A Tale’s Tail (4)
- Perpetrado por: Quoth
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Nada que creer. Sigan adelante…
Aunque me hubiera gustado tener cámaras por toda la Mauricio, por simple lógica eso era imposible. Para revisar las cámaras había que tener a alguien presente. No se le podía confiar esa labor a las computadoras. Pero el problema con tener a mucha gente vigilando es que había que vigilar a quienes las vigilaran, y ¿Quién vigila a los vigilantes? Vigilar a los vigilantes era una pérdida de recursos y tiempo, y por tanto, sólo unas pocas áreas estaban vigiladas por cámaras, las posiciones más estratégicas únicamente. Para solventar el problema, en la nave se llevaba un minucioso registro digital de cada persona. Pero este sistema sólo nos permitía saber a qué sección había entrado fuera del espacio de la Ciudadela. La privacidad de los habitantes seguía siendo muy importante.
El registro había mostrado que Shondra y Toto habían salido de la Ciudadela aproximadamente al mismo tiempo que la nave extraña había sido encontrada. Pero en ese momento habían desaparecido del mapa, mezclados con el resto de la población en el Centro. Sentía que una idea revoloteaba en mi cabeza. No podía descartar ninguna posibilidad y ésa era la más probable. Occam debía de estar revolviéndose en su tumba y queriéndome cortar a trozos con su navaja, pero la única opción que tenía sentido era que teníamos un espía a bordo.
–Al hangar 42 –dije, impulsándome con toda mi fuerza hacia la puerta. Un equipo de élite se dispuso a seguir mis órdenes.Era común encontrar algunos trajes de seguridad disponibles para situaciones de emergencia junto a las herramientas de extinción de incendios. Cerca de la puerta principal del nivel 88 de la Ciudadela faltaban dos. El sistema no había sido alertado de esa falla porque precisamente hoy se había declarado un incendio menor en una de las cocinas de la sección de cafetería. Aunque los bomberos habían llegado a tiempo, alguien había tomado los trajes y disparado la alerta, pero en lugar de ayudar, se había ido. Seguí la ruta de acuerdo con las bitácoras de las puertas detectoras. Con el traje puesto, el tiempo se acoplaba casi al segundo con el tiempo que tardé en llegar al hangar 42. Ninguna de esas puertas las abrí yo, sino alguien más cuyo negocio incluía cruzar esa puerta. El sistema estaba programado para dejar pasar sin problemas a alguien con un traje de seguridad. Tomé nota de esa falla grave que paralelamente era una característica útil.
Al llegar al hangar 42 mi equipo de seguridad ya estaba ahí. Hice regresar todas las alarmas de seguridad del hangar 42 y regresar al mismo estado en que se encontraba antes del estado de emergencia. Mis equipos a ambos lados de la puerta estaban preparados para atacar en caso de emergencia. La última orden recibida por la puerta del hangar era ingresar para revisión, orden que requería una contraseña que sólo cuatro personas en la Mauricio conocían, Shondra siendo una de ellas, dos que se encontraban en el centro de control desde la alerta, y yo. Ingresé la contraseña y la primer esclusa se abrió. Tres cuartas partes de mi equipo entraron conmigo, el centro de control alerta para abrir todas las esclusas necesarias en caso de una emergencia. La esclusa se cerró, la presión se equilibró, y se abrió la segunda esclusa. La mitad de mi equipo me siguió. La tercera esclusa se abrió. Entré con la cuarta parte de mi equipo. La cuarta esclusa se abrió. El hangar estaba ahí, pintado aún de blanco, con los demás agentes de seguridad cubiertos de pintura en todos lados excepto en el visor, el cual estaba recortado con la forma de la mano usada para protegerse. Si hubiéramos tenido un campo de fuerza para protegernos del vacío, el hangar estaría presurizado y podríamos quitarnos el casco. En cambio, la puerta estaba abierta directamente al vacío infinito del espacio. Y si cerrabas un poco los ojos, o utilizabas la herramienta de amplificación del traje, podías ver una pequeña nave gris oscuro recortada sobre el negro espacio sin estrellas. Hice que apagaran las luces y las estrellas aparecieron, recortando un hueco negro sobre un fondo moteado. Justo entonces una serie de luces se encendió en lontananza, enviando un mensaje en morse.
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Y la nave arrancó. Aunque tratamos de disparar a los motores, estábamos muy lejos y no le hicimos mucho daño, si es que en realidad le hicimos daño. Nunca volvimos a ver esa nave.
Revisé personalmente la habitación de Shondra y de Toto. Nada había en la de Toto, que después de todo acababa de llegar, excepto una botella de vodka de primera calidad. En la de Shondra faltaba su computadora. Estaba seguro que de no se había llevado información esencial, porque no había forma de transferir los datos del sitema principal a las computadoras binarias, y también estaba seguro que no había computadoras con el mismo sistema que la de la Mauricio a bordo. Si se había llevado información, lo hizo en su mente. Pero el cómo y el por qué se había hecho ese complicado acto de escapismo, con lo fácil y sencillo que hubiera sido querer abandonar la Mauricio y ser transferido a otra neve del Servico Exterior, y simplemente no presentarse al nuevo trabajo, me abrumaba. Las pérdidas no eran graves, ni siquiera eran un riesgo. El vigía se había perdido, pero nosotros habíamos ganado una niña, que se recuperaba satisfactoriamente en enfermería, y una computadora parásita, que había tratado de acoplarse a algo para ejecutar su trabajo, sólo para ser desactivada, irónicamente, por un virus en una computadora de un turista. Había perdido yo a alguien a quien quería como mi hija y a quien creía que era mi mejor amigo. Guardé la botella de vodka en una bodega controlada, sellé las habitaciones hasta que se hiciera un análisis completo, abrí los puertos bloqueados, hice que los bares ofrecieran una ronda gratis para compensar, aunque fuera parcialmente, el tiempo perdido, y me dediqué a resolver el dilema del mensaje que habían enviado desde la nave antes de partir.
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Evidentemente habían transmitido un mensaje en código. ¿Pero qué decía? Las palabras no tenían ningún sentido.
Si hubiera tenido un sillón de seguro estuviera yo reclinado en él. En su lugar estaba yo estirado en la pared, haciendo fuerza en una esquina, mordiendo un lápiz. Encontraba yo un placer casi morboso en tratar de romper códigos con lápiz y papel. Importar lápices era caro, pero era una solución ideal para escribir en cualquier posición y en un buen número de superficies. Transcribí una vez más las palabras, esta vez en cursiva simplemente por el gusto de no despegar el papel y el lápiz mientras escribía. Y puse los puntos sobre las íes y las rayas sobre las tes.
El teléfono sonó. Contesté la llamada, en la que me informaban que no encontraban nada raro en la nave. Mientras hablaba, jugaba distraído reescribiendo el mensaje en morse y en cursiva. Al colgar, noté que a una frase no le había colocado ni puntos ni íes.
Y supe la clave usada. Los puntos y las íes de las palabras eran así mismo una clave morse. Un código dentro de otro código. Y lo descubrí casi por pura suerte:
Adiós. Por lo menos se despidieron. Y ya sabía yo qué hacer, dónde encontrarlos y para qué habían robado la nave.
–Capitán Matthews — hablé por el intercomunicador, con una sonrisa sardónica–, prepare una nave de largo alcance. Mañana a las 1500 horas saldremos a cazar a nuestros fugitivos.
–¿Por qué mañana, general, si me permite preguntar? ¿Por qué no hoy?
–Para hacer las cosas interesantes les daremos un día de ventaja. No por deportividad, sino para que se reunan con la última pieza del rompecabezas.
–Como ordene, señor.
Si la botella de vodka que dejó Toto no tenía codificadas las instrucciones para llegar al punto de reunión, me bebería yo solo la botella para morir por intoxicación etílica. Ahora ya estaba seguro de quién estaba de mi lado en el complot.
Continuaremos esta historia en un rato más.
Publicado el 16/08/2008, a las 05:31:30 pm.
Categoría: Once, I dreamt
ciencia ficción barata, no estoy dormido sino durmiendo
En nuestro capítulo anterior: « A Mermaid’s Tale (3) »
A continuación, en Guanatinghamshire « Pickup lines (3) »

