Chapter 4: the canyon
Ya conocen las reglas…
Me sentí confundido. Estaba confundido, y lo sabía. No era nada más estar a una presión elevada con gravedad reducida en el fondo de un cañón techado con la estructura más grande construída en el sistema solar: era el hecho de que, estando rodeado por mis compañeros de la misión Cauda, debía traicionar a la mayoría de ellos. El riesgo era elevado, pero el Doctor sabía lo que hacía. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando aún tenía todas sus facultades. Yo ni siquiera estaba seguro de tener las mías y era setenta años más joven.
–No sé por qué firmé ese contrato –murmuré por lo bajo.
Sara me miró detrás de su plato humeante de verduras, carne y arroz. No era habitual la comida japonesa, y menos aún en Marte. Tampoco era precisamente económica. Pero la cuenta del Doctor parecía no tener fondo. Miré a mis compañeros conspiradores a los ojos y supe que no había marcha atrás. Lancé un gran suspiro e hice algo que jamás hubiera hecho en condiciones normales.
Pedí un sake.
Justo antes de abordar organicé a los niños e hice que abordaran primero, vigilados por las azafatas y las sobrecargos, bajo la excusa de enseñarles los aspectos de seguridad de una manera más sencilla. Los tutores nos reunimos por separado, haciendo compras de último minuto. Nos reunieron para dar la charla de seguridad y las instrucciones generales para el corto viaje. Todos, excepto diez que hicimos discreto mutis. Éramos tantos que nadie se dió cuenta.
Cuando mis antiguos compañeros de misión se dieron cuenta que una nave ya no estaba, era demasiado tarde. No había forma de que nos alcanzaran en tan corto tiempo.
Nunca había robado y conducido una nave de pasajeros tan grande. Pero no estaba preocupado: restando la senilidad del discurso del Doctor, todo estaba previsto. En cosa de 5 horas ya estábamos en la posición donde se encontraba la megaestructura. Me había saltado un gran número de normas y agotado el combustible al no orbitar Marte para ganar altitud. Nuestra nave se quejó, pero resistió. Las coordenadas parecían estar vacías. Sólo el hecho de que había un hueco negro recortado en la Vía Láctea me permitió ver la megaestructura. La megaestructura se apoderó de la nave y la colocó cuidadosamente contra la puerta de acceso. Nos acoplamos con un puente extensible. Entrar a la megaestructura fue tan sencillo como abrir la compuerta. No había gravedad; los niños disfrutaban el flotar. Yo cerré la compuerta.
–Buenos días, Dave –dijo la megaestructura, con una voz tersa y femenina–, ¿puedes darme tu firma de voz?
–¿Dave? –repetí.
– Lo siento –dijo la estación–, estoy acostumbrada a hablar sólo con mi programador. Debo registrar las nuevas variables en una nueva cuenta. ¿Debemos pasar directamente al proceso de inicialización o seguir las instrucciones ya programadas?
No podía yo mas que esperar que no hubiera un pantallazo azul justo en ese momento.
Tsuzuku.
Quoth
