Quinta parte de la novela para el NaNoWriMo.
Capítulo 8: 4 años antes.
No fue sencillo, pero nos las arreglamos para explorar todas las chimeneas y tubos de lava del volcán. Definitivamente estaba extinto, aunque no supiéramos por qué el flujo de magma salía de otro lado. Instalamos puertas de acceso en todos lados, pero lo que no hicimos fesellar el domo del volcán: no tenía sentido. Fue relativamente fácil: contábamos con acero desde que a Enright se le ocurrió utilizar el flujo de magma para calentar hierro y eliminar las impurezas, y contábamos con vidrio flotado, por el mismo proceso y utilizando sílica para proveernos de cristal. Era un proceso muy tardado, pero daba resultado, y utilizamos la lava fría para realizar muchas cosas que de otra manera nos hubiera resultado imposible hacer. Lo que no hicimos fue quedarnos en el volcán: el riesgo de permanecer ahí era muy grande.
Las plantas de la huerta ya florecían por sí mismas en la atmósfera de Centauro, e incluso se habían plantado algunos árboles muy resistentes. Las algas habían colonizado el estanque, donde vivían las truchas y algunas especies de insectos acuáticos. Las algas ya se habían introducido al ecosistema marino y se podía detectar que empezaban a producir oxígeno en grandes cantidades. Terminamos mudándonos a un lugar cercano a la costa, pero más alto, para evitar que una inundación o un maremoto pudieran dañar nuestro pueblo.
Porque ya teníamos pueblo. Bueno, lo tenían los jóvenes; nosotros, los vigilantes y los tres líderes, seguiamos en la cueva y no saldríamos de ahí hasta no tener lugares adecuados para nosotros, los que no teníamos movilidad. El pueblo había sido diseñado por Xau para que todos tuvieran acceso a los recursos de todos y que todos tuvieran una propiedad que pudieran llamar suya y tener privacidad. Recuerdo cómo se decidió el nombre del pueblo.
–Comala –dijo Xau.
–¿Por qué Comala? preguntó Vernier, mientras ayudaba con los planos.
–Es el pueblo donde nací.
Vernier no dijo nada: se limitó a anotar “Comala” en la parte correspondiente del mapa.
Una noche llegaron Wayne, Kerr y Sebben con unas curiosas piezas de metal.
–Doctora, le tenemos un regalo por su cumpleaños.
–¿Qué me dicen de un carrito? –respondió Xau, que estaba muy ocupada revisando los últimos valores atmosféricos.
Sin decir más, Kerr y Sebben se colocaron frente a la silla de Xau, sacaron un líquido espeso, lo colocaron en la parte superior de las cosas metálicas, y las colocaron en los muñones de las piernas de Xau. Acto seguido, la pusieron de pie sin ceremonias.
Me costó trabajo reconocerlas, por lo raro que se veían. Eran prótesis para Xau. Coyolxauhqui rompió a llorar de alegría mientras permanecía de pie por primera vez en casi tres años.
Xau pasó los siguientes tres meses caminando por todos lados. Aún era difícil hacer cosas con una sola mano, pero por lo menos ya no necesitaba ayuda para hacer muchas cosas sencillas.
–Te tengo tanta envidia… –dijo Vernier, en tono de broma. Los muchachos estaban diseñando algo para que nosotros también pudiéramos movernos.
Los siguientes meses vimos un cambio dramático en la composición atmosférica. Entre las algas y el plancton que había sido sembrado en los mares y en nuestro río, se estaba produciendo una catásfrofe ecológica de proporciones épicas… si el planeta hubiera estado habitado en primer lugar. Como en los mares no hubiera competencia y estaba lleno de nutrientes, el plancton y las algas más que multiplicarse, se exponenciaban. Cuando detectamos que los niveles de oxígeno en el Mar de Noko permitirían que los peces pequeños vivieran, los introdujimos al nuevo ecosistema. Los peces también crecieron, así que introdujimos truchas y salmones. Y crecieron y florecieron. Teníamos un ecosistema funcional, y en un poco de tiempo conquistaríamos la atmósfera. Ahora el contenido de oxígeno en nuestra zona iba en el 5 por ciento. Aunque el monóxido de carbono y el bióxido de carbono todavía era elevado, y ningún animal podría respirar esa atmósfera sin envenenarse.
Además de los peces teníamos unos pocos animales. Teníamos pollos; eran fáciles de criar y no necesitaban espacios amplios. Producían huevos y nos daban carne. También había conejos, y muchos. Además de carne, su piel nos servía y mucho, pues no había nada más que nos pudiera proporcionar algo suave para descansar. Las plantas se habían adaptado admirablemente a las condiciones del suelo, y los primeros árboles frutales comenzaban a alzarse del suelo. Ahora sería cosa de esperar a que la evolución (con una manita de Zharkova) creara nuevas variedades.
–Es un mundo duro. En un mundo como éste tener un padre no es suficiente.
El cielo pasaba cada vez más rápido del violeta al azul, los árboles crecían como si los estiraran y podíamos decir que ya teníamos una ecología completa, aunque simplificada. Todo lo que a la Madre Naturaleza en la Tierra le había tomado tres mil millones de años nosotros lo habíamos imitado en apenas cuatro.
Un día que Xau estaba fuera del Cubo llegaron Kerr y Sebben.
–¿Quién está trabajando? –dijo Kerr
–Yo –dije.
–En ese caso, permítenos a Vernier un tiempo –dijo Sebben. Sin miramientos y con sus protestas se la llevaron. Un momento después entró nuevamente Vernier, en una silla de ruedas hecha a su medida. Recorrió fascinada todo el Cubo, y se me acercó y me abrazó. Hubo un ligero choque eléctrico, que nos sorprendió a los dos. Ella sólo dijo “Ups…” y salió a dar una vuelta con los muchachos. Antes de irse, Sebben me dijo “Sigues tú.”
Le agradecí y seguí concentrado en mi trabajo.
Ya habíamos terminado un satélite artificial con los restos de la Charlie y los procesadores de uno de los Finch, y necesitabamos programarlo. Buonasera y Osaka estaban fundiendo un cañón para lanzarlo, y yo debía asegurarme de que la programación estuviera correcta (verificado por Vernier y con una revisión adicional de parte de Xau) mientras que Sartre revisaba por enésima vez las mediciones y los cálculos para asegurarse de que el satélite soportaría la súbita aceleración que debería colocarlo en órbita.
Era un cañón largo, muy largo. Colocado en una de las paredes del volcán y cuidadosamente calculado para tener el ángulo preciso y la tolerancia necesaria, el cañón de hierro fundido fabricado con nuestras pobres técnicas sólo soportaría un sólo disparo antes de ser inútil y tener que ser vuelto a fundir. Pero si funcionaba, tendríamos un satélite que orbitaría a Centauro y nos permitiría conocer datos sumamente importantes de la atmósfera de nuestro nuevo hogar. ¿Todos los mares bullían ahora con vida o era sólo el Mar de Noko el que estaba cediendo? ¿Habría otros parches de vida salvaje o sólo el nuestro había conseguido florecer? Y tal vez lo más importante de todo: ¿qué tanto había cambiado el planeta desde que llegamos?
Todo estaba preparado para el lanzamiento cuando Panthera entró al Cubo. Éramos los más cercanos al cañón –los demás se habían quedado a salvo en el pueblo– y los que más peligro corríamos, pero estábamos dispuestos a correr el riesgo: en ningún otro lugar nuestros instrumentos podrían obtener una señal tan clara. La armadura de hierro y piedra del cañón atenuaba seriamente la señal.
Ni Xau, ni Vernier ni yo nos atrevíamos a hacer nada. Ése era el momento de Panthera. Consultando su reloj de pulsera y haciendo caso omiso del contador que lo había colocado en la pantalla, Panthera se acercó al contacto que haría detonar la pólvora en el cañón. Miró su reloj, y pulsó el botón cuando mi contador llegaba a cero.
–Mi reloj retrasa –dijo cuando el ruido del estallido disminuyó, quitándose el polvo que se había soltado del techo.
Un par de minutos después, dije con voz triunfal:
–El Sputnik está en órbita y transmite bastante bien.
Juro que pude escuchar los aplausos y los gritos de júbilo desde el pueblo.
Una tarde entró Zharkova al Cubo. Xau no estaba; tenía la costumbre de ir a cenar con los muchachos a Comala y mantenerlos al tanto de lo que pasaba. Xau era muy buena contanto historias, y nosotros todavía no teníamos televisión.
–Con ustedes dos quería hablar –dijo Zharkova.
–¿Qué podemos hacer por tí? –dije, acercándome al sitio donde Vernier trabajaba, para no interrumpirla.
–Los embriones que me quedan para experimentar está a punto de caducar. O los hago crecer ya o los pierdo. Ya no hay nutrientes y la incubadora no funcionará mucho tiempo más, con reparaciones o sin ellas.
–¿Y qué especies son?
–Palomas y gatos.
–Los gatos pueden ser un problema –dijo Vernier, pero también pueden servir para controlar la población de palomas. Y las palomas podrían ser capaces de diseminar semillas por todo el planeta.
–Pero los gatos nunca han estado domesticados –dije yo–. Viven con el ser humano por comodidad, no por necesidad. Pueden salirse de control.
–¿No hay mas especies?
–Sólo esas dos me quedan –dijo Zharkova–. Me dí cuenta cuando quise revisar los demás embriones. Tenía perros, cabras y codornices, pero ya son inviables. Todas las especies de peces ya las he criado, en unos días habrá anchoas, salmón y atún para sembrar en el estanque. Aunque la gran mayoría de los embriones fueron seleccionados por la facilidad de trabajar con ellos, los mamíferos son una excepción y sólo traje cuatro especies, pero no quise introducir los ratones y ahora no podría hacerlo ni aunque quisiera: los embriones ya no son viables.
–Me he dado cuenta de que salvo perros y gatos, todas las especies que tenemos se comen de manera habitual en alguna parte de la tierra. –dijo Vernier. Yo había llegado a la misma conclusión.
–Bueno, la verdad… –dijo Zharkova, mordiéndose un labio– los perros y los gatos eran consumidos en varias partes del mundo, como Corea y China, de manera tradicional…
–Olvidemos eso, por favor –dije incomodo–, y concentrémonos en el problema. Críalos. El grupo de palomas será muy útil, y los gatos funcionarán también como mascotas. Empiezo a creer que debimos traer un veterinario.
La cara de Zharkova se ensombreció.
–Gunneth lo era.
Gunneth Rainmaker había muerto en la Charlie. Yo sospechaba que Zharkova había tenido sus queveres con el muchacho, y esto me lo había confirmado. Me quedé callado para no volver a meter la pata.
–¿Crees entonces que debo iniciar el proceso?
–Sí. Ya nos las arreglaremos para producir nuevas especies con lo que tenemos a la mano. Un gato grande de compañía será interesante.
–Bien.
Zharkova se levantó y se fue. Creo que estaba a punto de llorar.
–Aún lo recuerda –dijo Zharkova.
–¿Lo conociste?
–Sí. Era del equipo de reserva de mi nave. Cuando trajeron la Charlie lo promovieron a esa misión como principal. Estaban casados en secreto.
Eso explicaba muchas cosas.
–Metí la pata, ¿verdad?
–No lo sabías. No tenías por qué saberlo. Yo me enteré por casualidad: dos días antes de partir Rainmaker se presentó tras una práctica y le dió un anillo. Ella dijo sí, y él dijo que se casarían al día siguiente, que conocía un juez que aceleraría todo el proceso. No dije nada; ya sabes cómo son las regulaciones…
Y las recordaba muy bien.
En la Tierra, todo estaba sujeto a regulaciones, absolutamente todo. Aquí no teníamos ninguna: vivíamos en una anarquía total y vivíamos bien, aún con todas nuestras limitaciones. Se había llegado simplemente a un acuerdo no escrito en el que todos harían lo que fuera mejor apra ellos y para los demás, si era posible. No teníamos un gobierno, sino tres líderes respetados (Gomar, Méthis y Buonasera) que no querían el poder; teníamos tres consejeros (Vernier, Xau y yo) que no podían tomar desiciones ni hacer las cosas por su cuenta, y teníamos 23 ciudadanos y una bebé que hacían lo que querían cuando querían, pero siempre respetando a los demás y dedicando parte de su tiempo a ayudar a los demás, no sólo porque era necesario, sino porque querían hacerlo. En poco tiempo habíamos organizado una sociedad ideal, pero todos sabíamos (con excepción de Loopie, por obvias razones) que no duraría mucho si no hacíamos algo al respecto. Tal vez las nuevas generaciones, si no podíamos salir de aquí, formaran una sociedad ideal, o tal vez la historia se repetiría y la raza humana estaba destinada a volcarse en su contra, y Centauro sería dividida en países; se perdería la cultura, y degeneraríamos en barbarie.
Ese pensamiento no me gustaba, pero no podía alejarme de él.
El día del cumpleaños de Loopie se hizo una fiesta. Shodra se encargó de cocinar algo similar a un pastel. No teníamos levadura pero el bicarbonato de sodio hacía que la masa se esponjara. Todos comieron y bebieron hasta hartarse, excepto Vernier y yo, que seguíamos en el Cubo, monitoreando cosas tan necesarias como el flujo de oxígeno en el salón de fiestas y los datos que enviaba el Spitnik, que ya estaba al límite de su vida útil y caería pronto, sin posibilidad de recuperación. Al final de la fiesta Langley trajo a Loopie a visitar a sus “tíos.” Dado que todos éramos como hermanos resultaba lógico que ella fuera nuestra sobrina. La niña corrió a abrazarnos y nos enseñó su regalo: una gatita negra que Zharkova le había dado, la primera en nacer.
–¿Cómo se llama tu gatita? –pregunté, sin esperar respuesta.
–¡Luna! –dijo Loopie.
–Todas sus cosas se llaman Luna –dijo Langley, sonriendo.
La gatita ya estaba jugando sobre mí cuando Loopie la tomó.
No sé por qué, pero creo que cuando se fueron tuve por fin la certeza de que todo estaba funcionando bien.
Capítulo 9: 3 años antes.
El Sputnik ya había dejado de transmitir mientras nosotros seguíamos revisando sus datos. Ya nos habíamos localizado y habíamos visto que nuestra burbuja de oxígeno tenúa una forma rara, similar a una herradura. Sentí ganas de darme un golpe cuando me dí cuenta de lo que pasaba.
–¡El volcán! –grité.
Xa se giró en su asiento y de un salto se puso de pie y se acercó. Era maravilloso ver lo rápido que se había adaptado a las piernas artificiales y lo rápido que se desplazaba en ellas.
–¿Qué tiene?
–Nuestro nivel de monóxido de carbono sigue constante porque el volcán sigue produciendo monóxido de carbono. El porcentaje de anhídrido carbónico sigue estable porque el volcán sigue produciendo anhídrido carbónico. El porcentaje de vapor de agua sigue estable porque el magma que toca el Mar de Noko evapora el agua. Si nos alejamos del volcán será más factible que podamos retirar las máscaras para respirar: no sé por qué no se me ocurrió antes. Hay otro valle al otro lado de los Montes de Tapachula, los montes impedirán que entre mucho bióxido de carbono y nosotros podremos crear una burbuja de aire natural. Y de hecho ya lo hemos hecho: las palomas ya se han encargado de hacer crecer pastos y cereales al otro lado. A menos que el Sputnick nos haya fallado.
–Creo que deberé mandar a alguien.
–Un grupo de tres, como siempre. Que busquen un lugar adecuado para fundar Macondo.
–¿Macondo?
–Si encuentran un río, podremos fundar una aldea de veinte casas de barro y cañabrava, donde nadie sea mayor de treinta años y donde nadie haya muerto. No hay otro nombre: será Macondo, como la ciudad que describió García Márquez.
–Me gusta el nombre.
Y se fundó Macondo. Sólo faltaba que los fundadores fueran José Arcadio Buendía y su esposa, Úrsula Iguarán. Tal como lo deduje, los Montes de Tapachula impedían el paso de gran parte del monóxido y el anhídrido carbónico que producía el Volcán Buonasera. Los niveles de bióxido de carbono y de monóxido de carbono se redujeron a niveles tan grandes que para fin de año ya podías respirar sin máscara. Wayne siguió el rio de la ciudad hacia su origen, y encontró que era el mismo que el río de Comala y tenía su origen en el Volcán Buonasera. Las Fuentes de Wayne eran el origen de ambos ríos. No es que fueran ríos en sentido estricto de la palabra. Más bien eran arroyos. Pero nos gustaba mucho más llamarlos ríos, porque en época de lluvias su caudal era muy grande.
Movimos poco a poco todos los componentes del Cubo hacia la Torre. La Torre nos daba un punto de vista elevado, lo cual era adecuado para las pruebas con los nuevos vehículos aéreos que se probaban. Aún no teníamos carreteras, pero ya teníamos un aeropuerto. Tampoco es que se necesitaran mucho las carreteras: no había aún lugar a dónde ir. Aunque todavía faltaba mucho para que llegáramos al nivel de los hermanos Wright, ya estábamos al mismo nivel de los hermanos Montgolfier.
La mudansa duró diez días y justo cuando transladábamos el último monitor del Cubo sentimos una vibración en el suelo. Salimos a descampado lo más rápido que pudimos y me comuniqué con Vernier.
–Es un terremoto. 4.1 grados, creo. Salgan de ahí, el epicentro está en el volcán.
–Shit! –gritó Elliot, que estaba conmigo, ayudándome. Empujó mi silla de ruedas con fuerza, alejándose lo más posible de la zona.
Aunque no pasó nada más ese día, al día siguiente nos encontramos con un terremoto de 6.8 grados Richter y dos días después el volcán Buonasera hizo erupción. Cinco días después Wayne, Elliot y Adamsky observaron que se estaba formando un nuevo cono volcánico, y el flujo de lava se había bloqueado.
–Creo que es tiempo de volar la presa. Es mejor que siga fluyendo la lava a que nos destruya en un susto –dijo Wayne, al volver a Macondo.
–No –dijo Buonasera–, no lo creo. Sería un desperdicio de recursos y ya sé qué tipo de volcán es. Estamos hablando de un volcán hawaiano. Más violento sería un volcán stromboliano. Lo que pasa es que estamos sobre una zona de placas. Ahora sería bueno tener un sistema de gps para medir cuánto han derivado los continentes.
–No sólo los continentes –interrumpió Vernier–. Por ahora sólo conocemos el clima de nuestra región. Estamos en una zona benigna, donde no hace mucho calor ni mucho frío, pero estamos cambiando el clima al introducir oxígeno y reduciendo el bióxido de carbono. Estamos enfriando Centauro.
–Necesitaremos poner a funcionar globos meteorológicos. Necesitamos computadoras. Necesitamos industria. –dije yo.
–Pero antes lo que necesitamos es un trago –dijo Gomar, que entró con un racimo de uvas, exudando felicidad.
–¿Uvas?
–Una parra germinó. Me la encontré de casualidad. Y donde hay parras hay uvas, y donde hay uvas se puede hacer vino, ¡y donde hay vino haremos fiesta!
Sonaba muy bien, pero en ese momento algo aguó la fiesta.
La tormenta llegó sin previo aviso, porque no teníamos forma de monitorear el clima más allá de nuestros valles y el mar de Noko. Llovió durante ocho días seguidos, y al finalizar, todo estaba cubierto por dos metros de agua. Las paredes de la Torre resistieron, y los datos obtenidos fueron fantásticos: acabábamos de experimentar nuestro primer huracán de categoría dos. Nada se echó a perder, y las víctimas fueron las parras de Gomar, pero volverían a florecer en la primavera siguiente. Gomar ya saboreaba el brandy.
Pero la inundación nos motivó a realizar cosas que hubiéramos dejado para después en otras circunstancias. Fue Aguilar quien se las arregló para fabricar diodos, resistencias y transistores. Así tendríamos una manera de comenzar la automatización. Unos cuantos circuitos después y la alta tecnología que aún teníamos disponible se pudo utilizar para hacer otras cosas de mayor provecho que abrir y cerrar las llaves del oxígeno y los filtros de gas carbónico en las casas.
–Robs, ¿puedes venir conmigo? –dijo una noche, en la que estaba yo entretenido revisando diagramas piroclásticos en mi tiempo libre. Lo acompañé.
En su casa tenía una pared entera cubierta de circuitos discretos conectados a una matriz de diodos luminosos.
–¿Qué es esto? –me preguntó.
–Pues, a juzgar por lo que veo… es un procesador de datos.
–Es un procesador equivalente a un 4004 de 1970. Me las arreglé para hacer funcionar 2300 transistores en un sistema equivalente.
–¿De dónde sacaste los datos?
–Wikipedia. Viene el circuito completo y el juego de instrucciones. Con esto podrá fabricar un 4040, luego un 8080, y para cuando llegue al 8086 y al 8088 todo será coser y cantar. Podremos fabricar robots que nos dejen miniaturizar los circuitos.
–¿Y de dónde sacaste la wikipedia?
–De mi kindle. Ya he leído todo varias veces y todos ya leyeron todo varias veces, así que decidí hacer algo de utilidad y busqué los diagramas en la wikipedia. Vienen todos los fabricados antes de 2099, y creo poder realizar incluso el Pentium de segunda generación a mano utilizando sólo resistencias, diodos y transistores comunes y corrientes. No será tan rápida, pero podremos utilizarlas como base para miniaturizarlas.
–Pues me parece perfecto. ¿Quieres que le pida ayuda a alguien?
–No todavía. De hecho, lo que quería pedirte es si podías ayudarme a realizar un programa para utilizar este sistema. No soy programador y me gustaría mucho utilizar una calculadora aunque sea de este tamaño; mi kindle ya tiene muchos problemas con la batería y no creo poder utilizarlo mucho más tiempo. Cuando tenga funcionando un prototipo, entonces sí necesitaré ayuda.
–¿Dices que esto es compatible con un 4004?
–Bit a bit.
–Haré algo y te lo haré llegar.
–Gracias, Robs.
Salí y me fijé en el cielo. Beta estaba ahí. Próxima estaba ahí. y Sol debía estar en algún lado, oculto por los Montes de Tapachula. Me sentí bien.
Dickens estaba muy ocupado escribiendo. Había algo extraño en ver que trabajaba perfectamente en un teclado hecho con pizarra y bronce en un monitor de fósforo blanco con un procesador equivalente al 80386 del tamaño de un automóvil pequeño. No se llamaba Dickens, sino Richards, pero escribía tanto y tan bien que todos le pedían que contara historias. Pero Xau era quien sabía contar cuentos, Dickens se limitaba a escribir. Así que pronto, con la reinvención de las computadoras, Dickens aprovechaba los tiempos libres para escribir cuentos que posteriormente se copiaban a papel y se pasaban de mano en mano. Al poco tiempo fabricaron un impresora. Las computadoras de Aguilar controlaban a la perfección la nueva maquinaria, y ya teníamos una serie de fábricas automatizadas. Llamarlas fábricas sería aún muy pedante, pero hacían un trabajo muy útil, aún a pequeña escala: ya teníamos azúcar y harina, aceite comestible, telas, herramientas y combustible. Utilizando las herramientas y cosas que acabábamos de hacer podíamos fabricar cosas más finas y delicadas. Los transistores ya no eran del tamaño de puños sino de uñas, y eso permitía miniaturizar todo más. Vivíamos en una mezcla del siglo XVII con el XX, una era steampunk a falta de una manera mejor de describirla.
Entonces Dickens desarrolló una radio pública. Ya teníamos radio: nos comunicábamos de manera eficaz desde que habíamos llegado, pero los radios ya estaban fallando y no teníamos manera de repararlos. Dickens inició primero con radio AM que podíamos sintonizar sin mucha faramalla, para después pasar a FM. En AM escogió la frecuencia 580 Khz para transmitir, y Dickens y Xau se reunían cada noche contar un cuento en vivo, como si transmitieran a un público de millones y no a apenas 30. Loopie acostumbraba dormirse cuando ellos hablaban, y los demás aprovechaban para descansar y relajarse. En FM escogió la frecuencia de 90.7 Mhz, y comenzó a transmitir música. Toda la biblioteca que me había traído de la Tierra y que fue imposible de reproducir antes, ahora era posible hacerlo con la fabricación de los prototipos más avanzados de procesador. Las computadoras ahora contaban con una copia de los datos del Kindle de Aguilar, y él había logrado escribir un programa para reproducir los archivos de audio de mi colección. Por primera vez sonaba música en Centauro, y todos estaban alegres por ello.
Un día salí de la torre de control para buscar a Gomar, que estaba muy ocupado en sus viñas y su destilería y cuyo radio ya había fallado antes más de una vez. Lo encontré en el suelo, tendido, sin máscara, con una sonrisa pacífica en el rostro y los ojos cerrados. Lo llamé y no me contestó. Intenté acercarme, pero mis ruedas no me permitían acercarme demasiado. Llamé a alguien, el más cercano, y llegó Wallace, corriendo. Apenas Wallace intentó tomar el pulso de Gomar cuando una mano fuerte lo detuvo.
–¿Qué cuernos intentas hacer? –dijo Gomar, con los ojos inyectados.
Decir que Wallace y yo estábamos sorprendidos es decir poco.
Un rato después todo el pueblo estábamos en la fiesta, incluso Vernier, que se había limitado a dejar su lugar para venir a celebrar. Y claro que había motivos para celebrar: la atmósfera había sido conquistada, los océanos bullían de vida, las plantas crecían por todos lados y las palomas se habían encargado de diseminar semillas por toda la superficie del continente en el que nos encontrábamos. Gomar lo había descubierto cuando su generador de oxígeno había fallado, y se había quitado la máscara para tratar de areglarlo. Pero cuando terminó se dió cuenta de que había pasado ya una hora respirando el aire del viñedo y no le había pasado nada. Para celebrar se comió unos racimos de uvas y se bebió una de las botellas de brandy que acababa de destilar, y se emborrachó hasta quedar dormido, que fue cuando lo encontré. A partir de ese día, Buonasera, Méthis y Gomar se reunían una vez cada diez días y se emborrachaban con el nuevo preparado de Gomar, y esa tradición empezó cuando Gomar destiló vodka de cereales por primera vez; cuando destiló ron de la caña de azúcar la juerga duró dos días y todo el pueblo participó: no era para menos, ya que además del ron ya disponíamos de un combustible fuerte y concentrado: el etanol. Nueve meses después de la Gran Fiesta nacieron cuatro bebés. No fue precisamente coincidencia.
Los globos meteorológicos y los satélites que habíamos lanzado a cañonazos nos permitieron confirmar que el planeta había sido conquistado. Una noche estaba yo en la torre cuando observé una luz intermitente a la distancia. Un par de búsquedas en la base de datos después identifiqué a Darío y me comuniqué con él.
–¿Qué haces?
–Voy a volar.
–¿En un globo meteorológico?
–No. En un avión. No tendré madera pero tengo plástico y los restos de la Charlie, la Bravo y el As. Y un valle largo y plano. Y los planos de un Cessna 172. Y los materiales y el tiempo para fabricarlo.
–¿Y por qué no fabricarlo de día?
–Más que nada, porque sólo me falta soldar unas cosas antes de irme a dormir, y quería hacerlo hoy. Y porque no quiero que nadie lo vea hasta que no lo termine.
–Pues tuviste éxito. Nunca te vi construirlo.
–El camuflaje del hangar funcionó entonces. Ahora, si no te molesta, voy a hacer ruido.
–Suerte.
Al mes el avión ya volaba y pudimos cartografiar con gran exactitud el terreno que nos rodeaba.
–¿Está nevando? –preguntó Xau.
–Sí… –respondió Vernier.
Habíamos conquistado la atmósfera y ahora la atmósfera nos devolvía el favor.
En realidad el problema era que habíamos alterado el curso de algunas corrientes de aire y agua metaestables al introducir vida marina. Y nos tocó que el movimiento trajera corrientes de aire frío de los polos. Y la forma de los continentes implicaba que nuestro equivalente del trópico de Cáncer, que era en donde estábamos, recibiría una que otra nevada en lo más crudo del invierno. El calentamiento global se encargaría de lo demás, pero por lo pronto había llegado la hora de sufrir por el frío en las noches.
–Alguien que ha sufrido un accidente no es un inválido, querida –dijo Dickens–, simplemente necesita ayuda. Y la vas a tener, aunque para eso me lastime yo también.
Dickens levantó a Xau del suelo, sé que dolorosamente porque su lesión en la columna nunca sanaría del todo mientras no pudiéramos desarrollar nuestras técnicas médicas, y la trajo a la Torre. Xau al principio lo golpeaba con su mano sana, pero luego simplemente se echó a llorar y ocultó la cara en el pecho de Dickens.
Dickens tuvo problemas en su espalda todo un mes, pero se ganó el corazón de Xau.
Continuará.
