En mi clase de dinámica hay tres chicas. Una muy guapa, una con belleza comparada y una de ejemplo.
La chica guapa es, obvio, guapa. Un tanto cuanto chaparra comparada conmigo, pero es que la mayor parte de mis compañeros son chaparros comparados conmigo, que entre la coronilla y la planta de los pies mido 183 centímetros, mientras ella apenas mide cinco pies y dos pulgadas. Es más o menos la versión joven de una mujer mayor pero con su misma constitución física; de hecho, predigo que en veinte años se verá como una mujer que veinte años atrás se veía como ella hoy.
La chica de belleza comparada pertenece a una extraña categoría de mujeres que, sin ser precisamente bonitas, tampoco son feas, pero que mejoran considerablemente siempre y cuando obtenga usted, lector, un punto de comparación. Por ejemplo, pongamos la siguiente fotografía.
Como cualquier lector podrá observar, la chica aquí presentada es bonita, definitivamente. Pero donde se destaca por su belleza es al verla en compañía de sus colegas:
Exactamente lo mismo sucede con la chica de belleza comparada en mi clase. La tercera chica es la que permite hacer que la segunda mejore su belleza, y es, sin lugar a dudas, la imagen de la ingeniera civil normal, común y corriente, nos pese a quienes nos pese.
Ahora que lo pienso, me he desviado considerablemente de mi narración inicial, pero no importa, pues es precisamente por esa razón por la cual ustedes, mis estimados lectores y queridas lectrices, me siguen: para ver qué pendejada digo hoy. Entonces, resumiré lo que ya he dicho: en clase hay tres chicas. Pero hoy la clase estuvo curiosamente saturada y faltaron sillas para acomodar a los alumnos.
Cuando yo llegué, la tercera chica ya estaba en su lugar; a mí me bastó con poner cara de malo y uno de los muchachos quitó sus cosas de la silla de al lado, lo que demuestra que mi bigote sigue siendo impresionante o que el muchacho es fácilmente impresionable, lo que usted desee. Poco después llegó la chica de belleza comparada, y uno de sus amigos quitó las cosas de la silla que estaba apartándolo. La chica de belleza comparada le dedicó una radiante sonrisa y tomó asiento. Luego llegó el máistro, e inmediatamente después del máistro, la chica guapa. Pero ya no había asientos.
La chica guapa se limitó a fruncir la trompita e inmediatamente tres pendejetes se pararon de su asiento para cederle su lugar. La chica guapa escogió, cual abeja reina, uno, y los otros dos pendejetes se sentaron, mientras el tercero se quedó parado, cargando las cosas de la chica guapa mientras ella se acomodaba. El máistro le dijo una burrada al pendejete, que terminó dejando todo en el suelo y se fue al fondo del salón, a una silla madreada.
Entonces sucedieron cosas interesantes. Mientras que a la tercera chica no la pelaban ni las moscas, a la chica de belleza comparada le jugaban bromas mientras que a la chica guapa le rendían pleitesía, le sacaban punta a su lápiz, le prestaban plumas, le explicaban otra vez lo que decía el máistro, le prestaban la calculadora, la dejaban que copiara los apuntes, y la trataban como la flor más bella del ejido; cuando llegue la primavera no me quiero ni imaginar la que nos espera con tanto amor. Cuando se entere el novio, la defensa de las Termópilas será un juego de niños.
En cambio, a mí y a mi bigote nos dejan en paz en todas las clases. Sólo entre ellas mis compañeros se acercan con el objetivo de que los ilumine con mi sabiduría, o por lo menos, que les pase la tarea. Es duro ser parte del Concejo de Ancianos.
Quedo de ustedes:
Quien Resulte Responsable.


