Dos y media de la madrugada. Trataba de calcular en sueños la velocidad necesaria para poner en órbita un toroide hueco de 10 kilómetros de radio y 1 kilómetro de luz de manera tal que la fuerza centrífuga (es decir, fuerza centrípeta en un sistema de coordenadas rotatorio) proporcionara un equivalente de 0.5 g en su nivel más exterior, cuando escucho una voz lúgubre que dice “Las dos por la carretera.”
Como en mi sueño, muy al estilo de la ciencia ficción del Mundoanillo pero con elementos de la isla del doctor Moreau, no involucraba carreteras porque no había necesidad de ellas, pasé muy pronto de mi sueño a un estado de duermevela que me permitió escuchar un “el contrato por la cocina” seguido de un “ella es de agua salada.” En ese momento la duermevela se fue y le dejó paso a una vigilia total. “¡Muéstrate de viva voz, y dime cómo te llamas, si penas entre las llamas o vives aquí entre nos!” exigí mentalmente, porque no tenía ganas de abrir la boca a las dos y media de la madrugada. Entonces la misma voz dijo “El gallinero tiene fresas salvajes que rasguñan” proveniente de la cama de abajo y deduje, adecuadamente, que la voz era la de Aldebarán, por varios motivos. Primero porque no era mi voz, segundo porque cuando yo hablo dormido sigo una conversación coherente conmigo mismo, y tercero porque Aldebarán estaba dormido en la cama de abajo.
Así es. Aldebarán que además de ser la estrella más brillante de la constelación de Tauro y la decimotercera más brillante del cielo nocturno, es el seudónimo del tipo con mal olor de pies que duerme en mis dominios, habla dormido. Pero cuando habla dormido habla incoherencias, ignoro si es por el hecho de que los pies le queden colgando o si porque de plano hay algo mal en lo más recóndito de su cerebro, a base de tanto golpe en la cabeza que suele darse, no tanto por penitencia sino por tarugo (el hecho de que mida un metro con noventa y ocho centímetros de estatura también ayuda). La cosa es que Aldebarán habla dormido. Me limité a darle un manotazo para que se medio despertara y dejara de joder, y traté de regresar a mi toroide, pero se me fue la inspiración y se me olvidaron mis cálculos matemáticos. Me puse entonces a calcular desde nuevo y ya estaba yo pensando si era mejor utilizar 22/7 o 3.14 como valores de Pi cuando escucho otra vez una voz de ultratumba que dice “el frío está caliente” y decidí entonces utilizar 3.14. Comencé a calcular el volumen del toroide para ver si me convenía, finalmente, poner una carretera o si un simple camino vecinal bastaría, en especial tomando en cuenta que el toroide iba a tener un perímetro exterior de 314 kilómetros, pero no alcancé a calcular si el volumen era correcto (V=2Pi²*Rr²=2(3.14)²*(10*9²)=15900 y pico cuando me dí cuenta de que había metido la pata) porque Aldebarán comenzó a hablar diciendo algo de que el contrato vecinal estaba empedrado de buenas intenciones o algo así, lo que provocó que yo me fuera a la cocina a beberme un vaso de agua y a buscar algo con qué taparle el hocico de una buena vez, pero no se me ocurrió nada, y dado que Merle Ivonne estaba plácidamente dormida y me dio pena despertarla, regresé a mi tibio y mullido lecho, me puse los audífonos del ipod, puse un podcast que traía ya tiempo de querer escuchar (Issues in the News, de la Voice of America) y me dormí.
Hoy en la mañana reclamé. Aldebarán me miró con la misma mirada que pone Merle Ivonne cuando la regaño, y me dijo “¿A poco hablo dormido?”
No hay remedio, no hay remedio…
Saludos cordiales.
Quoth.
