Telling a tale
Bien. Regresamos a nuestra programación habitual. Seguramente habrán notado ustedes que en estos días previos apareció una serie de artículos con un solo cuento en varias entregas, numerado del 1 al 8 y con ocho títulos diferentes.
El cuentecillo en cuestión, del cual no pude decidirme a un título en específico y terminé jugando con sus múltiples variantes, es un sueño que tuve. Eso pudiera explicar, que no justificar, la baja calidad literaria del cuento.
Así a ojo de buen cubero el cuento tiene ocho mil palabras, posiblemente ocho mil quinientas, no las he contado todas. No es un buen cuento (soy el primero en admitirlo) pero sirve para ilustrar alguns cosas importantes. Importantes para mí. La segunda es que mis sueños suelen ser el primera persona, la última es que sueño cada fumada que me hace preguntarme si no estaré yo tomando drogas sin darme cuenta.
Éste sueño, en sí, es interesante por el hecho de que es uno de los pocos sueños que he tenido que en realidad concluye. Generalmente me despierto antes de que llegue la escena final, o lo sueño con varios finales alternativos y ambiguos. Alguna vez incluso lo soñé con efectos especiales en tercera dimensión que fallaron cuando falló mi computadora en mi sueño, obligándome a salir de la sala de cine de mi mente para quejarme amargamente con el dueño, que era yo. Luego desperté.
Sin embargo, una de las cosas que más me preocupa es que mis sueños tienden a ser de ciencia ficción. Y lo que es peor es que mi ciencia ficción suele ser ciencia dura. Me he visto , en mis escasos sueños en tercera persona, resolviendo ecuaciones matemáticas para ver si podría lograrse algo dado o si tenía que tener en cuenta otas variables. Por ejemplo, cuando soñé que encriptaba un mensaje esencial para la resistencia humana, lo codifiqué utilizando como clave pseudoaleatoria un número de pi, pero para hacerlo más complejo calculé pi en base 11 y no en base 10. También tuve que enviar la clave de descodificación por otro medio, lo que los no entendidos llaman el método del solvente universal: la parte importante del solvente se envía aparte y sólo cuando se mezcla se obtiene el efecto deseado.
A pesar de soñar en primera persona, no siempre soy el protagonista. A vecessoy el ayudante o un simple observador inocente que participa en la acción. Una vez yo era el encargado de reparar los aviones de los héroes de mi sueño, a pesar de que en la vida real no soy capaz de distinguir al cigüeñal del alternador de un automóvil. Los héroes, sin embargo, ganaron porque era mi sueño y en mi sueño gana quien yo quiero que gane. En otras ocasiones han ganado los malos, y les han puesto una paliza a los buenos de padre y señor mío.
Algunas veces sueño con experimentos genéticos, que fue el caso de mi sueño anterior. Por ejemplo, si bien digo que todo mundo en la nave espacial Mauricio, nombrada así porque su espacio habitable era similar a la de esa isla, utilizaba aletas estilo cola de sirena para moverse, es porque yo veía en mi sueño a todos nadando haciendo el clásico movimiento de delfineo. Supongo que porque estuve viendo a Michael Phelps, aunque yo aprendí a nadar de esa manera hace mucho tiempo y todavía no se me olvida. Pero el protagonista también dice que la chica, Shondra, es una sirena, y es verdad: en mi sueño ella tiene las piernas fusionadas y los pies son en realidad la punta de la cola. Es, por tanto, la secuela de otro sueño que tuve hace unos cuantos meses, donde un doctor a quien apodé Moreau porque en mi sueño ese doctor odiaba que le dijeran así (soy un perversito) se dedicaba a crear seres humanos especialmente adaptados para la colonización de un nuevo mundo. Ese sueño, a su vez, es la secuela de un sueño que ya transcribí aquí, en el cual una bola de científicos se lleva a una bola de niños al infinito y más allá. En ninguno de los casos hice notar, por no ser relevante para la historia en sí misma, que los niños eran mutantes. Tampoco lo especifiqué en el caso de la historia de Yuko, en el cuento que acabo de terminar. Yuko no es la chica señuelo, sino la maestra, y ambas son sirenas, igual que Shondra. La modificación funcionaba muy bien en un ambiente de gravedad cero, y en mi universo se daba por sentado. En el capítulo en donde Yuko mata a su rival, producto de locura por drogas hipnóticas, se escucha decir a Toto, que narra tras bambalinas, que había olvidado que sirenas y harpías eran mujeres. La primer oficial era una harpía, es decir, una modificación genética en la cual a los seres humanos se les había dotado de alas. De esa manera tenían una orientación espacial superior, ideales para pilotear naves, y además podían volar para misiones de reconocimeitno. Más que volar, planeaban, pero me las había arreglado, en mi sueño al menos, para que tuvieran alas de gran envergadura y una estructura ósea muy ligera. La pobre primer oficial pesaba apenas 15 kilos en la tierra, y medía un metro cincuenta centímetros de altura. Sus alas tenían la misma estructura que las de un murciélago y le permitían manipular cosas como si fueran manos. Esos detalles no los mencioné porque sólo hubieran hecho más confusa la historia, que de por sí ya tiene una estructura digna de una novela barata de 10 centavos.
El final msmo es indigno de un malo con un nombre tan ridículo como Toto, que fue la manera de justificar el uso de ese desgastado cliché de “Toto, ya no estamos en Kansas.” Cumple, sin embargo, con una moraleja, la que dice mi protagonista después de matar a su amigo: un señor del mal no debe perder tiempo hablando, sino actuar, y tampoco debe bajar la guardia, pensando que nada puede frustrar sus planes ya. Según mi protagonista, fueron sus seguidores anarquistas quienes terminaron por matarse solos. Lo interesante es que en la vida real yo soy un anarquista, y considero que una colonia pudiera fundarse sin más leyes que las convenidas por todo el pueblo. Sin embargo, soy el primero en hacer notar que en poblaciones grandes debe haber una fuerza que imponga el orden, y per se, esa idea es incompatible con el anarquismo. Sólo puede haber un pueblo sin ley pero con reglas en poblaciones pequeñas. Mas allá de unas pocas decenas de personas y todo se va al garete. O más lejos.
Ya me estoy extendiendo mucho. Según Wordpress, ya superé la barrera psicológica de las mil palabras. ¿Por qué estoy hablando de estas cosas en lugar de hacer algo medianamente útil para la sociedad? Bueno, porque necesitaba desahogarme. Después de todo, hace varios días que no escribo un artículo en forma y en mi cerebro las ideas se empezaban a golpear entre sí buscando una salida. Ya veremos qué otra idiotez se me ocurre para mañana. Lo que es importante es que sigo aquí, como siempre, escribiendo, como siempre, y necesitado de dinero, también como siempre.
Saludos cordiales.
Quoth.

Quoth, no sé qué comentar.
Eso sí, el cuento ha sido leído en su totalidad y medio corregido en algunos detalles mientras lo leía, pero ya no recuerdo esos detalles.
Lo dejo, que me he vuelto un adicto a los deportes olímpicos (yo sólo bajé a la cocina por unos sándwiches).
Yo tampoco sé qué comentar, y mira que conozco al muchacho. Yo creo, compadre, que deberías dejar de fumar esa cosa. Sé que vas a decir que ya no fumas; no te preocupes, la negación es el primer paso para enfrentar la dura verdad.
Esto me anima, me impulsa diría yo, a crear un cuento con el cual se ensañen. Es más. Lo voy a escribir en este momento, ex profeso. Denme 15 minutos.
Como si necesitara su permiso.