Cuando llegué a la parada designada, el camión todavía estaba ahí.
Esto era extraño, pero nada fuera de lo común. A veces hay mucha gente subiendo. Pero no había gente. No importando la razón, subí. Pagué, encontré un lugar vacío, me senté cómodamente y esperé. Y esperé. Y esperé.
Seis minutos pasaron, y nosotros seguíamos ahí. Cuando ya estaba yo a punto de preguntarle al chofer con total amabilidad «¡¿Te vas a mover de una puta vez, cabrón?!» el chofer metió primera y pisó el acelerador. Ignoro por qué la espera tan elevada, porque de cualquier manera el hijo de su puta madre del choferoz recorrió el trayecto entre el Tecnológico y el paradero de Federalismo en tiempo récord. Ya estaba yo contento por eso cuando de pronto el chofer se baja de la unidad, se mete a una tienda que hay justo en el paradero, regresa, dice «en tres minutos nos vamos» y regresa de nueva cuenta a la tienda.
El grito de descontento fue elevado. Al choferoz, como es natural, le importó una chingada. Cinco minutos después pasaron los tres minutos y el chofer de nueva cuenta metió velocidad y arrancó cual conductor con diarrea que desea llegar a casa para obrar tranquilo.
Lo increíble es que, a pesar de los once minutos y fracción de retraso, llegué a casa con ciez minutos de adelanto con respecto a lo normal. Luego se preguntan por qué hay accidentes en el transporte público.
Saludos cordiales.
Lord Eggs.
