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A king without a crown

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Bueno, más que un rey sin corona, es una muela. ¿Recuerdan a ese rey que gritó alguna vez “A horse, a horse, mi kingdom for a horse”? igual, pero sin el caballo.

Recuerdo como si fuera ayer el dían en que la corona de mi muela se cayó. Es porque fue ayer. Estaba yo muy a gusto, terminando de comer unas enchiladas potosinas con acompañamiento de arroz con verduras y ensalada verde, cuando de pronto, mientras daba yo el último bocado de arroz, sentí algo duro. Y como no veía yo motivo para que el arroz fuera duro, sino más bien para que fuera blandito, deduje que algo había pasado. Y es que sí, algo había pasado. La corona de mi segundo molar inferior izquierdo, para ser más preciso. Ignoro la razón por la cual la corona haya resistido durante tres años en su lugar con absoluta firmeza, para de pronto salirse de su lugar con uno tristes granitos de arroz que ya casi eran deglutidos, pero bueno, no hay problema.

Recuerdo como si fuera ayer cuando me pusieron esa corona. No, no fue ayer. Quisiera olvidar ese día, de hecho, pero no puedo. Necesitaba ir yo con el dentista porque esa muela, que era la única que no tenía aún empastes de ningún tipo, al contrario del resto de molares que pueblan mi hocico, tenía una caries. Llegué con el doctor, que me lo recomendaron ampliamente, diciéndome que era lo mejor que le había pasado al mundo desde que nacieron Galeno y Avicena. Como necesitara yo ir con el dentista y no conociendo a nadie mejor preparado (pues en esa época era yo joven e inocente, y además sólo tenía 17 años), y aún a sabiendas de que Galeno y Avicena no eran dentistas, allá fuí.

De haber sabido lo que me esperaba, no voy.

Nada más llegar, me fijé en el título del dientista. Universidad Autónoma de Guadalajara. Mala cosa, pero en ese tiempo yo no lo sabía. Si lo hubiese sabido, me regreso. Apenas abrir la boca para que el dientista me la revisada, me dijo, con la misma voz de quien calcula que va a poder pagar las mensualidades del nuevo Mercedez Benz sin tener que trabajar, que además de haber perdido la pieza que me afligía, tenía yo que cambiarme las amalgamas de todos los dientes porque ya estaban muy viejas, y necesitaba yo una limpieza general con flúor y neón para que brillaran los dientes en la noche, y además tomó una radiografía. Yo no pude decir nada, primero porque tenía la boca abierta y segundo porque ya había comenzado a deshacer mi sufrida y desgastada muela, supongo yo que para que yo no pudiera decir nada en contra. Con una constancia digna de mejores causas, el dientista deshizo una cantidad sumamente importante de la muela, tanto, que yo pensé que debió ser más fácil aún extraerla que deshacerla. Pero bueno, ¿quién era yo para dudar de la sabiduría de un tecolote?

Un rato después el dientista ya me había tomado una impresión, me había puesto una corona provisional, y yo supe que la democracia en mi boca había dado lugar a una monarquía. A los cuatro días regresé a que me pusiera la nueva corona, y a los ocho días regresé para que rebajara la canica que me había hecho en lugar de corona, y a los doce días regresé a que me volviera a rebajar la mentada corona, y de paso a que me hiciera la limpieza dental. Estuve a punto de regresar a que me cambiara el resto de las amalgamas por emplastes blancos, pero en ese momento mi progenitora le le recomendaron otro dentista, que cobraba más barato por ser de la Universidad de Guadalajara, que me revisó el hocico y me dijo que: 1) mis amalgamas eran de las de antes, hechas para durar, y mientras no se cayeran no había razón por la cual cambiarlas; b) con base en la radiografía de mi muela, lo único que necesitaba yo era una nueva amalgama, o un emplaste si lo quería yo blanco, mas no una corona; y iii) la corona estaba mal hecha y era necesario hacer una nueva porque se iba a romper. Sin embargo, como el nuevo dentista era gente decente, me dijo que antes que gastar en una nueva corona, me aguantara yo con la que tenía puesta y la usara hasta que se rompiera. Cuando se rompiera, entonces él me haría una nueva, a mitad de precio. A mitad de precio comparado con el otro dientista, claro, pues ahora sé (o por lo menos me imagino) que a los tecolotes de la UAG los entrenan para cobrar lo ma’s que puedan, que por algo se soplaron semestres tan caros, mientras que a los que estudian en la UDG los entrenan para hacer las cosas bien hechas, aunque te arriesgues a que te paguen con gallinas y cajas de frutas.

A mí se me salió por lo bajo un ¡rayos! (en esa época no era yo el pinche malhablado que soy ahora) y me resigné a continuar con la canica que hacía las veces de corona. Un año después, estaba yo comiéndome una paleta Tutsi Chupapop cuando “crack” tronó la muela. Lo que es peor es que yo mordí la paleta con el otro lado de la boca, así que ignoro por qué se rompió la mentada corona. Al día siguiente fuí con el nuevo dentista, que es ahora mi único dentista, y procedió a corregir un tanto cuanto el muñón de la muela, abundando en detalles como “El que te hizo el arreglo más bien te lo descompuso, mira nada más…” y acomodando todo el desmadre y desbarajuste del dientista teco.

La segunda corona que me hizo mi dentista duró cinco años, antes de que la tronara al comerme un cacahuate japonés extremadamente duro, tanto que yo pensé que era una roca hasta que la partí de un botellazo y descubrí la leguminosa en su interior. Su reemplazo, Crown the Third, ha durado ya ocho años y sólo tiene la costumbre de salirse de la muela cada navidad, mas no de romperse, para obligarme a buscar a un dentista capaz de colocar la muela con premura el mero día de Navidad. Supongo que el cambio climático ha tenido algo que ver con que este año se haya despegado con cuatro meses de antelación. En fin. Lo único que sé es que en media hora el doctor Sade (descendiente del marqués del mismo nombre) me espera en su consultorio para colocar la corona de mi muela. Luego habrá fiesta por la coronación y las demás muelas entonarán el “God Save the Queen” mientras la lengua hace acrobacias y los dientes miran el espectáculo. Qué barbaridad.

Moraleja: si en tu pueblo sólo hay dos dentistas, ve con el que tenga los dientes más feos: seguramente él fue el que le arregló los dientes al otro.

Saludos cordiales.

Quoth.

Publicado el 06/08/2008, a las 04:27:47 pm.

Categoría: casos y cosas

En nuestro capítulo anterior: « Médicos (4) »

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  • 4 comentarios en «A king without a crown»

    1. paulinita says:

      Aaahhh!! y cómo le fue???

      ahí nos cuenta, un abrazo y felicitaciones a la reina…

    2. Quoth says:

      Lo normal: la anestesia no me ayuda mucho, pero por lo menos el dentista sabe hacer su trabajo y trata de hacer que no me duela mucho. Un tip sin gastos a tu cargo: cuando vayas con tu dentista, agárralo de los huevos y dile “¿Verdad que no me va a doler?” y no lo sueltes hasta el final de la consulta. Ayuda bastante.

    3. Awake says:

      No te hacía tan monárquico, XD

      Mks.

    4. Quoth says:

      Soy una caja de sorpresas y un estuche de monerías, Awake querida.

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