“My master has no face”

Empezó a hacer frío y el comportamiento de Merle Ivonne se modificó para adecuarse a las circunstancias. Ahora en lugar de dormir arriba, la condenada perra le tomó cariño a dormir sobre mis almohadas.

Como todo en la vida, esto tiene sus ventajas y desventajas. Por ejemplo, mis almohadas quedan siempre mullidas y calientitas, lo que nunca es de despreciarse en una noche fría; también quedan llenas de pelos. Sin embargo, ell mayor problema al que me enfrentaba en estos días próximos pasados es que, por más que sacaba a Merle Ivonne de mi habitación, bastaba un descuido de mi parte para que, cual gripe aviar, la condenada perra volviera a introducirse a mis habitaciones, que aunque miden apenas 3×3, son mis habitaciones y les tengo mucho cariño.

Esto no es precisamente lo más molesto. Al contrario, ya descubrí que si Merle Ivonne se me acerca en la noche, basta con abrazarla como Elvira Duff abrazaría a Pinky o a Cerebro para qu eella decida que es mejor dormir en el sillón. Sin embargo, con esa capacidad que tiene para olvidar lo que acaba de aprender, Merle Ivonne regresa un rato después y ataca con toda la fuerza de su cariño: se trepa a mi cama y comienza a lamerme la cara, algo que creo es capaz de hacer por horas siempre y cuando el hambre no apriete y la víctima el objeto de su afecto siga respirando.

Contra ésto no había encontrado ninguna solución mas que directamente el «Abrazo Elvira», lo cual es difícil de hacer cuando está uno enredado en las sábanas, hace frío y además es son las tres de la mañana y está uno plácidamente dormido. Sin embargo, con esa capacidad de resolución de problemas prácticos que tengo, encontré una solución que, si bien no es la ideal, por lo menos es la idónea: una bandana.

Me coloco, como los bandoleros de las películas de vaqueros, una bandana sobre la nariz y boca cada vez que me voy a dormir. No me la pongo ajustada, y cuenta con el útil efecto de que Merle Ivonne no puede localizar mi cara, y por tanto,  no sabe dónde hay que lamer para ponerse a disposición del amo y señor de la casa, que para efectos del presente relato supondremos que soy yo. Pero además de todo esto cuenta con un útil efecto secundario: el aire caliente que exhalo puedo redirigirlo debajo de las cobijas para que aumente la temperatura general, proporcionándome un sueño más placentero al alcanzar una temperatura ambiental más agradable en el capullo de algodón en el que duermo.

Saludos cordiales.

Lord Eggs.

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Soy un ateo cabrón de la alta sociedad. Read 495 articles by Lord Eggs

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