My door crashed. Badly.
El domingo llego a mis dominios tras una comida opípara y abundante consistente en una pizza margheritta, insalata greca con pomodoro, cetriolo, cipolla, olive nere, formaggio feta ed origano, ed tagliatelle allá napoletano. ¡Grazie, Giuseppe, per insegnare la virtù della cucina italiana! (Anche se non sapeva che l’insalata greca è stato italiano, ma un errore così gustoso può essere perdonato per chiunque).
Tras mi opípara e italiana comida, la cual si hubiera tenido dinero seguramente hubiera regado con un vasito o una botellita de chianti y no de cocacola, regresé a casa, para encontrarme que Merle Ivonne y Albina Galatea estaban en la azotea, muy tranquilas ellas, esperando mi regreso. Lo cual no me extrañó.
Lo que me extrañó un tanto fue que cuando subí a darles de comer, la puerta estaba abierta. No de par en par, sino apenas un poco abierta, lo suficiente como para meter la mano y que algún chistoso te la aplaste con la misma puerta, pero abierta al fin y al cabo.
“Pero si yo la cerré antes de irme…” me dije a mí mismo, refiriéndome a la puerta. Prodecí a preguntarme “¿Es posible que la halla dejado abierta?” para a continuación responderme “Por supuesto que no. Si hasta me lastimé el dedo meñique de la mano derecha al tratar de poner el pasador para que no se fuera a abrir.” Una cuidadosa inspección de la puerta me indicó dos cosas muy curiosas. La primera es que el pasador de la puerta estaba en la misma posición en que lo había colocado, firmemente apoyado en el marco de la puerta. La segunda es que la puerta, sin embargo, continuaba abierta. Decidí meditar en el problema cuando un golpe de aire movió la puerta y puso en acción mis neuronas, que seguían un tanto aletargadas por la opípara comida que me había comido a la hora de la comida, cuando fuí a comer. Entonces descubrí la causa, razón, motivo y circunstancia por la cual la puerta estaba al mismo tiempo cerrada y abierta: los goznes que servían de bisagras se habían desprendido del marco, de manera que la puerta, para todo efecto, estaba ahora convertida en una ventana de cuerpo entero.
Así pues, hice lo único que estaba en mí hacer un domingo a medio día tras un aopípara comida: acomodé lo mejor que pude la puerta y la dejé así. Total, dado que la Merle Ivonne ladra y la Albina Galatea tiene cara de bulldog malencarado en lugar de boxer amable, ningún ratero se atreve a acercarse. Ahora debo ir a comprar electrodos para poder soldar las nuevas bisagras a la puerta, así que, con su permiso, me retiro.
Saludos cordiales.
Quoth.
