Cuarta parte de la novela del NaNoWriMo.
Capítulo 7: 5 años antes.
Éramos, por decir lo menos, una colección de huesos rotos. Vernier y yo estábamos paralizados en términos prácticos, al igual que Xau y Trevor. Lo primero fue construir un refugio. Elegimos un valle junto al cual había una cueva de buen tamaño y un arroyo que nos proveía de agua y oxígeno por simple electrólisis. Aunque la atmósfera no era nuestra principal preocupación, el bióxido de carbono sí lo era. No sabíamos qué hacer. Bueno, Xau sí sabía qué hacer, pero no podía hacerlo por sí misma. Sobreponiéndose al dolor de las amputaciones, Xau ordenaba. Era la única de todos nosotros que había crecido en un hogar por debajo de la línea de pobreza, y sabía cómo hacer cosas que no requerían mucha inversión. Ella nos enseñó a hacer ladrillos de lodo, y los utilizamos alrededor de la As y la Bravo para protegernos del medio ambiente hostil y cerrar las fugas. Para comunicar los dos sitios cavamos un túnel, que cubrimos con ayuda de los resos de la Charlie. Toda la electrónica funcional fue ensamblada en una habitación. Vernier, Xau, Trevor y yo fuimos transladamos a ese lugar. Seríamos los ojos y el cerebro de nuestra nueva misión: sobrevivir. No podíamos movernos, pero podíamos pensar. Y sabíamos cómo. No éramos unos inútiles. No todavía. Todos vivían en la cueva excepto nosotros: decidimos quedarnos afuera para poder estar más cerca de nuestro instrumental.
Trevor murió de sus heridas poco tiempo después. Pero fue idea de Trevor buscar materiales que nos permitieron absorber el bióxido de carbono y desprender oxígeno para respirar. También fue trevor quien pidió que guardáramos los cuerpos de todos los tripulantes muertos. Incluyendo el suyo. Si íbamos a sembrar plantas, necesitaríamos abono. Y aunque teníamos pocas plantas que pudieran ser sembradas, las necesitaríamos con desesperación para convertir la atmósfera en algo que pudiéramos respirar.
Los cuerpos de nuestros compañeros sirvieron de abono. Con el alto contenido de dióxido y monóxido de carbono y el exceso de luz solar disponible, las plantas crecieron como si las fabricaran. Mis instrumentos mostraban que en la zona en la que estábamos el contenido de oxígeno aumentaba lentamente pero con paso estable. Fue Gomar quien tomó el primer tomate cherry que maduró al aire libre. Tomó una gran bocanada de oxígeno, se quitó la máscara, y se comió íntegro el tomate. Puedo jurar que ví que lloraba de emoción, a pesar de estar tan lejos de donde estábamos. Según Gomar, nunca había comido nada tan sabroso.
Aún había mucho qué hacer. Esencialmente estábamos atrapados en la edad de piedra. Xau y yo estábamos revisanso algunos mapas geológicos, buscando algo que nos sirviera, cuando divisamos una veta de algo que parecía cobre. Ella y yo llegamos a la misma conclusión y hablamos casi al mismo tiemo:
–¡Metales!
Había que hacer herramientas de piedra que nos permitieran extraer e cobre, y una vez con el cobre a nuestra disposición, podríamos hacer herramientas: cuchillos, hachas, palas, ollas, hornos, alambiques. Ya con máquinas biológicas que además de fijar nitrógeno liberaban oxígeno y absorbían bióxido de carbono era mucho más fácil relajarse por las noches. Con los restos de las plantas podía pensarse también en aprovechar la celulosa y algunos otros componentes para hacer plásticos. Estábamos a punto de dar un salto de varios miles de años en la historia del hombre moderno en un par de semanas.
Dos meses después, de las forjas habían surgido las primeras herramientas de cobre. Con ayuda de carbón de piedra y sacrificando parte de nuestra provisión de oxígeno se habían conseguido destilar alcohol. Esta vez fue Buonasera quien se sirvió el primer vaso. Era apenas alcohol al 3%, pero era alcohol, y sabía a gloria. De los restos en el alambique se obtuvo acetato de celulosa. Ya yeníamos un plástico duro. Y Xau sabía cómo realizar un telar. Aunque aún faltaba mucho tiempo para que pudiéramos renovar nuestras ropas, lo que sí se pudo hacer fue mangueras de oxígeno. Ya no era necesaria toda la máscara, sólo un tubo en la nariz. La electrónica que nos ahorramos pudo ser utilizada en otras cosas, y comunicarse mientras se trabajaba fuera de la cueva era tan sencillo como hablarle al compañero de al lado, siempre y cuando recordaras no aspirar por la boca mucho tiempo.
Con herramientas de cobre y plástico se pudo mejorar nuestras herramientas, y pronto ya teníamos un nivel de vida aceptable, aunque con muchas carencias. Por lo menos había alimentos frescos.
Esa noche observé por primera vez la Luna salir. Tardé en darme cuenta de que no era la Luna.
–Vernier, mira…
Xau estaba dormida y no quería despertarla, pero Vernier estaba en su periodo de descanso y perfectamente podía ver lo que yo veía. Era Alfa del Centauro Beta, saliendo por el horizonte. Apenas asomándose un poco, como con timidez, y retrocediendo hasta desaparecer.
–Guau… –dijo ella.
Por un momento nos quedamos ahí, mirando la noche. Entonces Vernier soltó una maldición y rebuscó en las cartas estelares. Cuando me mostró el mapa y los cálculos supe lo trascendente que había sido ese momento.
–Es verano –dijo Vernier–. Acaba de empezar el verano.
Y era cierto. Durante las noches de verano Alfa del Centauro Beta y Próxima del Centauro se alzarían en el horizonte nocturno, alejando parcialmente a la oscuridad de sus legítimos dominios. Estaban tan lejos que no iluminaban más que lo que haría la Luna en una noche clara; no lo suficiente para que las plantas pudieran hacer la fotosíntesis, pero sí lo bastante como para caminar sin necesidad de alumbrado público. Durante el verano las noches serían nuestras.
Xau dormía, yo estaba descansando y Vernier estaba de guardia cuando entraron intempestivamente Méthis, Buonasera, Zharkova y Gomar. El barullo era tan fuerte que despertaron a Xau, que se hizo escuchar golpeando con la mano el borde de su asiento.
–¡¿Qué mierdas pasa?! –gritó.
Era la primera vez que la escuché maldecir desde que llegamos. El silencio se hizo y todos se apoyaron en la pared más cercana.
–¿Y bien? ¿No van a hablar?
–Langley está embarazada –dijo Méthis.
No puedo culparlos. Las noches son largas y frías, y no hay televisión. con la cual divertirse. Con una población activa y joven, tarde o temprano esa situación debía presentarse. Pero estábamos muy lejos de casa y la situación no era precisamente la mejor para tener una criatura. Ni siquiera había aire para respirar allá afuera.
–¿Qué piensan hacer al respecto?
–No es lugar para un niño. –insistía Méthis.
–El mundo nunca fue un lugar para un niño, y Centauro no es una excepción –dijo Zharkova.
–No es nuestra responsabilidad el bebé. Nuestra responsabilidad es Langley.
–La responsabilidad nunca estuvo en este mundo. –dijo Zharkova.
–La ley tampoco –replicó Buonasera–. Estamos viviendo en un estado de anarquía pura y nos ha dado buenos resultados. Quienes deben decidir son los padres de la criatura.
–Langley no sabe quién es el padre.
–¡Oh, por el amor de mi madre, no me vengas con ese cuento, niña! Sabemos que lo trata de proteger, ¡y lo que es peor es que no nos importa! ¡La única pregunta que nos debemos hacer es si alentamos o no alentamos esa conducta!
–¿A qué te refieres? –interrumpí. Me sentía como si hubiera llegado a la mitad de una película.
–No podemos impedir que se pongan a follar –dijo Buonasera–, pero sí podemos permitir que se hagan parejas. Tarde o temprano, si no morimos, tendremos un planeta para habitar. No creo que vengan a rescatarnos en por lo menos 10 años. Nos quedamos sin tres prototipos, y por tanto hay que fabricarlos otra vez, y eso si los burócratas se convencen de que es necesario que vengan a rescatar a un grupo de personas que probablemenbte ya está muerto de todos modos. Estamos solos. La pregunta es, ¿nos vamos a morir solos o no? Tenemos aquí a un niño que será el primer nativo de este planeta. ¿Qué le vamos a heredar? ¿Nada? Podemos matarlo antes de que nazca. ¿Eso impedirá que se repita lo mismo con alguien más después? Hasta el momento han respetado nuestra autoridad porque fuimos designados como líderes de nuestra misión. Pero estamos sumidos en la anarquía y la desesperación. Yo necesito un whisky, y necesito a mi esposa, y necesito jubilarme a disfrutar de mis nietos. Y estoy en un planeta que de seguro no está mas que en la mente del cabrón que está escribiendo nuestra novela, y mi esposa está a cuatro años luz de distancia, y mi whisky de seguro se lo está bebiendo mi hijo menor a escondidas, y mi nieta debe nacer cualquier día de éstos, si no es que ha nacido ya, y no conocerá a su abuelo porque su abuelo el geólogo aventurero decidió venir a revisar una piedra que cagó algún dios y se olvidó de tirar a la basura. Una de dos: o hacemos lo correcto, o salimos a respirar el aire de Centauro y morir en paz. O dejamos que esta roca permanezca yerma o hacemos que cuando venga alguien en quinientos años encuentre tomates, arroz, truchas y algas, y prepare sushi.
Todo quedó en silencio mientras Buonasera se sentó en el suelo y se recargó contra el marco de la puerta.
–¿Truchas? –dije yo–. No tenemos truchas.
–Sí los tengo –dijo Zharkova–. Tengo conejos, truchas y pollos. Bueno, al menos puedo hacerlos crecer.
–¿Por qué tienes truchas?
–Para hacer experimentos. Las truchas son peces de agua dulce muy adaptables, capaces de florecer en lugares donde otros peces sólo sobreviven. Un momento…
–Un estanque –dije.
Zharkova y yo estábamos llegando a la misma idea casi al mismo tiempo.
–Sí… Si podemos hacer un estanque, podremos poner algas en él, algas que podrían servir para alimentar peces de los que se pueden alimentar las truchas. Si unos pocos de los huevos fertilizados que tenía en congelación aún son viables, puedo introducir varias especies de peces, algún insecto benéfico, y las truchas estarían arriba de la cadena alimenticia, sólo por debajo de nosotros. Y si las algas pueden crecer en el estanque, podríamos liberarlas en el arroyo: tarde o temprano llegarían al mar y se reproducirían, y gracias a la evolución y a la nula competencia, liberarían las enormes cantidades de oxígeno que necesitamos para vivir. En unos pocos años la atmósfera estaría conquistada.
Nos quedamos mirando en silencio durante un tiempo. Era una idea genial por su simplicidad. Tal vez hasta funcionara.
–A trabajar –dijo Gomar, y junto con Méthis y Zharkova se alejaron por el corredor.
Buonasera se puso de pie y me miró. se despidió con un saludo militar y se fue.
–Gracias –dijo Xau.
–¿Por qué? –pregunté.
–Si las truchas crecen, tendremos esperanza. Y si tenemos esperanza, tendremos razones más importantes por las cuales preocuparnos que el nacimiento de un bebé.
–¿Como cuales?
–Cómo llamarlo, por ejemplo –sonrió, y se durmió.
Afuera, Beta iluminaba la superficie con sus fríos rayos.
Nadie estaba muy conforme en cuanto a tener que ser él quien estuviera cavando un estanque. Todos cooperaban, excepto Xau, Vernier y yo, por razones obvias. Aunque nosotros ya estábamos haciendo avances impresionantes por nuestra cuenta. Gracias a los mapas satelitales habíamos descubierto yacimientos cercanos de azufre, sal, cobre, carbón, hierro y estaño. Eran fáciles de encontrar porque estaban a flor de tierra, y con ellos podríamos buscar el resto de los elementos. Nos urgía sobre todo encontrar potasio, pues era necesario fertilizar las plantas que se sembrarían. Aunque la huerta que teníamos florecía, el fertilizante eran los cuerpos de nuestros compañeros caídos, y no éramos muchos.
Era de noche. Los más jóvenes preferían trabajar bajo la luz de Beta que bajo el calor de Alfa. Monitoreaba yo el aire cuando algo sucedió entre Kerr y Sebben, que arrojaron sus herramientas y comenzaron a pelear. Los demás se colocaron a su alrededor y apoyaban a su favorito. Cuando estaba a punto de alertar a Gomar de la pelea, Kerr y Sebben dejaron de pelear, y entre risas, se dieron un abrazo y continuaron trabajando. No lo supe sino hasta la hora del desayuno, pero acababa de asistir a la primera sesión del Club de la Pelea. En el desayuno Buonasera habló con Kerr y Sebben, y terminó alentándolos para que entrenaran box dos días de cada diez, y lo mismo hicieran con sus compañeros.
–Cuando era joven –dijo Buonasera– una de mis aficiones era el box. Es un deporte violento, pero quema testosterona y forja el carácter. Y es un deporte de caballeros. Al contrario que otros deportes de contacto, en el box la fuerza y la violencia no lo es todo; la estrategia también cuenta. Y entre amigos, no importa quién gane, en tanto ambos peleen con caballerosidad y honor. En pocas palabras, si se van a pelear, sólo no se maten, ¿quieren?
Kerr y Sebben sonrieron y levantaron su vaso para brindar con agua mineral, que provenía de un manantial al final de la cueva. Si en ese tiempo hubiéramos tenido dinero hubiera sido una bebida muy cara, porque había muy poca.
–¿Qué comen, caballeros?
–Champiñones. Crecen muy bien al fondo de la cueva, junto al manantial. Vi el lugar y se lo comuniqué a la doctora Zharkova, que sembró algunos brotes, y crecieron muy bien.
Buonasera tomó un champiñón del cuenco de barro y lo paladeó. Para ser un champiñón de otro mundo, sabía muy bien.
–¿Saben? Nunca he recorrido la cueva hasta el final.
–Wayne es espeleóloga aficionada, maestro –dijo Kerr, señalando a una chica morena que estaba sentada junto a ellos..
–Considero conveniente cartografiar todo. Nos hará falta si hay algún peligro: no sabemos cuándo será la temporada de lluvias, y ni siquiera si llueve por estos lares. ¿Puede disponer de lo necesario para explorar mañana la cueva conmigo?
–¿700 horas?
–900. No me levanto antes de las 800 por nada.
–Muy bien, señor. –dijo Rose Wayne.
Al enterarme de esto, preparé una cámara de baja resolución y bajo consumo, junto con una serie de radiorelés, para que Buonasera y Wayne pudieran estar en contacto con nosotros y transmitir información de regreso. También les preparé dos lámparas y un par de latas con oxígeno de emergencia y filtros de dióxido de carbono por persona. Zharkova insistió en acompañarlos, porque estaba muy interesada en sembrar más hongos que pudieran crecer bajo tierra en las mismas condiciones que los champiñones. Lo que fuera con tal de aumentar nuestra dieta. Fueron los análisis cuidadosos de nuestro mapa geológico y la fortaleza de nuestros dos geólogos lo que nos permitió resolver el problema del aire con mucha mayor facilidad.
Ya nuestros filtros de oxígeno y CO2 estaban a punto de agotársenos cuando encontramos un par de yacimientos de clorato de potasa y otro de potasa cáustica. Estaban un tanto alejados de donde nos encontrábamos, lo que es casi lo mismo que decir que estaban al otro lado del infierno, pero se pudo minar una cantidad suficiente como para evitarnos problemas durante un tiempo. El quid de la cuestión se reducía a eliminar el dióxido de carbono primero y a reemplazar el oxígeno después. Es fácil resolver lo segundo: si calientas clorato de potasio, se descompone en cloruro de potasio y oxígeno. Lo primero es más complicado: hay que hacer circular aire por un filtro de potasa cáustica, la cual se transforma al contacto con CO2 en bicarbonato de potasio. El problema radicaba en que ambas sustancias son muy corrosivas e inestables, y por tanto, peligrosas. Pero no necesitábamos minarlas de manera constante, así que pudimos apañárnoslas para obtener suficiente cantidad. Adaptarlas para que cupieran en un envase de hierro y cobre fue más complicado, y no lo hubiéramos podido lograr sin los plásticos del alambique.
A la mañana siguiente los tres partieron, tras desayunar bien y guardar algunas raciones de emergencia. “No me gusta este cartón,” solía decir Gomar cuando se veía obligado a comerlos. Xau, Gomar, Méthis, Vernier y yo íbamos siguiendo sus pasos por la cámara de video desde el centro de control. Justo donde estaba el manantial Zharkova trabajó un poco sembrando algunos otros hongos mientras Buonasera y Wayne medían el tiro de la chimenea que se abría por encima. Dejaron un radiorelé y subieron cuidadosamente por la pared más seca. Era difícil ver con la cámara de baja resolución, y la falta de iluminación lo hacía todo más difícil, pero no se podía ver el final del tiro. Zharkova, que iba al final, lo tuvo más fácil: los huecos dejados por Buonasera y Wayne le permitían apoyarse. De pronto, un sonido raro comenzó a filtrarse por el canal de audio.
–Wayne, aquí Rob, ¿me escuchas? –dije, abriendo el canal de audio.
–Cinco cinco, Robs, ¿me copias?
–Cinco cinco, Wayne. Hace unos segundos detecté un ruido extraño en el canal de audio, ¿puedes confirmarlo?
–Perdón, era yo, tarareando el tema de “Misión: Imposible.”
Cerré el canal para que mis compañeros pudieran reirse a gusto. Gomar tomó la palabra, entonces.
–Probablemente fuera mejor tallar una escalera para ascender y descender si la cámara es muy grande.
–Wayne, aquí Rob. ¿Puedes ver el final del tiro?
–Negativo, está muy oscuro y las paredes son negras, Buonasera está tomando muestras cada 2 metros, pero no puedo distinguir si es carbón o algo más.
–Reporta cuando llegues a la cima, ¿quieres?
–Roger that.
Subieron casi una hora, y exhaustos, llegaron a la parte superior, donde dejaron otro radiorelé. Eran apenas 100 metros, pero era muy difícil subir. En la parte de arriba, una enorme cámara subterránea.
–Robs, aquí Wayne, ¿me escuchas?
–Wayne, cinco cinco.
–Robs, estamos en una cámara jodidamente grande y hay un lago subterráneo. Ha descendido de nivel, a juzgar por las orillas, y se filtra por nuestro manantial. Escucho algo como una gota de agua caer al fondo, trataremos de encontrar el origen. Wayne dejó un radiorelé en la orilla del tiro y el grupo comenzó a buscar una pared.
Avanzar por las orillas del lago no fue tan fácil. El fin no se veía cercano, aunque se podía escuchar con mayor claridad el goteo de la fuente.
–Esto es agua ferruginosa –dijo Buonasera tras examinar un poco del agua, amarilla en su color.
–¿Podremos extraer hierro en cantidad?
–No lo creo, pero probablemente estemos en lo que fue un volcán. Las muestras serán muy valiosas y proporcionarán horas de solaz y diversión a quienes las analicen.
–Ja, já –dijo Xau. Por fortuna no se escuchó al otro lado de la línea.
–Una medida provisional que he hecho con sonido me indica que la cámara mide unos 500 metros de ancho por un kilómetro de largo, pero tiene forma irregular. En algunos puntos tenemos que sumergirnos en el agua, casi nadar. Por fortuna no es demasiado ácida el agua. El bióxido de carbono aquí es bajísimo también. Casi me dan ganas de abrir una lata de oxígeno, probablemente será suficiente para llenar la cámara.
Para este momento todos estábamos viendo la transmisión de los tres exploradores, como si fuera una película. Decidí ponerla en todas las pantallas no imprescindibles, para que no hubiera muchas apreturas. Vernier revisaba en segundo plano que todo estuviera en orden, atenta también a lo que pasaba.
–Hay un talud de lodo aquí. Creo que hemos llegado al final. Hay una nueva chimenea aquí, y parece ser caliza –dijo Wayne.
–Esto tiene sentido… –dijo Buonasera, bebiendo unas gotas de agua que recogió de una estalactita.
Porque veíamos claramente una colección de estalactitas y estalagmitas, de algunas de las cuales caían gotas de agua.
–Robs, aquí Wayne. No me puedo resistir a hacer esta petición, pero ¿podríamos llamar a este lugar “Fountains of Wayne”?
–No sería el único accidente geológico cuyo nombre es un juego de palabras en algún idioma. Yo estoy de acuerdo –dijo Xau, escribiendo el nombre en el mapa provisional.
–Wayne, aceptamos tu propuesta, así que hoy es un día de vino y rosas.
Las risitas de ambos lados de la línea me confirmaron que todos estábamos de buen humor.
–Aquí hay un tubo de lava –dijo Zharkova.
Todos nos quedamos en silencio una vez más.
Un tubo de lava es un conducto natural por el que el magma volcánico viaja hacia la superficie de un volcán. Es señal innegable de un pasado volcánico. ¿Sería posible que nuestra cueva fuera en realidad parte de un volcán extinto? Eso explicaría muchas cosas, pero otras se complicaban. Por ejemplo, si hubo un volcán antes, ¿por qué no ahora? En una zona volcánica hay terremotos, pero en todo el tiempo que llevábamos en Centauro, no habíamos registrado ninguno. ¿Qué misterios eran esos?
Dejando radiorelés al encontrar vueltas muy pronunciadas, los tres se dispusieron a recorrer el tubo de lava. La temperatura era muy baja, así que si estábamos en un volcán, era un volcán extinto. Caminaron descendiendo poco a poco por el tubo de lava hasta desembocar, sin lugar a dudas, en una cámara magmática en la que faltaba el magma. Al mirar arriba, se podía ver a Beta en todo lo alto: la garganta del volcán medía por lo menos dos kilómetros de alto. La única palabra que se pronunció fue realmente expresiva:
–Fuck!
Zharkova fue la que habló después.
–Si pudiéramos de alguna manera tapar el cono con un material transparente, podríamos mudarnos aquí y vivir más protegidos. Podemos sellar las salidas y llenar esto con aire respirable. Y si podemos tallar de alguna manera las paredes para hacer taludes, podemos sembrarlo con varias especies, mucho más inmediato que esperar que las plantas florezcan todas en la atmósfera de Centauro. Aún si no tapáramos el cono, esto podría ser ideal para sembrar algunas especies.
–Suena interesante –dije–, pero concentrémonos en la misión actual, por favor. Aún tienen una hora antes de tener que regresar a la base con tranquilidad.
–Enterada.
Lo siguiente que pasó fue tan raro que aún me estremezco al pensar en ello. En medio de la chimenea estaba Buonasera, y sintió una corriente de aire ascendente. Por supuesto, una corriente de aire es perfectamente posible en un espacio cerrado: el aire caliente sube y el aire frío baja. Pero aquella columna era mucho más complicada: en alguna parte había aire caliente que entraba a la chimenea y ascendía. Con el respirador puesto no se podía oler nada, pero Wayne se arriesgó y se quitó el respirador por un momento. Tosió un instante, y se colocó el respirador una vez más.
–Azufre. Aquí huele a azufre.
Buonasera recorrió todos los tubos de lava que se encontraban en la parte inferior de la chimenea y encontró uno en el cual había restos de mineral amarillo. Era azufre, sin duda. Decidió explorar ese túnel. Se colocó los anteojos de seguridad, y comenzó a recorrer el túnel.
La señal comenzó a perderse y se acabaron los radiorelés, por lo que Zharkova primero y Wayne después tuvieron que detenerse en una parte del recorrido, para que pudiéramos seguir la transmisión de Buonasera. Buonasera ganó el concurso para saber quién continuaría adelante, a pesar de las objeciones de Wayne, que era la espeleóloga. Pero las tijeras vencen al papel.
Por más que se estiró el enlace de video, la distancia a recorrer era mucha. Tuve que configurar de manera remota la cámara para que transmitiera a una menor resolución y usando menor ancho de banda. Buonasera siguió adelante.
–Puedo ver luz de día –dijo Buonasera, mientras nosotros sólo veíamos un punto de luz entre los 12544 pixeles que la cámara transmitía. Poco a poco los pixeles fueron tomando forma, hasta observar que era la salida de una cueva.
–Las paredes están cubiertas con azufre y obsidiana. También hay piedra pomez. Podemos usar la obsidiana para fabricar cuchillos y algunos otros instrumentos, se me ocurre una cocina solar. Me acerco a la boca. Hace mucho calor. Estoy sudando a mares. No me atrevo a quitarme el respirador para oler el aire, se están empañando mis anteojos. Puedo ver la salida. Esperen… sí es un desfiladero. El piso está suelto… siento que me resbalaré si trato de continuar. Voy a tratar de asomarme… Wow. Quiero que vean esto, espero que se pueda ver… Shi-!
La última transmisión de la cámara fue ver el desfiladero, dando vueltas, acercándose a un río de lava.
En el cuarto de control todos nos quedamos en silencio.
–Mierda… –dijo Gomar, en voz muy baja.
Eso hizo que algunos de los muchachos salieran corriendo en dirección a la cueva; apenas logré activar el control remoto de la puerta para cerrarla.
–Hey. Hey. ¡Hey! –grité.
–¡Abre la puerta, Robs!
–¡No!
–¡Hay qué salvarlo!
–¿No lo vez? ¡Está a tres horas de distancia!
–¡Tenemos qué hacer algo!
–¿Y corriendo lo vas a soluconar? –dijo Gomar, tomando a los chicos de los hombros y obligándolos a sentarse. A veces el tamaño ayuda.
Yo me concentré en la radio.
–Aquí base. Buonasera, ¿me escuchas?
Silencio. Repetí el llamado. Silencio. Incluí a Zharkova y a Wayne. Silencio.
–Nadie contesta –dije.
–Tiene sentido –dijo Xau, que se mesaba el cabello con su única mano–. Sencillamente fueron a tratar de ayudar a Fabrizio y salieron de rango. Esperemos unos minutos.
Los minutos pasaron y se convirtieron en una hora. Yo monitoreaba los medidores de señal, y de pronto, encontré una señal con calidad 1 a 1. Transmití un mensaje, pero sólo recibí basura. Lo retransmití en morse. La respuesta, llegó como morse, entre el ruido.
–Están bien –dije.
Buonasera había perdido la cámara al tratar de mostrarnos lo que veía, y Zharkova y Wayne habían tratado de ayudarle en lugar de guardar la calma: Zharkova había tropezado y se había roto un brazo. Cuando la señal estuvo en nivel 3-2, ya podíamos mantener una conversación coherente sin tener que recurrir a morse o al alfabeto fonético. Pero estaba llena de ruido. No llegamos a los niveles adecuados sino hasta que llegaron al alcance del último radiorelé.
–¿Qué mierdas pasó allá? –exigió Méthis, casi arrebatándome el micrófono.
–El volcán es un volcán pero ya no es un volcán –dijo Wayne.
La boca de ese tubo de lava eran los restos de otro volcán. Algo había ocasionado que el flujo de magma se desviara y en lugar de acumularse en el volcán, ahora fluía libremente en un largo río que desembocaba en el mar, creando nuevas tierras. Mientras el flujo de lava fuera constante, no había peligro alguno más allá de lo normal. Genial, una cosa más para preocuparse y monitorear. Pero eso también explicaba la falta de actividad volcánica. Por lo pronto, vivir en el volcán parecía seguro. Ya lo averiguaríamos con el tiempo.
Quedaba el problema de ayudar a descender a Zharkova. Con el brazo en cabestrillo, descender por las paredes del lago era imposible. Fue Vernier la que dio con la respuesta.
–¿Y si enviamos algunos grupos por las otras cuevas de la zona? Tal vez encontremos una por la que sea más fácil descender.
A veces, las ideas más sencillas son las más difíciles de realizar. Pero valía la pena probar: junto a nuestra cueva había otras, mucho más pequeñas. Si encontráramos alguna que pareciera un tubo de lava, probablemente encontráramos otra por la cual pudiera descender Zharkova sin problemas.
Y lo encontramos. Méthis y Gomar enviaron a alguien por la ruta anterior, recogiendo los radiorelés y con comida, bebida y aire, y enviaron al resto por rutas diferentes, en grupos de tres. Fue el grupo de Enright quien encontró un tubo de lava que, aunque sinuoso, no tenía cambios bruscos. Cuando todos los grupos se encontraron en el cono del volcán Zharkova, pensé que iban a celebrar una fiesta. Terminaron descendiendo por el Tubo Enright y marcando el Tubo Buonasera para no perderlo de vista.
Ahora debíamos decidir qué hacer.
Continuará.
Quoth.