Beyond the Stars (y 6)

Sexta y última parte de la novela que escribí para el NaNoWriMo.

Capítulo 10: dos años antes.

Ya tenía yo suficientes datos orbitales como para saber cómo viajaba nuestro planeta. Estaba en una órbita resonante retrógrada de 7:3, es decir, que viajábamos al revés de los planetas con buenas costumbres en el vecindario, y dábamos siete vueltas mientras los soles daban tres. También estábamos en una zona peligrosa: nuestra órbita cruzaba la de los otros planetas en la zona, y eso presentaba un enorme riesgo. Necesitaba más información, pero por lo menos durante 20 años más tendríamos un lugar dónde vivir.
–Si vivir aquí es tan peligroso, tal vez eso ya haya sucedido –dijo Darío, cuando anuncié mis resultados.
–¿A qué te refieres? –preguntó Xau.
–A mí me parece muy sospechoso que este planeta se haya terraformado tan pronto. Que nuestra atmósfera haya podido ser reproducida tan pronto. Que la vida se haya adaptado tan pronto. Es muy raro. ¿Qué tal si este planeta ya tenía vida y una catástrofe planetaria acabó con ella? Quiero explorar todo este planeta y fotografiarlo, para analizarlo.
–Yo estoy de acuerto –dijo Méthis– pero mi pregunta es cómo lo harás.
–Con mi avión. Ya está listo. El problema es el combustible, y mi célula de hidrógeno todavía no da el rendimiento que quiero, aunque si despego me puedo mantener en el aire por varias horas antes de tener que regresar a tierra. Pero el motor de combustión interna necesita turbosina, no metanol, y me cuesta trabajo ponerlo a punto cada vez que despego.
–¿Qué velocidad alcanzas?
–No la he medido. Ya en el aire, unos 150 kilómetros por hora, tal vez menos, no creo que más.
–Me preocupan las emergencias. No conocemos el clima allá afuera.
–A mí me preocupan más los alimentos. tendrás que pasar por lo menos treinta días allá afuera. Y solo. Y nuestras comunicaciones no alcanzan tanta distancia.
–Yo tengo una idea –dijo Xau. Todos le pusimos atención.
–¿Por qué no enviar un auto como nave de apoyo? Podemos fabricar uno a la medida, y Robs podría manejarlo. Es muy bueno conduciendo en todoterreno, y se pueden apoyar mutuamente. Y con un camión podríamos incluso llevar un emisor de onda corta; si lo hacemos de suficiente potencia incluso si sólo se transmitieran números en alfabeto fonético podríamos tener información, Si fuera radio hablado, mejor, y si fueran datos o televisión de imagen fija, excelente. No hay ninguna fuente de interferencia aquí, salvo los soles; así que nuestras probabilidades de escucharlos sería muy elevada. Con dos estaciones en frecuencias diferentes podrían escucharnos a nosotros y tener transmisión bidireccional de datos.
–Parece una locura, pero podría funcionar. El único problema sería que aterrizara Darío. No habrá muchas oportunidades de encontrar pistas de aterrizaje perfectas.
–El avión resistirá. Salvo que encuentre piedras muy grandes en el camino. Una colina funcionará muy bien. Y si adaptamos algo al camión Robs pudiera allanarme una pista.
–Necesitaré a alguien que me ayude. No puedo solo. –dije.
–Yo iré –dijo Dowed–. Me hace falta un buen reto, trabajo duro, y peligro. Y una botella de ron.
–Cuenta con el ron –dijo Méthis–. Y cuando regresen, habrá otra.
–Me parece que no han tomado en cuenta algo –dijo Vernier, con el mapa de Centauro en la pantalla.
–¿Los mares? –dijo Darío– Sí, los tomé en cuenta. Por ahora esto será sólo una expedición de prueba, y aquí podrán construirnos un barco mientras tanto. Si todos trabajamos en conjunto podremos tener un barco capaz de transportarnos con relativa seguridad por los mares. Me gustaría poder medir la profundidad y el tamaño de los mares desde el aire, y probablemente un dirigible sea una buena opción.
–¿No nos estamos adelantando mucho a los acontecimientos?
–Paparruchas. Hemos logrado dominar este planeta en menos de cinco años, cuando se supone que deberíamos haber tardado mucho más. Creo que estamos más o menos al mismo nivel tecnológico que a inicios del siglo XX, y eso que ya tenemos computadoras. Además me preocupa mucho el hecho de que tal vez no estemos solos, o que no fuimos los primeros en llegar.

Esa afirmación volvía a ser el tema central. Era cierto, porque Centauro se había terraformado muy pronto. La tierra parecía ser muy fértil. Las aguas sustentaban la vida muy pronto. La atmósfera se había acomodado muy rápido a las necesidades de la vida importada. Toda la tierra estaba verde, y nuestros animales ya estaban acomodando sus nichos especializados en esa ecología simplificada. No parecía que hubiera mmuchos peligros para la vida. ¿Por qué? Una de las soluciones era que hubo vida en este planeta, muy similar a la terrestre, a pesar de su juventud. La datación que habíamos hecho nos daba 800 a 1000 millones de años, y eso lo hacía un planeta muy joven. Pero un cataclismo pudo haber cambiado eso. Éste planeta no tenía luna, y cambiaba muy frecuentemente su plano orbital. Tal vez sí tuvo alguna vez un satélite, quizá uno de los planetoides que giraban alrededor de esos soles gemelos. Tal vez una colisión tan fuerte que cambió la datación que podíamos hacer. la Tierra sufrió varias extinciones masivas. ¿Tal vez aquí se dieron las mismas circunstancias, y llegamos justo tras una catástrofe planetaria tan fuerte que destruyó todo rastro de vida en éste planeta?

–Fuck… –fue lo que dijo Xau. La vimos trabajar muy rápido en la computadora. De pronto sacó un mapa y lo presentó.
–Tomé ésta fotografía unos instantes antes de que cayéramos. No lo recuerdo, pero estaba en mi cámara, así que debí ser yo. Lo revisé varias veces y me provocaba cierto malestar, pero no podía asociarlo con nada, hasta ahora que caigo en cuenta por qué nuestro valle y nuestro volcán tienen esta forma tan extraña y sui generis. Es porque vivimos en el crater de un impacto, en medio del cual hubo otro impacto, que a su vez sufrió un impacto que desvió nuestro volcán. Fuck. Vivimos en el epicentro de una colisión tan grande que debió destruir toda la vida en nuestro planeta. Como éste es aún geológicamente activo, en unos millones de años la cicatriz se borrará de la faz de la tierra, pero, si es como creo, sé dónde pudo haber rastros de civilización, si la vida es tan antigua como la de la Tierra.
–Déjame ver si llegamos a la misma conclusión –dijo Gomar–. Aquí.
Señaló un punto en el mapa. Se veía gris, vacío y muerto, como el resto del planeta, pero también había un toque sutil de artificialidad. Era un buen lugar para explorar.

Nuestra expedición terminó siendo de cuatro. Nos tomó seis meses llegar a ese punto, y comenzar el viaje fue lo más complicado, con obstáculos que nos parecieron insalvables en un principio. Pero apenas alejarnos de nuestro valle aparecieron huellas de que no fuimos los primeros en vivir en Centauro.
–¡Que me aspen si esto no es un camino! –dijo Brown.
Y era un camino. Estaba cubierto de tierra y escombros, pero había sido trazado en medio de la roca sólida, seguramente con explosivos. Tomamos muestras para analizar, pero no fue necesario pensar mucho para encontrar la respuesta: casi todo era una capa de escombros y escoria producto de una explosión tan grande, que sólo pudo haber sido de un asteroide impactando contra Centauro. 10 por 10 por 10 kilómetros de metal impactando contra la superficie a 10 kilómetros por segundo. Toda la vida debió de haber desaparecido con la catástrofe.

Avanzamos por los caminos, llenos de escombros, topándonos de tanto en tanto con restos que hubieran sido la delicia de cualquier arqueólogo. Optamos por no tocarlos en la medida de lo posible, pero era evidente que no podían ser mas que los cimientos de pueblos. De vez en cuando aparecían ciudades no muy grandes. En la mayor de todas los edificios se habían vaporizado, y su sombra nos veía desde los montes cercanos. Lo que parecía ser un edificio de 20 pisos yacía esparcido por una cantidad de terreno tan amplia que sólo la huella de la explosión aún se veía, y estábamos a casi quinientos kilómetros de casa. Cruzamos lagos que al principio pensábamos eran tierra: estaban cubiertos por una capa muy gruesa de escombros y lodo. Encontramos restos de criaturas extrañas en esas tierras. Peces con patas. Insectos enormes. Algo similar a un rinoceronte miniatura incrustado en un flujo piroclástico luchando contra algo similar a un árbol que caminaba. Los caminos se iban limpiando y facilitaban nuestro viaje, pero la desolación era la misma. A los dos mil kilómetros encontramos los restos calcinados de algo similar a un bosque. Y los esqueletos de animales. Respirar se hacía más difícil, no por la composición del aire sino por la destrucción que veíamos.  A los 5000 fue cuando llegamos por primera vez a una población reconocible como tal. Estaba cubierta de cenizas, pero estaba vacía. La arquitectura no parecía muy diferente de la nuestra. Aunque no había forma de comprobarlo aún: todo lo combustible se había quemado. Dejamos atrás el prueblo fantasma y seguimos. Las fotografías que teníamos nos decían que había un itsmo que conectaba dos enormes masas de tierra. Suponía yo que una raza inteligente habría cavado un canal. Para mi sorpresa, de haber uno, estaba cubierto por escombros. Lo cruzamos sin mayor trámite. Darío no encontró señal del canal desde el aire. Tal vez el cataclismo mató a la civilización que aquí vivía muy joven. Cuando llegamos a la marca de los 10000 kilómetros y estábamos casi en las antípodas de nuestro hogar, encontramos ya varias ciudades casi intactas. Pero en ninguna había vida nativa. Ni siquiera bacterias que no fueran las nuestras. Caveat lo comprobó. Elegimos una, la más cercana, para explorar.

Era una ciudad enorme. Tal vez, en su momento de gloria, hubiese tenido cinco millones de habitantes. Sus rascacielos aún estaban de pie. Ninguno superaba los 60 pisos, y no soportarían mucho tiempo más. Estimé que el concreto tenía trescientos años de antigüedad. Tratar de entrar era una locura, pues un movimiento en falso y podía venirse abajo. Nos limitamos inicialmente a recorrer el exterior, con mucho cuidado. En un jardín público encontramos una estatua de metal, corroída, que mostraba a una figura similar a un demonio alado  con pico de ave. Había una inscripción indescifrable por la corrosión y por la escritura utilizada. La figura extendía sus dos bracitos hacia unas esferas de mármol, corroídas por la lluvia ácida, pero que debieron representar los soles y los planetas. Los restos de sus alas se extendían desafiantes. Ellos sabían cómo su planeta orbitaba sus soles. Mientras mirábamos, el techo de un edificio se vino abajo, dejando al descubierto su interior. Debía ser un estadio deportivo, pero nadie se imaginaba el deporte que una sociedad alada pudiera haber jugado alguna vez.

Con cuidado entré en un edificio largo y delgago. Supuse que era una fábrica, pero lo que encontré fue una biblioteca. Tomé un libro al azar, pero con cuidado. Estaba empastado en algo similar al cuero. Era muy frágil, por los años, pero estaba ricamente adornado. No parecía una obra particularmente densa. Tomé varios más, para analizarlos, de diversas partes del complejo. La atmósfera estéril contribuyó a su conservación. ¿Cuánto durarían ahora que la vida, una vida extranjera, estaba apoderándose del planeta? Las muestras que había sacado resultarían preciosas en un futuro cercano. La luz ya se filtraba por algunas partes del techo, y algunos libros ya habían sufrido los embates de los elementos. ¿Qué dirían los libros? ¿Qué preciosos conocimientos se habrían perdido para siempre? Y sin embargo, la pérdida no era comparable con el enorme descubrimiento de una civilización extraterrestre. Una civilización muerta, sí, pero que nos indicaba que no estábamos solos en el universo, o por lo menos, que la vida inteligente parecía ser más común de lo que esperábamos. Era tiempo de regresar. Lo haríamos a prisa y sin detenernos, sin mirar atrás, con la esperanza de volver y revisar esas magníficas ciudades muertas antes de que desaparecieran por culpa nuestra.

–No tuvieron oportunidad alguna –dije, al presentar los resultados–. Ni siquiera llegaron a conocer la exploración espacial. Los textos que saqué, y que pude traducir con mucho esfuerzo, así lo demuestran. Su nivel tecnológico era comparable al de la Tierra hace mil años.
>>Este planeta tenía dos lunas. Cada una de ellas tenía la mitad de la masa de la Luna, orbitaba en lados opuestos, y equilibraban al planeta. Pero era un sistema metaestable. Se requería muy poco para desequilibrarlo, y lo hicieron. Los sabios de la civilización estaban alarmados ante los extraños movimientos de las lunas, que nunca habían sido tan bruscos. Supóngo que algo los había sacado de su órbita, un meteorito, tal vez, y una luna comenzó a alcanzar a la otra. Chocaron, salieron de órbita, y condenaron este planeta a muerte. Los restos que cayeron destruyeron a la vida superior; la catástrofe ambiental a la menor. Cuando los ciclos del planeta volvieron a la normalidad, ya nadie había para aprovecharlos. Revisando los datos orbitales de que dispongo, puedo decir, sin temor a equivocarme, que Ixión y Neso son las lunas perdidas de Centauro, y además absorbieron a otros planetoides en su camino. Pero eso no es lo malo. Lo verdaderamente malo es que Neso está en rumbo de colisión con Centauro. Y cuando eso pase, nada podrá ayudarnos.

Capítulo 11. Un año antes.

Nuestra vida seguía igual que antes. Teníamos treinta años para construir un programa espacial que nos devolviera a casa, o por lo menos que nos permitiera salvar a los niños. Nadie perdía las esperanzas, e incluso se trataba de reparar al menos uno de los motores Durare para poder regresar en una nave, aunque fuera necesario ir apretados. Sólo Xenia se rebelaba ante esa idea: ella quería utilizar el motor para alterar la órbita de Neso, y capturarlo como un satélite.
–Tiene la masa adecuada. Ahora la tiene. Si pudiéramos capturarlo, nos proporcionaría la estabilidad que este planeta requiere. Será muy difícil, pero no imposible. Con burbujas lanzándose en forma adecuada desde un motor no calibrado podremos empujarlo poco a poco a una órbita paralela, y un empujoncito más y lo pondría en órbita. Podríamos hacerlo incluso retrógrado. Será una bonita forma de darles dolor de cabeza a todos los astrónomos que lleguen desde la Tierra el próximo año.
–¿Cómo sabes que llegarán el próximo año?
–Oh, no lo sé. Sólo me imagino. Yo hubiera diseñado más motores y estaría a punto de mandar al menos una nave para averiguar el destino de nuestra misión, y más si llegaron los mensajes de mayday que enviamos en dirección a la Tierra cuando construimos las primeras estaciones de radio de alta potencia. Eso fue hace cuatro años, ya debieron de haber llegado.
La lógica era aplastante. También improbable. Pero estábamos hartos de improbabilidades que se hacían verdad.

Cuando construimos el cohete nunca pensamos que el combustible primario sería parafina y acetileno. No se necesitaba mucha fuerza, es verdad, porque lo elevaríamos utilizando un avión primero y un globo de aire caliente después, para luego encender el cohete que llevaría el motor Durare reparado en dirección a Neso.
–¿Cómo repararon ese motor? –pregunté una vez.
–Con los mismos materiales que las grandes reparaciones de la historia. Goma de mascar y mucha cinta de ducto –respondió Méthis.

Pero parecía funcionar. Una vez en órbita encendí el motor y lo dirigí, a control remoto, hacia Neso. Funcionaba bien, aunque el sistema de radio era complicado y se descalibraba bastante, y para compensar debía yo transmitir en paralelo en muchas frecuencias, de modo tal que por lo menos una armónica transmitiera el comando requerido. Pronto coloqué la sonda detrás de Neso, y encendí el motor de manera tal que sólo se movía unos centímetros, pero la burbuja de espacio tiempo Alcubierre sacaba poco a poco de órbita a Neso. Fueron cuatro meses extenuantes, en los que trabajaba sin pausa y contrarreloj, pero eventualmente los cambios en la órbita comenzaron a ser perceptibles. No descansé en todo ese tiempo, y aún con la ayuda de Vernier no podía estar seguro que todo estuviera funcionando bien. La órbita de Neso se estabilizó con respecto a la de Centauro, y la atracción gravitacional parecía estar haciendo su trabajo. Sólo faltaba un pequeño empujón.

Entonces el motor Durare explotó.

Fue una sorpresa cuando, casi al terminar el año, la radio crepitó, en la frecuencia que nos había sido asignada cuando partimos de la Tierra. Era una señal débil, pero se incrementaba poco a poco conforme las computadoras de comunicaciones la aislaban.
–Éste es el NCC Easy. NCC Easy. Comunicándonos por todas las frecuencias. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, cero. Mensaje uno, uno, cinco. [...] Éste es el NCC Easy. NCC Easy. Comunicándonos por todas las frecuencias. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, cero. Mensaje uno, uno, seis.
Estaba yo aún dormido. No había nadie a mi alrededor. Estaba solo. Activé el transmisor, pero aún debía calentarse. Intenté despertar completamente. El mensaje se repetía cada cierto tiempo. Abrí el canal y respondí.
–NCC As Alfa. NCC As Alfa. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, cero. Mensaje uno, uno, cinco primera captura, uno, dos, uno, transmisión reciente.
La propagación de las ondas de radio tardaba su tiempo.  La contrarréplica llegó un rato después.
–Éste es el NCC Easy. NCC Easy. As Alfa, es bueno escucharlo. Mensaje cero, cero, uno.
Justo en ese momento empezaba un nuevo año. Me hubiera gustado que hubiera estado alguien junto a mí para celebrar.

Capítulo 12. Año uno.

A los pocos días de la comunicación de Año Nuevo una nave con forma sospechosamente similar a un avión sin alas descendió a pocos kilómetros de donde estaba la torre de vigilancia. Comala y Macondo estaban desiertos. Sólo yo continuaba ahí, esperando y trabajando a la espera de que la Tierra recordara que nosotros aún vivíamos. Por primera vez me sentí viejo y cansado. Saludé a mis visitantes.
–Bienvenidos a Centauro. Siéntanse como en casa. Pueden quitarse los cascos y los trajes. La atmósfera es respirable. Aunque tal vez no estén acostumbrados al olor.
–Huele a rayos –dijo el primer joven que se atrevió a abrir el casco. Su cara me parecía familiar. Sin embargo, no se volvió a colocar el casco.
–¿Es usted el único sobreviviente? –preguntó el capitán, que no se atrevía a quitarse el casco. Una mujer joven sí lo hizo. Su gesto fue elocuente, pero no se colocó de vuelta el casco.
–No. Soy, sin embargo, el único cuya nariz está lo bastante dañada como para venir a recibirlos a la fábrica de composta sin mascarilla.
Los jóvenes se rieron y se colocaron los cascos. El capitán sonrió y se quitó el suyo. Olisqueó el aire, se colocó el casco, y dijo:
–Merecido nos lo tenemos. Háganos el favor de llevarnos a la villa antes de que me vea obligado a hacer algo que no me va a gustar.

Cuando llegamos, la villa estaba sola, por supuesto.
–Dijo usted que había más sobrevivientes. –dijo el capitán, ya sin el pesado traje de supervivencia.
–Sí. Del accidente sobrevivimos 32. Fuimos más inicialmente, pero algunos no pudieron recuperarse de sus heridas.
–¿Cuántos quedan en esta villa?
–Sólo yo.
–¿ha sobrevivido usted solo todos estos años?
–No. No lo hubiera podido lograr solo.
–Perdone, pero es que no veo a nadie más.
–No hay nadie más en toda la villa.
El capitán pareció buscar algo en el bolsillo de la camisa. No encontró ni siquiera el bolsillo, pues el uniforme no lo tenía.
–Necesito un cigarro.
–Tenga –dije, y abrí un cajón.  Era un cigarro de Gomar, pero no lo iba a extrañar. No ahora.
–Gracias. –y le ofrecí fuego.
Se puso de pie, y miró por la ventana. Afuera, una banda roja recorría el cielo.
–¿Es usted el único viviendo aquí?
–Sí.
–¿Dónde están los demás?
–No lo sé.
–¿Muertos?
–No. No que yo sepa. Deben estar al otro lado del mundo.
–¿Se separaron tanto al caer?
–No. Caímos muy cercanos unos a otros. A pocos kilómetros de aquí, junto al volcán central.
–¿Cómo es que están al otro lado del mundo?
–Yo los envié ahí.
–¿Por qué?
–No fue por no darle una gran bienvenida a usted y su grupo. Es simplemente que necesitábamos a todos en las ciudades. Están por caerse.
–¿De qué ciudades me habla?
–Ya lo verá cuando lleguen. No deben tardar mucho, un par de días, tal vez. Les avisé cuando ustedes llamaron, pero recorrer un mundo como éste toma su tiempo. Les haremos una gran fiesta de bienvenida, beberán y comerán como nunca antes, se llevarán muestras importantes de nuestra cultura y nos dejarán más gente nueva. Usted y su equipo volverá a la Tierra, y le informará que Centauro quiere establecer relaciones diplomáticas, y acepta inmigrantes que quieran trabajar duro sin recibir pago alguno. Pero esos detalles los dejaremos para después. Ahora, supongo que deben de estar cansados y deben tener mucho tiempo que no duermen en una cómoda cama. El sol está por caer, la luna saldrá, y mañana hay mucho, mucho tiempo para hablar.

Afuera, una luna azul se alzaba por un lado del horizonte, y un sol amarillo y débil se alzaba por el otro. La noche tibia del verano acababa de empezar en un planeta extraño al que llamábamos casa.

Humanos o robots, Centauro era ahora nuestro hogar.

—————————–

Así, con este final tan mamón, termina mi novela. Como podrán haber advertido si leyeron hasta el final, no es una novela muy satisfactoria. Es apenas el borrador. Si le invirtiera un poco más de trabajo, probablemente pudiera pulir los personajes y darles la profundidad que me gustaría para la historia. Pero bueno, en la creación literaria, buena o mala (si Dan Brown puede escribir best-sellers, cualquier pendejo puede) primero se toma la historia, luego, se pule, fija, da brillo y esplendor, y sólo al final se publica.

Ésta historia me gusta. Le veo potencial. Tal vez, llevada a las 50000 palabras, pudiera funcionar. Hay aspectos de la historia que quería tratar a profundidad y que no pude terminar (cómo fue que el motor Durare explotó y colocó en órbita retrógrada a Neso como la luna de Centauro es una de ellas, acaso la omisión más grave) o que describí sólo de pasadita (el diseño de las naves, por ejemplo, y cómo es que tenían paracaídas a pesar de ser una nave diseñada para viajar en el espacio y no para descender) o que de plano me saqué del forro de los calzones (la descripción de la esfera Alcubierre y cómo pliega el espacio es otro ejemplo, y de hecho el primero de todos).

Tampoco alcancé a describir (si acaso, dí notas sutiles muy poco sutiles) qué cosa eran  Rovert Kiddo y Eva Vernier. No estoy muy seguro (y mira que yo escribí la historia) pero creo que son robots orgánicos. Eso lo sé porque el nombre de Robbie significa Robotic Organism Viable for Exploration and Rational Troubleshooting:Knowledge Interactive Device Designed for Observation mientras que el de Vernier significa Electronic Versatile Android Viable for Efficient Repair, Nocturnal Investigation and Efficacious Research.

De todo esto lo único que está inspirado por hechos reales es el personaje de Xau, quien está inspirado en una amiga de ua amigo, que perdió las dos piernas y no las encontró, y quien sin embargo se las arregló para titularse como ingeniera civil. La diferencia entre Xau y la amiga de mi amigo es que en el accidente real no involucró motores inexistentes, paracaidas improbables, ni planetas imaginarios.

Como sea, sean ustedes tan amables de criticar y despedazar el cuento en estos comentarios. Yo sé que no es lo mas mejor y non plus ultra que hayan leído, pero a mí me gustó escribirlo. Con el tiempo, tal vez con el tiempo, hasta pueda escribir algo que valga la pena publicarse. Para todo lo demás, están los blogs.

Saludos cordiales.

Quoth.

PD:  Mañana el episodio final de temporada de Nevermore.

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