Continúan mis vacaciones…
El extraño, que ahora, de pronto, se había convertido en el amo, se fue a las cocinas. Se preparó pronto algo para comer y se bebió un cuartillo de vino. Se sentó entonces frente al fuego del hogar, tiritando. Sombra se acercó a él.
–¿En qué puedo servirle, mi amo?
–No soy tu amo. Eres libre.
–No, mi amo. Liberó usted a todos los esclavos de la hacienda, pero yo noera pare de la hacienda cuando usted la recibió de mi viejo amo.
–¿Qué dices?
–Mi viejo amo me regaló a usted antes de morir. Usted es mi propietario.
–Yo no quiero esclavos. La esclavitud es denigrante para el ser humano.
–Mi amo, yo no soy una esclava como las demás. Yo le seré siempre fiel.
–No necesito esclavos. Nadie necesita esclavos. Eres libre y eso es lo único que me importa. Haz lo que quieras con tu vida.
–Mi vida es seguir a mi amo y ayudarle. Es para lo que fui criada.
El extraño se levantó sin decir palabra y se fue. Sombra intentó detenerlo, pero el joven amo se escabulló. No del todo; lo primero que hizo fue estrellarse conmigo. Me ayudó a levantarme y se preocupó por mi bienestar. Nunca nadie había hecho algo así por mí.
–¿Quién eres, niño? –me dijo, mientras se sobaba la cabeza. Su herida aún le dolía.
–Me llaman Perico, señor.
–¿Y qué haces aquí a estas horas, Perico? Deberías estar en casa, dormido.
–No tengo casa.
–¿Y tu familia?
–No tengo familia.
–¿Y qué haces aquí?
–Don José me deja dormir aquí cada vez que cepillo a los caballos.
–¿Pero qué…? –dijo el extraño, mientras veía que Sombra llegaba con una lámpara de aceite y comenzaba a limpiarle la herida de la cabeza con agua limpia.
Era muy tarde. El extraño se enojó un poco y dejó que Sombra lo curara. Luego los tres nos fuimos a una de las habitaciones de invitados, y el extraño se durmió. Sombra se acurrucó en un rincón, y yo me quedé dormido unto a la puerta.
A la mañana siguiente, cuando desperté, el extraño nos miraba a Sombra y a mí. Cuando notó que estaba despuerto, me llamó.
–¿Qué pasó con tus padres, Perico?
–No sé, señor. Nunca los conocí. Siempre he vivido aquí, entre los esclavos.
–Pero no eres esclavo.
–No, señor.
–¿Alguien conoció a tus padres?
–No, señor.
El extraño pareció meditarlo un momento. Luego preguntó:
–¿Cuántos años tienes, Perico?
–No sé, señor.
–Déjame ver tu boca.
El extraño examinó mis dientes, como hacen con los caballos, y dijo:
–Tienes seis años. Estás un tanto desnutrido, pero nada que no podamos remediar con un poco de comida. Y bueno, como no tienes nada más qué hacer, y no tendrás a nadie que te ayude, vendrás conmigo.
–¿Y Sombra, señor?
–Pues, dado que no puedo convencerla de que sea libre, lo menos que puedo hacer es ayudarla también. Partiremos esta noche, después del funeral.
–¿A dónde iremos, señor?
–Primero iremos a tomar un baño y a comprar ropa y provisiones. Después, iremos a la capital. Sombra.
–Sí, amo.
–Llévate a Perico, y lávalo muy bien. Ponle ropas adecuadas, que resistan un tiempo sin romperse. Luego, báñate tú también. Ponte ropa adecuada par aun largo viaje. Empaquen un par de mudas de ropa para cada uno. Iré al centro a comrpar algunas cosas. Nos veremos antes del funeral, y después partiremos. Y prepárenme el baño para medio día. Algo de comer también estará bien.
Y dicho esto, se marchó. Sombra y yo nos miramos un momento, confundidos. Cuando Sombra quiso seguir a su amo, él ya se había marchado de la hacienda. Decidió obedecer sus órdenes, aún preguntándose si ésto no sería otro truco para querer evadirse. Pero tras lo que pasó con el anciano quedaba claro que el extraño era una persona que sabía cumplir su palabra.
Volvió a medio día, como lo prometió, cargado con muchas cosas extrañas que nunca antes había visto. Sombra lo guió al baño e insistió en ayudarlo, a pesar de los esfuerzos y amenazas del extraño para que se marchara. Pero Sombra se salió con la suya –siempre lo hacía — y terminó curando una vez más la cabeza del extraño, que ya había cedido la hinchazón y tomó un color más natural. No parecía que se fuera a infectar. El extraño era más fuerte de lo que aparentaba. Cuando terminó y Sombra lo ayudó a vestir, parecía una persona diferente. Se había afeitado, y era igual a los retratos de cuerpo entero que tenía el anciano colgados en los corredores. Se vistió como campesino, pero nadie hubiera pensado que lo era. La postura, el color de la piel, la vivacidad de los ojos, todo era diferente en el extraño. Asistimos al funeral del anciano, nos despedimos de él, y al terminar, nos montamos en el carro, que ya estaba preparado para un viaje largo, y nos fuimos.
Nadie notó que nos habíamos marchado.
La ciudad ya no se veía y estábamos detrás de los montes. Yo nunca me había alejado tanto de la ciudad y todo era nuevo para mí. Sombra, en cambio, parecía conocer muy bien por dónde estábamos. Sombra tomó las riendas mientras el extraño y yo nos sentábamos en la parte de atrás del carro.
–Ten. Ponte a practicar círculos. –me dijo, pasándome un trozo de gis y una pequeña tabla verde.
–¿Pero por qué, señor?
–Porque te voy a enseñar a leer y escribir, y necesitas educar tu mano.
–Pero yo no quiero escribir ni leer, no me va a servir nunca, eso no es para gente como yo, sólo para señoritos.
–¿Así que eso crees? Ahora mismo te mostraré para qué te va a servir.
Y en ese momento Sombra detuvo el carro.
–¿A dónde hemos de ir, mi señor?
–Perico nos dirá a qué lugar ir.
–Pero no sé dónde estamos, señor.
-No importa. Lo que importa es que ahí tenemos un letrero que te dice para dónde ir.
–Pero no sé qué dice.
–Claro, porque no sabes leer. Las marcas y garabatos que ves en los libros y en los letreros te dicen algo, y eso puede ser de vital importancia. Si ellas, estás perdido. Aquí podemos ir a cuatro lugares, y de esos lugares, a más aún. ¿Pero qué lugares son? No lo sabemos, y nadie nos puede decir para dónde están, excepto esas marcas. Cuando puedas leer, Perico, el mundo será tuyo. Ahora ponte a practicar círculos.
–Sí, señor –dije, humilde. Acababa de recibir mi primera lección. El extraño ahora había dejado de ser un extraño para mí. Se había convertido en mi maestro.
Mi Maestro tomó de nueva cuenta las riendas. Yo practiqué círculos mientras tuve luz para ver. Cansado, me dormí. Lo último que alcancé a ver es que Sombra había puesto su cabeza en el hombro de mi Maestro y él había pasado un brazo por el hombro de ella.
Esa noche la pasamos en una posada. Al dís siguiente comenzaría mi educación.
Continuará.
