Tras presentar mi examen de probabilidad y estadística (el cual, estadísticamente hablando, es probable que repruebe) regresé a casa.
A bordo del minibús venía instalado un clon tercermundista de Stevie Wonder, un tipo prieto y feo que llevaba en la mano derecha un bastón plegable de aluminio, plegado en 4 segmentos, y en la mano izquierda un instrumento curiosamente similar a una botella de Fanta. Llegué yo a medio discurso, en el cual, tras desearnos un feliz día, Stevie nos comunicó que no conseguía trabajo y que para poder subsistir, iba a cantarnos unas canciones, para que, si era de nuestro gusto, le ofreciéramos algunos pesillos en premio a su labor. Tras gastar cinco minutos en decir lo que a mí me tomó treinta segundos, Stevie comenzó a pasar el bastón plegado por sobre la rugosa superficie de la botella de Fanta, que era un güiro disfrazado para que no se lo fueran a robar.
La ironía de las dos canciones que Stevie interpretó era tan gruesa que podía cortarse con cuchillo: la primera canción que «interpretó» fue de los Tucanes de Tijuana: «A Mí Me Gusta Vivir de Noche»; la segunda fue «Mi Gusto Es» de Alfonso Esparza Oteo. Además de todo, Stevie cantaba tan mal que ganas me daban de darle mis últimos 50 pesos para que se callara de una vez por todas y se bajara del camión. Es más, creo firmemente que de haberse dado esa circunstancia Stevie hubiera obtenido pingües beneficios a cambio de su silencio.
Como sea, la cosa es que Stevie se bajó del camión unos kilómetros después de que me hubiese subido al mismo, tras preguntarle al chofer cuánto faltaba para llegar a una esquina en particular, que resultó ser justo en la cual el choferoz acababa de detenerse. El troncobús se quedó en paz y tranquilidad y acto seguido, se le acabó la batería a mi iPod.
Pobre iPod. Tras tantos años de fiel servicio, ahora la batería no dura mas que tres horas y descendiendo. Necesito uno nuevo.
Saludos cordiales.
Lord Eggs.
