.
No pude dormir. La idea que incubaba en la cabeza abstraía toda mi mente y las cosas mundanas recibían menor atención, si cabe. Sentía que mi cuerpo giraba sin ningún motivo, un mareo igual al que sentí cuando pisé el toroide por primera vez. Recordaba perfectamente el día que llegó al toroide. Recordaba el día en que el doctor me contrató. Recordaba perfectamente todos y cada uno de los detalles que nos habían llevado al sitio donde estábamos y a la posición que ocupaba yo, pero no podía recordar qué había comido el día anterior. Traté de forzar mi mente para olvidar lo que pensaba y tratar de conciliar el sueño.
El día anterior Sara y yo habíamos entrado al comedor. Eso era seguro. Siempre a los 500 pulsos. Horario extraño, un pulso era un giro del toroide, y había 1000 giros por día. Mil giros hacían 24 horas de la tierra. Debía haber algo más, porque esa tasa de giros era extremadamente baja para que un toroide del tamaño de Cauda generara los 0.38 g que había en el anillo interior. Tal vez era el número de vueltas en el anillo exterior, el que proporcionaba la energía para que funcionara Cauda. Sara y yo entramos a comer, eso lo recuerdo. Recuerdo que trataba de calcular cuánto tiempo me tomaría correr a todo lo largo del anillo interior. Recuerdo que Sara comió algo de vegetales frescos y un poco de pasta. Otras estaciones dependen de la levadura para sostener a su población, pero nosotros cultivamos vegetales. Nosotros, como si yo fuera un agricultor. Sara comió vegetales, sí, pero no recuerdo qué comí yo. Tal vez no comí. Pensaba en el tamaño del anillo. Soy un ingeniero y no recuerdo la fórmula para calcular el volumen de un toroide. ¿Por qué un toroide? ¿Por qué no un cubo? Porque un cubo presentaría problemas estructurales en las aristas. Se pueden reforzar, sí, pero no podríamos tener gravedad en él. Y la falta de gravedad es muy nociva para el ser humano. No tenemos tampoco la clase de energía y tecnología que se requiere para generar gravitones artificialmente. Así que dependemos de la fuerza centrífuga para generar pseudogravedad.
Fuerza centrífuga. Pero no hay fuerza centrífuga. Hay fuerza centrípeta. Es fácil pensar en fuerza centrífuga y centrípeta como dos formas separadas, pero son una y la misma: una aceleración centrípeta aplicada sobre una masa en dirección opuesta al centro de rotación. A menos que construyas las leyes de Newton alrededor de un sistema rotatorio. Entonces aparecerá con claridad la fuerza centrífuga. ¿No esperará usted que haga sustitución de coordenadas en mi mente, verdad? No, Señor Bond, espero que muera. El doctor Munroe. ¿Qué tiene eso que ver con el kilo de patatas en Bielorrusia? Lasaña, eso fue lo que comí.
Desconozco por qué tengo que seguir ese proceso de asociación libre para recordar detalles tan mundanos. Esperaría haber olvidado lo que comí hace una semana, no lo que comí el día anterior. No importa. Lo que me importa es saber por qué Sara está despierta, mirándome con esos ojos azules tan penetrantes que tiene, y por qué el reloj marca los 250 pulsos si hace cinco minutos apenas eran los 100. Debo haberme quedado despierto otra vez. Sara lo sabe, pero no le da importancia. Me entrega la taza con lo que se supone es café. Tomo un trago y despierto. No le puso azúcar. Es una niña inteligente. Sabe que no ponerle azúcar al café es la forma ideal para despertarme. Sirvo un cubito en la taza –destapar, cubito, tapar, agitar, beber– y me doy cuenta que mi contrabando de azúcar de verdad casi termina. Pero me preocupa más el desarrollo de Sara y de todos los niños en Cauda. 0.38 g es condenarlos a no visitar nunca más la Tierra. Marte tal vez, la Luna, seguro, pero la madre Tierra nunca. Ni Venus. No servirían para colonizar nuevos mundos, sólo nuevos satélites. Hasta me afecta a mí, y soy un nativo de la Tierra. Debo hablar con el doctor al respecto; necesito saber qué planes tiene.
Despido a Sara con un beso. Me acostumbré rápidamente a la rutina. Un año ya. Aún no es muy tarde.
Y entonces me doy cuenta hacia dónde corre mi tren de pensamientos: ¿muy tarde para qué?
Tsuzuku (to be continued) [continuará]
Quoth

… Y yo que creía tener sueños bastante raros; si no me crees, pregúntale a tu hermano… :S
P.D. Me abstengo de recibir el premio… gracias!
No te creo. Lo que para los demás son sueños extraños para mí son sueños sin chiste. De cualquier modo tu premio ya fue depositado en tu bote de ropa sucia y no puedes evitar recibirlo. Es sencillo:
1: Recibir calcetín sucio.
2: ?
3: ¡Ganancia!