A Mermaid’s Tail (2)
- Perpetrado por: Quoth
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Sigo rogando a los lectores que suspendan sus ansias de asesinar a este pobre cuentecillo, que no tiene la culpa de nada.
Uno podía saber en qué parte de la Mauricio estaba por la temperatura. Para ahorrar energía la mayor parte del calor de las partes habitadas era generado por sus mismos habitantes. De hecho, casi todo el calor era generado en las áreas comunes, como los bares. El sistema de estabilización térmica, nombre rimbombante para el aire acondicionado, era muy eficiente en ese aspecto. Así que no era de sorprender que, cuando Toto entró en su nueva habitación, ésta estuviera fría. Comparativamente hablando. Estaba a 18 grados, mientras que el bar estaba a 34. Le mostré dónde estaban las cosas (en 32 metros cuadrados caben muchas cosas) y cómo operarlas. Tenía una habitación, un baño completo, una sala de estar y una cocina completa. No se había escatimado en gastos. Después de todo, era escoria. Nunca antes la basura había sido tan útil.
Y le enseñé a usar la cola de sirena. No podía impulsarte a gran velocidad en el aire, pero no importaba. En Mauricio nadie tenía prisa. No había muchos lugares a donde ir, de todos modos. Con ayuda de la cola de sirena tu velocidad máxima era de apenas cinco kilómetros por hora. Más que suficiente, porque cruzar la nave de cabo a rabo tomaba apenas 45 minutos. Dominar el estilo de delfín no le tomó mucho tiempo. Era mucho más difícil acostumbrarse a no usar las manos. Algunas personas nunca se acostumbraron, y terminaron adaptando aletas para las manos, para no perder el impulso. Programamos el código de seguridad (un simple escaner de retina, no era necesaria más seguridad) y salimos del 7070. Había que enseñarle las partes más importantes de la nave antes de dejarlo a su propio albedrío. Pero nos detuve en el 7050. Consulté mi reloj y procedí a pulsar el buscador. La puerta se abrió, y Shondra abrió la puerta. Toto soltó un bufido, y sólo entonces me dí cuenta que Shondra había salido de cabeza. Es fácil olvidar esos detalles cuando haz pasado más tiempo en gravedad cero que en la superficie de un planeta.
–Hola, Shondra –dije, girando a Toto para que quedáramos con la misma orientación–, permíteme presentarte a Toto, que es nuevo por aquí y va a trabajar contigo.
–Hola, Toto — dijo Shondra, extendiendo una mano–, mucho gusto.
Toto hizo lo mismo, aunque un tanto torpe por la falta de costumbre.
–Hola. El gusto es mío.
Como lo había predicho, el Rayo fue mutuo. Shondra solía ser muy reservada con los nuevos, pero esta vez se mostró muy abierta y agradable, ayudando a Toto en lo que pudo. Nos ofreció a pasar, pero preferí que fuera ella quien le enseñara a Toto la Mauricio, en especial tomando en cuenta que mi localizador comenzó a sonar. El trabajo de un policía nunca termina, ni aún en el espacio, y ser el jefe de seguridad de Mauricio lo hacía más complejo aún. No bien acabo de dejar la sección de migración cuando me llaman a control, y de ahí a seguridad, para regresar a migración y recoger a un nuevo operador de radar y presentárselo a una chica guapa que podría ser mi hija. Cosa de todos los días. Dejé a Shondra y a Toto bajo el cuidado de Cupido, si es que a estas alturas el pobre dios del amor ya resolvió quiénes son sus padres. Ese era un misterio que yo no estaba en posibilidad de resolver. Me alejé por el corredor, impulsándome además con los barandales de velocidad. Toto y Shondra estaban muy ocupados conociéndose. Si mi instinto no me había fallado, esa era una pareja realmente hecha en el cielo. O en el espacio, más bien dicho. Y mis instintos no suelen fallarme mucho.
El cuarto de seguridad es un cubo enorme lleno de pantallas por todos lados, y ninguna de ellas está ubicada cerca de las puertas. Puertas que, además, están diseñadas para cerrarse herméticamente si intentan abrirlas desde afuera, y abrirse a toda velocidad en caso de una emergencia en el interior. Quienquiera que la construyó conocía perfectamente las Cien Normas Básicas de Seguridad.
–¿Qué tenemos? –dije, apenas entrar.
–Una nave no autorizada entró en nuestro territorio. No respondió a ninguna señal. Enviamos un vigilante a revisar, y no encontró señales de vida. El vigilante está dentro de la nave. Dice que no hay atmósfera en su interior. No hay vida. Y la que hubo dejó de serlo hace mucho tiempo. La nave se movía prácticamente por inercia. La computadora estaba congelada y sólo había unas pocas funciones automáticas. De no ser por el vigía, que se las arregló para detenerla, se hubiera estrellado contra un carguero.
–Comunícame con el vigilante –dije mientras me alejaba con rumbo a mi posición de mando.
Dieciséis pantallas independientes me esperaban con toda la información. La número 7 mostraba las cámaras del vigilante y su voz, junto con un diagrama de la nave capturada.
–Señor, no he podido encontrar un punto de fallo. El casco parece estar en buen estado, las baterías están llenas, hay combustible suficiente para efectuar un Salto y el sistema fue congelado a propósito. Si reinicio el sistema principal la nave regresará a su estado operativo y ejecutará las instrucciones anteriores. No he podido acceder al sistema; la codificación es distinta a la de mi programación. He encontrado químicos que parecen ser tóxicos según mi análisis espectrográfico y pudieran sublimarse al restaurar atmósfera en la nave. No recomiendo llevar la nave a puerto. Repito, no recomiendo llevar la nave a puerto.
–Enterado, vigía. ¿Tiempo de operación restante?
–Dos horas de operación antes de regresar a puerto para repostar combustible, señor.
Los vigilantes podían operar casi seis meses sin repostar combustible. Debió gastar la mayoría en detener la nave, y lo logró por un pequeño margen. El robot era un buen elemento, con iniciativa, memoria y personalidad. No sería justo que se desactivara.
–Enterado. Le enviaremos una sonda con combustible. Enviaremos dos cámaras para hacer un mapa completo del casco desde el exterior. Cuando tenga el tanque lleno, continúe con su trabajo. Quiero un reposte completo en mi escritorio para las 1500.
–Enterado, señor. Fuera.
Ahí había un misterio. Me gustaban los misterios. Era bueno para acabar con la rutina.
Este sueño continuará.
Publicado el 14/08/2008, a las 03:23:39 pm.
Categoría: Once, I dreamt
ciencia ficción barata, no estoy dormido sino durmiendo
En nuestro capítulo anterior: « A Tail’s Tale (1) »
A continuación, en Guanatinghamshire « Pickup lines (2) »

¿Esas Cien Normas de Seguridad son las mismas o parientes de las Cien Reglas del Señor del Mal?
Y a propósito de ansias, un día mi mente fue asaltada por una inquietud inquietante: ¿qué pasó con aquella bonita tradición de los cosplayers infames?
¡Saludos!
Son las mismas. Las aprendí cuando fui Mano del Emperador de Palpatine. Nada más que yo sí aprendí a retirarme a tiempo del campo de batalla y no depender de ningún cabrón vestido de cuero negro y máscara de plástico.
En cuanto a los cosplayers, bueno, yo no hago esas cosas. Esas las hace, o por lo menos las hacía, mi compadre, que es el friki que va a convenciones. Yo no tengo el presupuesto para eso. Pero tiene su blog personal en un largo hiatus y su blog espacihistórico apenas reactivado. Me temo que ahora que se regrese al Norte Verdadero esos dominios se van a perder. Una lástima, en mi opinión.