Chapter 2: the sphere
Las mismas reglas que el capítulo anterior, sil vous plait.
Decidí olvidarme un poco de números. Era tiempo de hablar con el doctor. Me enfundé en el uniforme de una sola pieza de azul reglamentario. Todavía no estaba seguro de qué rango me tocaba pero yo saludaba a todos y algunos incluso me respondían. Sara hacía rato que estaba en clases, yo caminé por el camino único del toro hasta el más cercano de los cuatro pilares. Tecleé mi código de acceso y se abrió la primera de tres puertas. La escalerilla estaba disponible. Empleé toda mi voluntad para no subir a pasos agigantados. Había qué acostumbrarse a la ingravidez. Cerré la puerta uno y se pasé por la puerta dos. Pasé por las tres esclusas neumáticas y abrí la puerta tres. Era un sistema a prueba de fallas, pero no a prueba de tontos. Es imposible hacer algo a prueba de tontos, porque los tontos son muy listos.
Poco a poco la rotación se reducía (es un decir) y la sensación de una falsa gravedad disminuía. Los cuatro brazos que unían a la esfera central con el toroide estaban llenos de aire y eran probablemente más sólidos de lo que se necesitaba que fueran. Por mí estaba bien. La sensación de claustrofobia se paliaba con la brillante luz blanca que rebotaba en las paredes. No podía escuchar más sonido que el de mis manos al subir. Llegué al toroide interior, y repetí el mismo proceso que en el toroide exterior. El toroide interior era una simple ruta de acceso alternativo a los otros brazos de la estación y a los motores de Cauda, y se unían al cilindro de energía por un simple túnel de kevlar y aluminio. Era muy raro que alguien del toroide necesitase ir al cilindro, así que no necesitaban mayor fuerza. Si fuese necesario, los verdaderos puentes podían salir del cilindro y conectarse, pero no valía la pena arriesgarlos en un ambiente hostil como el del espacio. Quienquiera que hubiese diseñado a Cauda sabía lo que hacía. Abandoné el toroide interior y enfilé con rumbo a la esfera central. 0.1 g, calculé. La puerta de la esfera reemplazaba las esclusas neumáticas con un sistema de cuatro puertas rotatorias, dos de ellas parte de la esfera, dos de ellas parte del brazo. No había forma de abrir más de dos de ellas al mismo tiempo. El sistema funcionaba en total silencio. Solicité el paso desde el brazo, en lo que prácticamente era ingravidez. Ni siquiera la fuerza de Colioris me afectaba ya. Efecto Colioris, más bien. La luz verde se encendió, con un mensaje de “Pase.” Entré a la puerta rotatoria.
Dentro estaba el Doctor. Nadie recordaba el nombre, nadie usaba el apellido. Verlo era una sensación extraña. El doctor era de piel profundamente oscura, tenía el pelo blanco, las cejas blancas, el bigote, blanco, del grosor de un lápiz y en línea recta hacia sus cejas, que parecían unirse. Destacaba en el interior de la esfera. Era más fácil pensar en él como el negativo de Salvador Dalí. Flotaba libremente, y no se podía esperar otra cosa para él a los 104 años de edad. Todos sabíamos que su fin estaba cerca, pero mientras su cerebro funcionara bien y sus músculos lo obedecieran para dar instrucciones, él era el jefe de Cauda.
–Lo estaba esperando, doctor –dijo el Doctor, sin mirarme–. Llega usted temprano, sin embargo. Es el primero en venir. Tengo tantos años esperando que pensé que nadie alcanzaría a ver mi proyecto terminado. ¿Pero en qué le puedo servir?
Estaba desconcertado. Bueno, desconcertado era decir poco. ¿De qué me hablaba este hombre? Pero me repuse rápidamente y comencé a hablar.
–Doctor, he venido porque tengo algunas dudas acerca de la estación y sus objetivos. Y estoy preocupado por los niños.
–No sabe usted lo mucho que esperaba este día. Venga, mire conmigo.
En la esfera había dos ventanas. La que miraba el doctor estaba apuntada hacia la Tierra. Se veía esplendorosa, una esfera azul pálido rodeada de una tersa negrura. Si te fijabas con más atención, podías ver los continentes, los países… tu ciudad de origen. Casi podías ver hace mucho tiempo, cuando la Tierra era la cuna de la humanidad. Pero no se puede vivir siempre en la cuna.
–La abandoné hace tanto tiempo que cuando quise regresar, no pude. La gravedad es necesaria en nuestra especia, muy necesaria. Doctor, estoy acabado, pero mi sueño no está aún completo. De hecho, usted va a ser quien lo complete. No se necesita ser un genio para saber que los niños no deberían estar aquí.
–Muchas veces he permanecido en vela tratando de contestar esa pregunta.
–Lo sé. Yo también. Seguro que se ha preguntado el por qué lo traje a usted, si tiene problemas con las matemáticas.
–Pues, a decir verdad… –me callé.
No era un secreto que tenía problemas con las matemáticas (cualquiera que haya usado una calculadora por mucho tiempo tendría problemas) pero mi física siempre había estado bien. No necesitaba calcular para saber que estaba en lo correcto, sólo para saber los factores que se usaban. Y siempre tenía una calculadora a la mano.
–Usted tiene un don, doctor. Llega a las respuestas correctas con pocos datos. Hace mucho tiempo yo también lo hacía, pero mis facultades ya no son las de antes y usted todavía es joven. Por eso lo puse a cargo de Sara. Esa niña promete mucho. Pero los niños no deberían estar aquí. ¿Sabe que ni siquiera existen para la Tierra?
Eso me dejó desconcertado. A menos que el doctor tuviera tecnología que rivalizara con la magia, no entendía qué era lo que pasaba aquí. Opté por quedarme callado.
–Todos los niños de Cauda son mutantes que yo mismo diseñé. Son la esperanza de la humanidad porque nuestro planeta está condenado. Pero hay una esperanza. Es más que un deus ex machina. Es un deus ex homo, si se me permite el barbarismo.
–Vea la ventana del otro lado.
Por la otra ventana sólo aparecía el cilindro. Pero había algo más. El interior del cilindro parecía hueco, y había algo del otro lado. ¿Qué era? Una estrella. El Doctor había convertido el hueco central del cilindro en su telescopio privado (pues la esfera era su habitación, el único lugar donde podía permanecer con vida en toda la estación) a través de un ingenioso pensamiento lateral. El Doctor flotó a mi lado, y yo, sin la ventaja psicológica que daban los años de antigravedad, me sobresalté ligeramente al verlo flotar cabeza abajo.
–Esa estrella es nuestra esperanza, doctor. No es una estrella. Es un toroide de Standford gigantesco cubierto por una esfera de Dyson. La construí en secreto, invirtiendo toda mi fortuna en ese proyecto. Es una esfera hecha por robots, y mientras parecía que mis estaciones espaciales estaban condenadas al fracaso, cayendo una tras otra, nadie se daba cuenta de que yo mismo saboteaba mis proyectos y desviaba los recursos para construir mi sueño. La esfera es una simple protección para lo que realmente se oculta en el interior, un anillo. Ese anillo, en el ecuador, es habitable, y tiene la masa de varios cientos de planetoides que encontré en el cinturón de Kuiper y que no habían sido cartografiados ni bautizados. Nadie los va a extrañar.
Para mí no había ni la menor duda. Por emplear una frase antigua, al Doctor le faltaban un par de papas fritas para ser Cajita feliz.
Tsuzuku.
Quoth
