Chapter 3: the cylinder
Mismas reglas de los dos capítulos anteriores…
El Doctor encendió un cigarrillo. No sabía yo que todavía quedaban algunos en Cauda, los míos los agoté hará un año y olvidé el paquete que iba a contrabandear en la habitación de mi hotel, en el congreso de marras. El Doctor utilizó un fósforo, y ver la flama siguiendo una forma esférica en lugar de una forma de flama seguía siendo algo a lo que no me podía acostumbrar. El Doctor giraba cada vez que expulsaba el humo, por diversión.
–Debe entender que esta estación, la que la prensa llamó mi gran éxito, no es mas que una fachada meramente accesoria, doctor –dijo el Doctor–. La construí fuerte, utilizando materiales de última generación. Y la revestí de materiales que están ahí sólo como adorno.
»Ésta esfera, por ejemplo, podría ser mayor: su esqueleto es un buckminsterfulereno y hay dos esferas, una adentro y una afuera, que me protegen de los rigores del espacio. Pero entre una y otra hay 20 centímetros de aire comprimido. De igual manera tanto el toroidde como la esfera y los brazos que sostienen el conjunto están basados en un esqueleto similar a un fulereno cilíndrico. El resultado es que la estación es sumamente fuerte y estable, y además ligera. Por eso hemos podido poner tantas cosas adentro. No todas las estaciones espaciales, ni siquiera las colonias experimentales, han logrado tener habitaciones privadas para sus científicos, mucho menos cocinetas individuales. Pero a pesar de todo no he podido replicar una cosa, y creo que es por esa cosa que usted ha venido a verme. Porque no tenemos gravedad. Al menos, no la patética réplica de 0.38 g que se disfruta en el toroide.
–Pues es cierto. Mis compañeros no parecen estar preocupados, pero yo pienso que los niños estarán condenados a vivir en el espacio si no hacemos algo al respecto…
–Es usted rápido pero no está acostumbrado a dar órdenes. Verá: quiero resolver eso. Pero hay algo que usted debe saber antes, doctor. ¿Puede decirme cuándo fue la última vez que importamos algo de la Tierra? Le responderé yo. Hace cinco años. La estación es autosuficiente porque tenemos toda la energía que necesitamos, y esa energía nos deja justo la suficiente como para hacer girar la estación.
Toda la estructura –dijo el Doctor–, cada espacio disponible que puede ser usado para capturar luz, es un panel solar. Interiores y exteriores. La luz que nos proporciona el Sol es suficiente para funcionar, y producimos un exceso. No encontré mejor manera de aplicar ese exceso que en unos novedosos propulsores fotónicos. Esencialmente la estación se mueve porque la impulsamos con luz solar. Pero sólo he podido obtener un éxito moderado. Para impulsar la estación a 1g deberíamos funcionar a oscuras y sin gastar energía en el interior en absoluto. Por eso la limitante. Pero tengo eso resuelto en mi proyecto final. Verá usted, encontré una forma de impulsarnos a velocidades cercanas a la de la luz. El trayecto a Proxima Centauri les tomará a ustedes apenas 10 años. Pero no en esta estación, sino en mi nueva megaestructura. Usted y los niños, y un puñado de elegidos, se irán en un diseño que combina, igual que en Cauda, un cilindro de O’Neill y un toroide de Standford. Rotará a una velocidad tal que podrá generar una fuerza equivalente a 1g en el cuerpo. Adentro hay mares, bosques, y ciudades. Cabrán 10000 personas con comodidad y en caso de emergencia incluso 100000 más, pero sólo necesitarán 10 para operarla. Se marcharán 100, 9 elegidos, usted y los 90 niños. Yo me quedaré aquí, y moriré sabiendo que mi sueño se cumplió. Cuando ustedes lleguen a Próxima Centauri crearán un mundo nuevo con los recursos que allí encontrarán, y por estar encerrados en un mundo sin apenas recursos naturales y sin más fuente de energía que las estrellas, se verán forzados a crear nuevas tecnologías o a morir en el intento. Porque usted, doctor, es la punta de lanza de una nueva raza de seres humanos. Homo sapiens, bah. Yo vi y creé razas nuevas que se adaptarán a cualquier clase de ambiente y colonizarán nuevos mundos mientras la Tierra agoniza en el exceso de población. Y cuando ustedes se vayan, yo me encargaré de hacerles saber a los humanos que los pioneros se han marchado, y que su única esperanza es alcanzarlos. Pero antes, doctor, hay algo qué hacer. Primero que nada, ¿podría olvidar todo lo que le he dicho, hasta que sea necesario que vuelva a recordarlo?
Me giré para confrontar al doctor, pero mi mente estaba confundida y no logré reaccionar con suficiente rapidez. Creo que un chorro de anestésico presurizado entró en mi nariz, y me sumí casi de inmediato en la inconsciencia.
Desperté en mi habitación. Sara me entrega la taza con lo que se supone es café. Tomo un trago y despierto. No le puso azúcar. Es una niña inteligente. Sabe que no ponerle azúcar al café es la forma ideal para despertarme. Sólo necesito un instante –breve, fugaz, y sin embargo, eterno– para darme cuenta que no estoy en Cauda sino en Marte, y que hoy es el día en que regresamos a la Estación tras haber explorado el Gran Cañón. Y también sé –por primera vez en mucho tiempo realmente lo sé– que no regresaremos a Cauda.
Tsuzuku.
Quoth.
