Una historia en primera persona.
La alarma sonó. Me levanté extrañado. Todo continuaba a oscuras. Tomé el reloj, que continuaba sonando, y noté con horror que no estaba conectado a la luz. Luego recordé que era un despertador mecánico. Lo apagué. Eran las cuatro de la mañana. Todo estaba completamente oscuro, pero yo debía comenzar a moverme ya. Acomodé mis pocas cosas en mi mochila, hice rollo la bolsa de dormir, abrí una barra nutritiva y desayuné rápidamente. Debía hacerlo de prisa. En cualquier momento, en cuanto los rayos comenzaran a clarear, me buscarían, y yo debía estar fuera del alcance de todos. Una cueva, pensé. Una cueva es lo que necesito. Pero estaba en un valle, y no había muchas cuevas dónde ocultarme. Así que debía alejarme, evitar en la medida de lo posible las rutas concurridas, y buscar un sitio donde descansar un rato más al amparo del sol.
Miré a la distancia apenas salido el sol. Estaba en una colina y eso a lo lejos, sin lugar a dudas, era un pueblo. O por lo menos lo fue hace mucho tiempo. Sabía que debía evitarlo: adentro sería yo un blanco fácil para cualquiera. Pero en un pueblo puede haber comida, y ya no tenía yo mucho qué comer. Decidí arriesgarme. El pueblo estaba vacío, sus calles polvorientas, los cristales rotos. Hace mucho que se habían ido todos. Sólo una casa parecía lo bastante intacta como para protegerme de un ataque. Entré. Sentí que me había ganado la lotería. Eran latas. Muchas latas. Algunas a punto de vencer, otras aún tenían via útil. Esperé lo mejor y abrí unas pocas. Me dí un banquete, como nunca antes desde… bueno, desde el principio. Cansado, me dormí.
Cuando desperté era ya de noche y nada me había pasado. Escuché antentamente, ni un ruido, salvo los insectos nocturnos. Tampoco había luces. Decidí descansar. Si no me habían encontrado de día, de noche mucho menos. Pasaron en realidad varias noches antes de que un ruido atrajera mi atención. Era un perro. Flaco, cansado, hambriento. Me miró, y no podía ya mover la cola. Le dí el contenido de una lata vencida, y se la comió muy a gusto. Luego, se echó a descansar. Se volvió mi compañía. Tal vez estaba ya muy lejos, pero nada ni nadie más vino a buscarme. Entonces comenzó a llover. Con sorpresa observé al día siguiente que el valle donde había dormido hace dos semanas era ahora un lago y estaba yo viviendo en una isla. Me sentí por fin protegido y me dediqué a limpiar mi nuevo pueblo. No era muy profundo el lago, apenas un par de metros, pero bastaría para mis fines.
Pero pasaron seis meses y el lago no parecía descender. Al contrario, parecía seguir creciendo. Yo ya había logrado sembrar un poco de maíz y trigo, lo bastante como para comer un tiempo. Empecé a preocuparme. Una tarde llegó un ejército a la orilla de mi lago. El corazón se me fue a los pies. No podía yo escapar. Entonces enviaron un bote. Me resigné a mi destino. Pero no eran quienes me perseguían. resignado, me presenté como el antiguo presidente de las tierras que ahora quedban reducidas a mi isla y mi lago, lo poco que me quedaba de mi antiguo país. Los visitantes me preguntaron si estaría dispuesto a recibir a unas pocas personas que no tenían lugar en el nuevo régimen, a cambio del reconocimiento soberano de mi isla. Acepté, sin saber a ciencia cierta cómo.
Pronto más personas llegaron de la otra orilla, con un trato similar, y me enteré de que la mia era la única franja de tierra independiente entre dos repúblicas nuevas. éramos nosotros los únicos supervivientes del viejo régimen, y los nuevos se habían dividido el país. Pero los nuevos no buscaban acabar con nosotros, sino mantenerse en su propia orilla, y habían concebido el lago para dividir sus terrenos, como frontera neutral. Pero yo, en medio, estorbaba. Lo cual era, de cierta forma, conveniente. Nadie se podría lanzar a mi cuello sin miedo a que el otro reaccionara, y además mi isla era muy pequeña para tener cualquier clase de valor. Vivimos así en paz muchos años.
Entonces la alarma sonó. Me levanté extrañado. Todo continuaba a oscuras. Tomé el reloj, que continuaba sonando, y noté con horror que no estaba conectado a la luz. Luego recordé que era un despertador mecánico. Lo apagué. Eran las cuatro de la mañana. Todo estaba completamente oscuro, pero yo debía comenzar a moverme ya. Acomodé mis pocas cosas en mi mochila, hice rollo la bolsa de dormir, abrí una barra nutritiva y desayuné rápidamente. Debía hacerlo de prisa. En cualquier momento, en cuanto los rayos comenzaran a clarear, me buscarían, y yo debía estar fuera del alcance de todos. Una cueva, pensé. Una cueva es lo que necesito. Pero estaba en un valle, y no había muchas cuevas dónde ocultarme. Así que debía alejarme, evitar en la medida de lo posible las rutas concurridas, y buscar un sitio donde descansar un rato más y soñar que era libre, al amparo del sol y de los ejércitos invasores que habían reducido a cenizas mi país.
