Decidí reducir el nivel de mis gastos mensuales. Tomé, por tanto, la desición de disminuir la velocidad de mi internet de 4 a 1 mega, con lo que me ahorro doscientos pesos, la cantidad exacta que necesito para tomar 40 autobuses mensuales.
Para ello, me transladé antes de ir al colegio –se escucha más impresionante– a la oficina de mi proveedor de internet y televisión por cable. Había delante mío un tipo, por lo que opté por permanecer cerca de la televisión, para ver una caricatura que no tenía volumen pero que tenía pinta de que ya la había visto con anterioridad. Por alguna razón, la cual todavía no atino a comprender, en atender al tipo antes quue yo la chica se tardó media hora.
Ya empezaba yo a desesperarme. Mi razonamiento («a este ritmo voy a llegar tarde») no era precisamente tranquilizador. Por fortuna, las leyes de la preocupación inversa entraron en acción y justo en ese momento el tipo se fue y me cedió su lugar. Las leyes de la preocupación inversa son tal vez algunas de las más útiles de la física cuéntica: las leyes, en su forma más sencilla, dicen que el 80% de las cosas que te preocupan no se realizarán, por lo que preocuparse es altamente efectivo. Pero divago. Decía yo que me tocó mi turno y justo en ese momento una viejita, que llegara al último, se quejó de que ella tenía el boleto 7 y yo el 2, y como yo pasara primero, se quejó. «Así no funcionan las matemáticas…» dijo. Yo me limité a mascullar un «If you say so…» y me dirigí a la chica, que estaba mucho más mona y guapa que la anciana señora. Le expresé a la chica mi intención de reducir mi velocidad de acceso a internet. «¿Qué motivo tiene para disminuir la velocidad?» «Dos motivos: el primero es disminuir gastos y el segundo es que ahora pasaré menos tiempo en casa, así que es un desperdicio tener tanta velocidad si no la aprovecho.» La chica asintió, se encogió en hombros y realizó el trámite. Acto seguido, me entregó mi comprobante y me fui. Mi trámite duró exactamente un minuto y veinte segundos.
De ahí me fui a la escuela. No es que tuviera precisamente muchas ganas de ir, pero tengo un deber conmigo mismo y soy un hombre de verdad. O al menos eso dice mi acta de nacimiento. Tomé mi autobus y por alguna casualidad que no atino a comprender, llegué a clase con cuarenta minutos de adelanto. Y eso que tomé el troncobus a la hora equivalente de cuando salía de casa. Quise ir, por tanto, a comprar algunos útiles escolares, pero, mal haya, no habían existencias. Y de las existencias que habían me faltaba dinero. Decidí sentarme a la sombra de un árbol a leer un libro: «Do Androids Dream of Electric Sheep?» de Felipe Phillip K. Dick. A la media hora, voy a clase. Veinte minutos después de la media hora, avisan que la máistra estaba enferma y que no iba a venir. Cojonudo. De vuelta a la sombra de mi árbol a continuar leyendo. Una hora y treinta minutos después, decido comerme mi emparedado. Luego, a geología. Veinte miutos después de la hora, ni señales de la máistra. Peor a los veintiun minutos la máistra llegó. Ni modo. Práctica de memoria. Cometo el error de mencionar que la escala de Mohs la forman talco, yeso, calcita, fluorita, apatita, cuarzo, feldespato, topacio, corindón y diamante. en lugar de talco, yeso, calcita, fluorita, apatita, ortoclasa, cuarzo, topacio, corundo y diamante. El error fue que, si bien la ortoclasa es una clase de feldepato, no todos los feldespatos son ortoclasa. Además equivoqué su posición y le asigné mayor dureza que al cuarzo. Y eso sin mencionar la pronunciación de corindón y corundo, que es como lo llama la máistra, a quien todavía no se le baja el enojo porque Plutón ya no es planeta, a pesar de que reconoce que es de menor tamaño que la Luna. Pero bueno, eso es otro cantar.
Tras geología, me dispuse a esperar al profe de estática, quien no vino… porque se enfermó. Me pregunto si él y la tícher de programación habrán comido en el mismo lugar. Esperé una hora y cuarenta minutos bajo mi árbol, leyendo, y cuando llegó la hora, fui a la clase de estadística. No queriendo meterme para ver si el profe también se había enfermado, sucedió algo curioso: el profesor se metió al salón de al lado. Sí, tal como lo oyen. Los compañeros lo ven y rápidamente se ponen de pie para seguir al profe… y entonces el profe rectifica y sale del salón de al lado y se mete al salón original. Todos a sentarse. El profe tiene prisa y sólo da una hora y cuarto de clase en lugar de las dos completas, lo que le agradecemos por otra parte, y es hora de marcharse.
Pienso entonces en dos cosas. Primero, que necesito cobrar la renta mañana si quiero comprar mis cosas de dibujo antes del jueves, y b) que debo terminar comprando una yoobook porque cargar la laptop grande todos los días me va a romper la espalda. En especial los jueves, que tengo que ir armado con la bazooka el portaplanos y la regla T. Ya veré qué hago.
Saludos cordiales.
Lord Eggs.

¡Diablos!
Olvida usted la regla básica de Universidades las clases inician completamente hasta la segunda semana de clases.
XD