“M’hijo,” dijo mi progenitora, “cuando te vengas traes carbón.”
“¿Carbón?” dije yo. “Sí, porque ya no hay,” dijo ella. “¿Y para qué quieres carbón?” pregunté con una llamita de esperanza encendiéndose en el trozo de queso gruyére ahumado que tengo en lugar de corazón. “Pa’ asar la carne, ¿pa’ qué más?”
Dicho y hecho, con su permiso o sin él, el pirómano que llevo dentro (Fluminio, lo llamo) va a ir por carbón para asar carne.
Saludos cordiales.
Quoth.
