Chapter 9: the crush
Mismas reglas de los capítulos anteriores, si fueran tan amables…
No supe cuánto tiempo pasó hasta que sonó la alarma. Tengo vagos recuerdos de trabajar en algo aparte pero ese tiempo transcurrió como entre sueños. El último pensamiento coherente qu tengo es que alguien me dejaba algo de comer y cuando me dí cuenta estaba mordisqueando un sandwich hecho con algo que parecía ser corazón de alcachofa con semillas de girasol. Cuando la alarma sonó y Houston y yo fuimos a la enfermeríam yo todavía traía el sandwich mordisqueado en mi mano derecha, un chocobollo en la izquierda, y tiré al piso el vaso de sustituto de café. Cuando llegamos, Sam sentada en el tanque, desconcertada, desnuda y sana. Más que sana.
No sólo no había cicatrices del más reciente accidente. No había cicatrices en absoluto. Las bacterias de Houston habían hecho un trabajo fascinante. Las extremidades artificiales habían desaparecido; en su lugar se veían miembros nuevos. El ojo artificial de Sam, el oído artificial de Sam, y la cicatriz de la Batalla de Marte de Sam habían dado lugar a la cara original de Sam. Sam no hacía mas que mirarse las manos, esas manos que había perdido hace ya diez años terrestres, y que sin embargo, estaban ahí, minuciosamente replicadas. Eran tibias. Eran sus manos. Reaccioné y ayudé a que Sam saliera del tanque.
Pronto observamos que las bacterias habían hecho su mejor esfuerzo para trabajar con lo que tenían a la mano. Habían fusionado los miembros artificiales con el cuerpo biológico de Sam. Eran parte de ella, sólo el esqueleto y las articulaciones continuaban ahí: el resto, circuitos, cables, ductos, contactos, había sido empleado para fabricar arterias, tendones, músculos, piel. Las bacterias se habían quedado en el fondo del tanque, listas para vovler a trabajar si les dabas más materia qué utilizar. Houston hizo su trabajo, mientras Sam aprendía a caminar de nuevo. El hecho de que la pseudogravedad fuera menor en el toroide que en la Bebop o la Tierra ayudó bastante.
Pronto Sam estaba lista para retomar las actividades que le había dejado hacer. Pero ahora teníamos una médico completa en la nave. La Bebop estaba lista para enfrentarse a lo desconocido. Abrí la puerta que nos separaba de la Bebop mientras decía:
–Samantha, bienvenida a tu nuevo hogar.
La Bebop, inundada de luz, era un cilindro verde y azul pletórico de vida y lleno de actividad. Ya no era simplemente ese Estúpido Enorme Objeto. Era nuestro hogar. Y nos llamaba.
Estábamos ya en la superficie del enorme cilindro de la Bebop. Todos nos recibieron con muestras de alegría. Las niñas trataban de sofocar risitas al ver que Sam y yo llegamos tomados de la mano. Pearson sonrió de medio lado y nos vio a los ojos.
–Llegan justo a tiempo. –dijo, y nada más.
Hice un además de soltar a Sam pero no pude. Sam me lo impidió.
–Esperé mucho tiempo para hacer esto otra vez –dijo, y abrazándome, me besó.
Podía escuchar a los niños. Estuvimos así largo tiempo, hasta que nos separamos para tomar aire.
–No quisiera echar a p
