Estoy muy tranquilo, arreglando algunas cosas, cuando llegué a un punto en el que no hay mas que esperar antes de continuar con la instalación de un programa. Aproveché para revisar mi correo electrónico.
Lo sorprendente no es que revisara mi correo, ni siquiera que alguien me escriba; lo sorprendente es que me pidieran auxilio. Como no era cosa de borrar el correo y regresar a mi posición habitual, que involucraba esperar varias horas a que terminara de instalarse el programa de marras, contesté el correo.
En pocas palabras, me preguntaban qué hacer si habían presumido ante alguien que sabían cocinar muy bien y ese alguien les había solicitado que le cocinaran algo un viernes por la noche. Y bueno, que esté soltero no implicqa que no sepa qué hacer ante esos casos. Lo sé muy bien, y por experiencia propia.
Fue un verano húmedo y caluroso del Siglo XXI. Tal vez fuera del Siglo XX. Había dos equis en el siglo, eso es seguro. Sé que era verano porque era húmedo y caluroso, y como aquí los inviernos no suelen ser húmedos y calurosos, sino húmedos y fríos, es evidente que era verano. Y recuerdo, perfectamente bien y como si fuera ayer, aunque realmente no fue ayer sino hace mucho tiempo en un verano húmedo y caluroso del Siglo XXI, que presumí de que a mí la comida italiana se me daba bastante bien. Una compañera, dado que estábamos estudiando un cursillo, compañera por cierto con apetecibles proporciones, me miró, decidiera que a pesar de lo barrigudo podía ser yo buen partido en caso de ser el último hombre sobre la tierra, me retó a que le trajera comida italiana recién preparada.
Como decidiera yo que las ventajas de acercarme a los huesitos de mi amiga excedían a las desventajas de tener que preparar comida en vastas y bastas cantidades, le prometí que le traería pasta fresca, porque los gnocchi me salían bastante bien, al día siguiente. Pero le indiqué que, por cuestiones de tiempo, le traería los gnocchi para que ella los preparara en su casa. Ella accedió. El resto del día fue normal, salvo que al finalizar mi amiga se acercó y con voz melosa me recordó que debía llevarle sus gnocchi al día siguiente.
Caminaba rumbo a mi casa y me pregunté cómo cuernos prepararía yo los gnocci si lo que sé preparar más cercano a la pasta italiana es el engrudo. Y entonces, como si de un aviso celestial se tratara, recordé que apenas dos días atrás había abierto un local especializado en pastas caseras. Y allá va Quoth.
Entro, y observo a quienes preparan la pasta. El encargado parecía ser un siciliano malencarado y chaparro, pero resultó ser un simple efecto óptico, pues al abrir la puerta resultó ser un simple y sencillo indio oaxaqueño que sabía preparar pastas porque trabajó en un restaurante italiano durante mucho tiempo. El dueño del changarro, en cambio, sí era italiano. De Nápoles. A lo mejor era pariente de Giuseppe, o por lo menos parte de la Camorra, pero como esas cosas no me afectan en lo más mínimo, no pregunté. Pregunté, en cambio, si había gnocchi.
“Sí, ” contestó el italiano, con un acento claramente napolitano, aunque con el sabor vainilla un tanto más acentuado, “recién hechos con la receta que la mía mamma me dio antes de venir a México.”
“Quiero dos kilos, con relleno de alcaparra y cordero,” dije a mi vez, sin demostrar que lo que había hecho fue leer el contenido del menú detrás del napolitano.
“¿Desea que le dé salsa para los gnocci?”
“Pomodoro e basilico, sí,” dije, leyendo una vez más el menú, reconociendo únicamente el pomodoro como los jitomates de estas latitudes y el basílico como simple albahaca, pero en italiano.
Compré también una bolsita de queso parmesano rallado, pagué los florines que me pidió el napolitano y fui a comprar unos moldes desechables a un Gigante que estaba cercano, para no tener que regalar yo alguno de mis moldes.
Acto seguido preparé mi acto, un acto donde mi actuación la actuaría como si supuera de lo que hablaba.Con cuidado separé los gnocchi uno por uno, y los que quedaron enteros los coloqué en un molde hasta que se llenara, y los metí al congelador. El resto también los metí al congelador. Sus únicos defectos eran que, al ser pasta fresca, se pegaban contra otros y separarlos sin cocinarlos primero no era algo muy agradable por hacer: tenían la tendencia a romperse. Con los gnocchi industriales eso no pasa, porque se hacen uno por uno de una pasta más dura, para que conserven la forma al salir de la máquina. A continuación vertí una generosa cantidad de salsa italiana en el otro molde, para que pensara que también había hecho la salsa. La metí al congelador también, en tanto que el resto de la salsa la metí al refrigerador. Si hubiera tenido heladera y frigorífico hubiera metido eso a la heladera y al frigorífico, pero no, tenía yo congelador y refrigerador, como toda la gente decente en Guadalajara.
A la mañana siguiente los moldes parecían estar hechos de hielo. Y así los metí a una mochila y me los llevé al mentado curso al que asistía. Antes de salir del curso le dije a mi víctima compañera cómo debía prepara la comida, y le dije que lo único que faltaba era queso parmesano (porque se me había olvidado, pero eso no lo dije) para que comiera como en Roma.
Y a la mañana siguiente, en lo que sería el último día del curso, mi compañera llegó feliz y contenta, diciendo que era la mejor comida que había comido en su vida. Esperaba yo que en ese momento se arrojara a mis brazos diciendo “Seré tuya mientras sigas haciéndome gnocchi” o una variación de esa frase, pero lo que me dijo fue que había invitado a cenar a una amiga suya y había preparado los gnocchi, y estaban tan sabrosos que su amiga quería conocerme, porque no podía resistirse a concoer a un hombre que cocinaba. Yo, bueno, yo dejé que me la presentara.
La muchacha no era de mal ver. No sería la última cerveza fría del Estadio Jalisco, pero sí apagaba la sed. Terminé invitándola a comer y ella dijo que sí, siempre y cuando yo cocinara. No sé qué me motivó a decir que sí. Creo, sin embargo, que fue el escote. Cuando me di cuenta de ello ya tenía yo una cita para cenar. No se me ocurrió preguntarle qué era lo que le gustaría cenar, así que durante tres días y tres noches me dediqué a tratar de averiguar qué podría ser lo que le gustara a esta niña. Me fui a una tienda, sipongo que debió haber sido un Gigante, y me decanté por la comida libanesa, por dos motivos: el primero es que sabe bien, y el segundo que había llegado a la sección correspondiende del supermercado.
Compré dolma (hojas de parra rellenas de arroz con carne y pasas), kibes (bolitas de pasta de trigo y garbanzo rellenas de carne con piñones) y tabule a manera de ensalada, aunque el tabule que venden aquí dista mucho del taboule que venden allá: aquí la base es de trigo, allá, de perejil. Estuve a punto de comprar baclava, pero si no puedo manejar la pasta de hojaldre, mucho menos la pasta filo, así que opté por no meter la pata. Al llegar a casa lo primero que hice fue sacar la comida del contenedor y tirar toda la basura a la basura para no dejar huellas. Guardé todo en componentes separados, y esperé.
Al día siguiente llegó puntual la chica en pos de cuyos huesitos estuviera yo. Antes de abrir saqué las cosas de los moldes y guardé los moldes vacíos en el congelador, me desacomodé el pelo y me unté las manos con algunas cosas para que pareciera que estaba cocinando, me puse un mandil que ensusié al limpiarme las manos y me quité el mandil, y fui a abrir la puerta. Introduje a la niña a mi guarida y me disculpé mientras ponía a calentar las cosas, con la idea de que se viera que estaba yo en realidad cocinando. Calenté las hojas de parra a fuego lento en mi olla más grande, puse los kibis a sofreir en aceite de oliva en mi siguiente olla, y si no puse el tabule a freir fue porque me acordé que ese debe ir frío. Se lo pasé a mi cita con unos totopos hechos con pan pita que acababa de sacar del horno tostador, y le indiqué que podía probarlo para ver si me había quedado bien. A la chica le gustó mucho el tabule, porque cuando me di cuenta ya se había comido la mitad. Le pasé entonces unas hojas de parra humeantes y un molde con hummus mezclado con yogurt natural, para disminuir un poco el fuerte sabor de esa pasta de garbanzos, y unos kibis.
Comió como si llevara tres días sin comer. De los ocho kibis que freí, pensando que comería apenas dos, se comió cinco. De las veinticuatro hojas de parra rellenas que calenté, se comió catorce. Se comió por lo menos trescientos cincuenta gramos de tabule y dos panes pita enteros, y yo había comprado medio kilo de tabule. También se acabó el hummus. En pocas palabras, una comida que yo calculaba serviría a cuatro personas apenas ajustó para dos.
Y a ella le fascinó la comida.
Hice cuentas mentales y el resultado al que llegué fue ”que te mantenga el gobierno, que si te tengo que mantener yo me quedo pobre.”
Como consecuencia, hice lo posible por evitarla en la medida de lo posible, pues no quería terminar con Jabba the Hutt en la cama. Hace poco la ví en un buffet. No se notan muchos kilitos de más, porque va al gimnasio todos los días, pero vaya que la muchacha todavía traga.
Como sea, recordaba yo todo esto, y llegué a una conclusión:
“Si compras comida preparada y haces como que la preparas, obtendrás el mismo resultado que si en realidad te mataras en la cocina trabajando.”
Saludos cordiales.
Quoth

oye oye!!!
ya llegó!!!!
wow!!!!!
neta, muchas gracias…
s l mejor regalo.. así.. stá increíble!!!!
me encantó…
tu letra s chistosa.. ajajajaja..
no, d verdad ke no tngo ni palabras
siempr m ha gustado ke m regalen libros…
GRAAAAAAACIIIAAAAAASSS!!!!
bsitos mil!
Me da gusto que te haya gustado. Sobre mi letra, bueno, evolucionó de patas de araña a esa cosa ininteligible a costa de desgastar lápices. De verdad que veo mi letra en la secundaria y no puedo creer que haya sido la mía. Veo la de la prepa y me doy cuenta de que sí es la mía.
Tal vez por eso me gustan tanto las computadoras: nadie se queja de mi letra.
Por cierto, un libro es el regalo perfecto. Si a quien se lo regalaste gusta, se lo quedará. Y si no le gusta el libro, se lo puede regalar a alguien más.
Saludos cordiales, querida.