Good and nice manners
Llegan de visita un tío y un primito, primito que es hijo de mi tío, lo que a su vez significa que mi tío es el padre de mi primito. Serendipias, que le dicen.
Mientras mi tío y quien esto perpetra, que supondremos que soy yo para efectos de este relato, discutíamos cosas como los honorarios que le voy a cobrar por arreglar su computadora portátil del año de la cachetada, mi primito se dedicaba a curiosear por toda mi propiedad, cosa por demás apropiada considerando su edad, 9 años tirando a 10.
Nunca me he opuesto a la curiosidad infantil. Antes lo contrario: la impulso. Mucho he hecho para hacer que los modernos niños actuales de hoy en día que pululan a mi alrededor sepan usar la cabeza, al menos como punto de apoyo. Uno de mis mayores éxitos fue un chiquillo de la cuadra que tenía fama de ratero en su escuela, y al salir de ella, lo hizo por falsificación de kardex escolares (ejem…) sin posibilidad de retornar a ella.
Pero mi primito, además de curioso, es chiquiado, término mexica que pudiera traducirse como malcriado en otras latitudes. Como está acostumbrado a que le cumplan sus caprichos, el más reciente de los cuales se llama Blanca Nívea Albina Galatea, no pregunta, ordena, algo que en un miembro de la manada de mayor jerarquía sería lógico y hasta razonable, pero en una cría que todavía le tiene miedo a la oscuridad resulta francamente inaceptable. Y el chilpayate tomaba mis cosas, las golpeaba, examinaba, movía, zarandeaba, abría, agarraba, zangoloteaba, e incluso manipulaba sin pudor alguno. Todo acompañado de las órdenes “dime qué es esto” o “dime para qué sirve.” Mi reacción inmediata era usar la palabra “Queti” para replicar la orden. “Queti,” para los lectores y lectrices no familiarizados con este término, es la simple abreviatura de “Qué te importa,” a veces con un “chingados” como segunda palabra, a veces con un “güey” o un “cabrón” al final.
Mi primito no dijo nada al recibir los primeros quetis, mas cuando ya estábamos llegando al 10, preguntó (ahora sí) “oye, ¿por qué no me quieres responder?” Y mi réplica, contundente, fue un simple y sencillo “Porque no me has preguntado nada.” Mi tío se me quedó viendo con cara de “chinga tu madre,” pero como esa cara la tenía desde que llegó, no le di la menor importancia. Entonces el chiquillo preguntó: “¿Entonces si te pregunto algo me vas a contestar?” Mi respuesta fue un “evidentemente” que le dio esperanzas renovadas a la criatura, y tomando el último aparato que había pasado por sus garras, el chamaco preguntó “¿Me puedes decir para qué sirve esto?” Observando que lo que el infante traía en sus manos era un microscopio al que le tengo particular aprecio porque lo tengo desde los 10 años de edad y todavía funcionamos ambos dos razonablemente bien, respondí un conciso “Para ver grandes las cosas pequeñas.” “¿Y cómo se llama?” preguntó a continuación el ser humano en vías de desarrollo. Microscopio, fue mi aún más concisa respuesta.
El sencillo y simple acto de saber la función y nombre del artilugio citado con anterioridad provocó un cambio en la actitud del niño: dejó de hacer ruido, bulla y alboroto para concentrarse en tratar de hacer funcionar el objeto, sin resultado positivo como era de esperarse. Mas permitió que mi tío y yo termináramos nuestros negocios sin interrupciones. Ya era tiempo de que se marcharsen, y la cría de homo sapiens vuelve a las andadas con un “Quiero aprender a usar el microscopio,” cuya réplica fue un seco “Felicidades.” Deduciendo que así no iba a llegar a ningún lado, el enano imberbe procede a preguntar, con total amabilidad, entonación adecuada, y creo recordar que con un toque de humildad en la voz, aunque de estoy muy seguro, procede a preguntar, decía yo, “¿Me puedes enseñar, por favor?” Bajo esos términos no podía menos que responder “Sí, cuando quieras.”
Espero que el escuincle haya aprendido la lección, cualquiera que ésta haya sido. Debió ser algo así como “Es mejor seguirle la corriente al cabrón de Quoth.”
Saludos cordiales.
Quoth.
