The Mermaid’s Tale (7)
Ya casi termina el sueño, ya casi…
Mi plan era sencillo. Se había terminado recientemente la construcción de una nave espacial en un asteroide capturado. Todo se había fabricado en el interior del asteroide, utilizando como material los minerales y metales del mismo asteroide. Pero por alguna razón que tenía que ver con la burocracia, la nave se había dejado abandonada por un tiempo, y una expedición debía recuperarla. Yo me las arreglé para estar a cargo de esa misión.
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Nunca hubiera esperado yo que me hubieran elegido para ese procedimiento. Yo tenía hambre de aventuras y necesitaba acción, pero en estos tiempos se veía muy poca acción. Ni siquiera los piratas espaciales eran capaces de hacer algo más que un cosquilleo en el tejido de la sociedad> los piratas eran casi siempre niños ricos inconformes que querían aventuras peligrosas, y casi todos morían al intentar conquistar una nave espacial. Los pocos piratas exitosos eran quienes se habían aprovechado de los niños ricos y habían refinado sus métodos, pero era imposible permanecer en la clandestinidad por mucho tiempo. Todos terminaban como reyezuelos en algún asteroide, antes de darse por vencidos y regresar a la civilización, presa del tedio o de alguna enfermedad mental provocada por la soledad. Por eso cuando me enteré de la misión de recuperación me puse en primera fila. Sería un cambio de ambiente, romperíamos el tedio y la monotonía y además me darían un ascenso. Lo único que necesitaba era que me aprobaran.
Cuando llegó el reclutador a mi apartamento, estuve a punto de volverme loca de contento. No sólamente era la prueba de que todo era verdad, sino que además era más guapo que en la videoconferencia. Cuando mi papá se fue y nos dejó solos, pensé que me iba a morir. Estoy segura que el flechazo fue mutuo. Ninguno de los dos habló por un buen rato porque temíamos romper el encanto. Pero finalmente lo hicimos. Me confirmó el plan, me llevó a donde estaba la nave de salida, y la abordamos tras un pequeño incidente en una cafetería. Cuando subimos a bordo de la nave, y no recuerdo cómo entramos a ella porque me concentré en verlo a él, y nos quitamos los trajes, no pude resistir la tentación y lo besé. Y él correspondió mi beso. Estaba yo en la gloria. La nave se puso en marcha apenas entrar, y la gran velocidad que alcanzó nos proporcionó un poco de fuerza pseudogravitacional. Sentir mi peso y el suyo, juntos, nos ocasionó un ataque de risa. Nos miramos a los ojos, nos volvimos abesar, y nos amamos más que con locura, con pasión. Hasta caer rendidos.
Estábamos solos. El viaje siguió sin caer en la rutina. Yo era una mujer enamorada pero también tenía un trabajo por hacer. Las cosas marcharon bien hasta que llegamos al punto de encuentro, donde el resto de las personas que nos ayudarían en la misión se unieron a nuestra tripulación. Fue frustrante no poder estar con mi amado todo el tiempo, pero más frustrante aún fue que su primer oficial fue otra mujer y no yo. Comencé a sentir celos. Y ella lo sabía. Trató de hacer mi vida imposible y yo no tenía ningún refugio contra mis sentimientos. Era una situación intolerable.
Hasta que un día ella y yo explotamos y nos peleamos como gatas en celo por nuestro territorio. Mi amado no comprendió lo que habíamos hecho. Nos encerró, nos alejó. Me alejó de él. Me privó de sus caricias, de sus sentimientos, de su amor. Yo estaba a punto de volverme loca. Llegué a pensar en el suicidio. Pero esa no era la respuesta. Mientras ella estuviera ahí, yo tendría siempre una rival. Debía deshacerme de ella.
Comenncé a fraguar mi plan. Tomé mi cepillo de dientes y comencé a desgastarlo. Era necesario darle un filo lo bastante fuerte como para penetrar la piel. Debía llegar a su corazón. Me las arreglé para salir de mi prisión y fui a su encuentro. Ella me esperaba. Había tenido la misma idea. Nos atacamos con saña. Nos herimos profundamente con palabras y con hechos. Yo fuí la que logró perforar su corazón. La sustancia roja salía de las heridas, formando esferas que flotaban, que se estrellaban en las paredes. No podía dejar que reviviera, y comencé a cortarle el cuello. Entonces él llegó. Me arrojé a sus frazos, ebria de gozo. Ya sólo seríamos él y yo. Pero todo se puso negro.
Cuando desperté él aún estaba ahí. Me miró con esos ojos en los que podía perderme por horas. Me reprochó haber matado a mi rival. No comprendía que lo había hecho por él. No entendía que mientras ella viviera los dos no podríamos estar juntos. No quería comprender que él y yo estábamos destinados a ser la bestia de dos espaldas, que él era mi otra mitad, dos seres únicos e irrepetibles destinados a ser un todo mejor y más grandioso que la suma de sus partes. Y me ofendió.
Se fue sin mirar atrás.
Sólo me queda alejarme de él para siempre. Seré una con las estrellas. Dejaré aquí este último testamento, escrito con mi sangre, como recuerdo perenne de mi amor por él y lo que representó para mí su traición.
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Debo estar haciéndome viejo. Tonto de mí, olvidé que las mujeres se enamoran, sean sirenas o harpías. Este fue un error demasiado grave. Esta es la única vez en que mis cálculos me indican que mi plan puede fracasar. He perdido dos piezas importantes en mi plan, y el riesgo es enorme, mucho más cuando estoy tan cerca de lograr mi objetivo. Ya no puedo reemplazarlas ni dar marcha atrás. Si tan solo alguien descifra mi mensaje a tiempo y se une a mi causa, mi victoria será completa, total y absoluta. No fallaré. No puedo fallar. No hay modo de que falle, con con un plan que lo prevee todo, incluso eventualidades de este tipo. Pero deberé estar preparado para cualquier cosa que pueda pasar.
Seguiremos después de una pausa.

…
Y se pone peor…