Ustedes, mis habituales lectores y lectrices, deberán perdonarme el tono del artículo de hoy. Los demás, no. La diatriba que se encuentra a continuación mantiene estrictamente mi punto de vista personal mío de mí mismo, y puede no ser compartida en su totalidad por el lector, a menos que el lector sea el autor de ésta bitácora, lo cual es estadísticamente imposible ya que, por norma general, no leo lo que escribo. Solicito al lector se abstenga de emitir comentarios sin antes terminar de leer todo el artículo.
Lo intenté, de verdad que lo intenté. Sucumbí a la presión del mundo y a las constantes repeticiones de «¿estás en féisbuc?» y, harto, abrí una cuenta en ese sitio. Y así como la abrí, la he clausurado. Déjenme decirlo en una palabra. En dos. En tres. Basura. Lo odio. Es una bazofia. Yo no sé qué le ven ustedes, generación Facebook, al Facebook. De verdad, traté de entenderlo, pero sencillamente no pude hacerlo.
Alguien me dijo que el féisbuc era una revolución en la manera de ver el mundo. Y yo replico que si ésa es una revolución, las cucarachas heredarán la Tierra. Puedo comprender, más o menos, la metáfora de operación como si de un antro se tratara. Creo yo que de ahí deriva parte del problema. Como dudo que me comprendan, trataré de explicarme lo más posible, para lo cual deberé soltar una de mis famosas y mundialmente desconocidas diatribas que tantas amistades me han costado, cosa que, por otra parte, suele ser lo mejor para la salud mental de ambas partes. Pero divago.
Usted, lector, lectora, lectriz, va a un antro. El objetivo principal es ponerse un pedo de antología. El segundo objetivo es compartir con los amigos. El tercero es pasar un buen rato. Obvio es que no en ese orden. Una vez dentro del antro, sucede, siempre, una cosa: todos hablan con todos sobre todo y nadie se entiende. Eso mismo sucede en las redes sociales, con total independencia de su nombre, denominación y características, estilo facebook, tumblr o twitter. Todos hablan de todo, y no necesariamente piensan sobre lo que están diciendo. Es decir, hablan de todo, excepto de lo verdaderamente importante, y hablan de nimiedades que a nadie interesan, sólo porque alguien más las dijo, y lo que es peor, revelan cosas íntimas antes de darse cuenta de que no deberían haberlas revelado. Al final del día, algunos se darán cuenta, otros no; en cualquiera de los dos casos, lo dicho dicho está. Un ejemplo al canto, sacado del caralibro:
Usuario anónimo uno: Hola mi amor, espero que hayas disfrutado tu cumpleaños, recuerda que te amo, Dios te bendiga siempre amor.
A Usuario anónimo dos le gusta esto.
Usuario anónimo tres: Muchas gracias mi amor.!Yo igualmente te amo a ti.!
No sé, llámenme amargado porque no se me ocurre así, a botepronto, otro término más descriptivo, pero ésto es precisamente algo que YO no escribiría en un sitio público bajo ninguna circunstancia, y mucho menos cuando los usuarios anónimos uno y tres, que son mis amigos, cohabitan bajo el mismo techo en función de haber firmado hace un lustro un contrato social cuyo objetivo es la propagación de la especie y la cultura locales, es decir, están casados.
Otro ejemplo, esta vez en el pajarito con ballenas, es el siguiente:
Usuario anónimo cuatro: Viendo el inicio de el Kentucky Derby. No lo capto? Mucho fanfarron y gorros prodigos por solo 2 minutos de accion!
De nueva cuenta pueden llamarme amargado (o si quieren darme un nombre propio, Grinch) pero ésto tampoco lo difundo en público. Me hubiera tomado mucho más espacio describir la acción, las sensaciones que me produce estar en las carreras, la tensión en el ambiente cuando los caballos se acercan a la meta, los vítores de unos y lamentos de otros, y por otro lado, tampoco considero que mi presencia en el hipódromo mereciera la inmediatez de un mensaje de twitter a todo el mundo sólo para informar que me encuentro ahí. De hecho, una de las muchas causas por las que no trino en Twitter (además de que el espacio es muy limitado) es que no soy capaz de decir tantas imbecilidades como quisiera en tan poco espacio. En mucho espacio, como prueba el presente artículo y gran parte de los que se encuentran en la historia de esta bitácora, sí que soy capaz, pero en poco espacio, no. De ahí que sólo lo uso para joder gente en acontecimientos especiales y que poca gente cubre, como los juegos paralímpicos, de los cuales suelo ser uno de los pocos medios que lo cubren en vivo, y más que medio de comunicación parezco cuarto, por los escasos recursos de que dispongo. Revisen ustedes mi historial para que vean lo mucho que utilizo mi cuenta: la mayor parte son avisos de mis publicaciones en este blog y eso sólo porque Feedburner notifica que hay un artículo nuevo.
Pero alguno dirá que un blog es, en esencia, lo mismo que el tuiter y el feis. Una red social, sólo que no en tiempo real. Y seré el primero en darles la razón. La diferencia radica no tanto en el público objetivo –que, al fin y al cabo, es el mismo– sino en la manera de llegar a él. Observe usted bien: en la pared del twitter o en el what’s going on del facebook –o como sea que se llamen– las redes sociales están empujando el contenido generado por los usuarios. Y constantemente se agregan más y más usuarios y más y más contenidos, de manera tal que se convierte en un galimatías ininteligible. En caralibro las cosas se ponen peor que en twitter, porque además del texto, hay aplicaciones comunicándonos que sus usuarios encontraron un dragón bebé en el garage y necesitan contratar una niñera para que lo cuide, esté o no esté presente el usuario en cuestión. Un blog, en cambio, no empuja el contenido. Usted, lector, lectora, lectriz, perfectamente puede olvidarse de la existencia de éste patético sitio al terminar de leer este artículo: ni éste su seguro servidor, ni mi software, ni nada ni nadie, obligaremos a usted a leer nada más. Puede, sí, suscribirse a la bitácora, pero ésto infiere que tiene usted interés en saber qué otra pendejada puedo escribir yo el día de mañana, lo cual no necesariamente implica que deba usted saber si en la facultad me tropecé al subir el tercer escalón de la escalera del módulo U y me torcí el tobillo, o alguna otra nimiedad. Hay de todo, pero las nimiedades suelo reservármelas para mí: suscribirse al blog, por correo o por RSS, requiere una acción consciente, y considero mi responsabilidad escribir de algo más que sólo la cantidad de cuadritos de papel que utilizo al ir al baño o si éste último lugar huele feo. La principal diferencia, retomando el tema, es que un blog no es instantáneo: la inmediatez de las redes sociales no se aplica aquí, aunque puede imitarse, y un artículo escrito en un blog puede ser detenido indefinidamente para pulirlo, fijarlo y darle esplendor: el tiempo no es un enemigo sino un aliado, y poco importa si se publica algo treinta segundos o treinta días después de que pasó. La inmediatez no importa para una bitácora, y tal vez ni siquiera es deseable.
Hay quien dirá que de cualquier manera no hay diferencia, porque es exactamente lo mismo en las redes sociales. A lo que me refiero es que, en el blog, si alguien decide dejar de leerme porque escribo cosas que no le interesan, no pasa nada. No tengo forma de saber quién me lee, ni cuántos me leen, ni dónde lo hacen, al menos más allá de las estadísticas poco confiables que recibo del Feedburner. En cambio, en una red social si dejo de seguir a alguien, la red social le avisa que he dejado de seguirlo, y eso será interpretado como una falta de respeto o por lo menos como una clara señal de que el tipo a quien he dejado de seguir es más aburrido que observar cómo se seca la pintura en un día húmedo. Y no hay forma de no herir susceptibilidades, de la misma manera que arrancar una curita no dejará de ser doloroso. Déjenme ser el primero en decírselos usuarios sociales: son ustedes unos aburridos al momento de escribir cosas breves. Yo también lo soy, pero yo me siento orgulloso de ese hecho y no lo oculto.
El problema no es tanto los usuario de las redes sociales sino el contenido que generan, el cual sencillamente es vacuo e inane, carente de profundidad. Más o menos como ésto, pero en menos palabras. El problema es que ustedes se están preocupando mucho por el «Ésto es lo que estoy haciendo» más que en «ésto es lo que hice» No están haciendo una crónica, ni siquiera narrando: eso es lo que se hace en una bitácora, pero ustedes, generación Facebook, no saben escribir en grandes cantidades. Muchos de quienes tienen un blog lo abandonan porque no saben de qué escribir. Hay excepciones, que lo abandonan porque no tienen tiempo de escribir –y la única excusa creíble para ellos es que también han abandonado sus redes sociales–, pero en general, las bitácoras, como los diarios íntimos, se mueren porque sus escritores no saben sobre qué otra cosa escribir. Eso es algo que nunca me ha pasado.
En mi cabeza siempre surgen ideas. Están en constante lucha por salir. No puedo conducir por la ciudad sin preguntarme qué habrá detrás del comportamiento de la mujer que llora mientras habla por teléfono, ni del chico de las pizzas que súbitamente dio vuelta a la izquierda, ni del niño que corre tras una pelota olvidándose de que puede venir un auto. Camino por la calle y una pared me recuerda un cuento, una hoja me sugiere una historia, dos hombres hablando me sugieren una novela. Yo soy de los que han leído la ficha de la Playmate. No puedo leer sin preguntarme algo y hacerme buscar en un diccionario lo que busco. No puedo terminar de leer un artículo en la wikipedia sin hacer click en media docena de otros enlaces. No puedo jugar un simple juego de azar sin calcular las probabilidades de que suceda algo. Una canción me recuerda un día en la vida, un paso mal dado me hace notar algo en el piso, una nube que pasa me hace pensar en extraños mundos fuera de ésta tierra. No veo porno porque en lugar de ver la «actuación» de las «actrices» me preocupo por los errores gramaticales en los diálogos y lo estúpido del «guión». No voy a conciertos porque me frustra no poder seguir las conversaciones de los demás. No veo películas porque encuentro intolerable el tener que suspender mi incredulidad y ver cómo rompen las leyes de la física con impunidad. No escucho música en español porque para mí sólo son poemas pseudorrománticos mal escritos con música absurda y repetitiva. A veces escucho música clásica y de pronto comparo la gloriosa Novena con el no menos hermoso Huapango. Leer un libro traducido es preocuparme por entender lo que el autor quiso decir y el traductor no pudo comprender. Tengo problemas en clase porque al tratar de comprender un problema busco una solución por medio del pensamiento lateral, sin saber muy bien a dónde me dirijo.
¿Quiere saber algo, lector, lectora, lectriz social? Le envidio. Profundamente. Con gran vergüenza y humildad me postro a sus pies. Dígame, por favor, dígame, se lo suplico, se lo ruego, dígame cómo hace usted para no tener ideas. Dígame cómo hace usted para no preocuparse por el mundo. Comparta conmigo su secreto, y así podré ser yo feliz también.
Quedo de usted:
Pagliacchi.

Acabo de recordar que tengo un maispeis…
Y apuesto a que no lo echabas de menos.
Uuups! le cedo totalmente la razón!
Lo cual no deja de ser preocupante, querida.
Y algún día uno de ellos será tu geriatra.
Lo dudo. Nadie se quiere dedicar a la geriatría. En palabras de Cataclísmica: «los viejitos son bien enfadosos.» Claro está que yo haré mi mejor esfuerzo por vivir de acuerdo a la marca establecida por esa frase.
QUERIDO TIENES TODA LA RAZON
Y eso también es preocupante. No estoy acostumbrado.
[...] This post was mentioned on Twitter by V for Vancouver. V for Vancouver said: A Quien Corresponda: Facebook generation http://goo.gl/fb/V7j7X [...]
No tienes la razon! Hay diversidad…..recuerda !!! Hay de todo en la vina del senor…! Unos con mentes mas light…otros no tanto….pero en la vida a veces necesitas un espacio…un espacio que sea simplemente para NO PENSAR !….Saludos!
Al momento vamos tres a uno, querida, así que vas perdiendo. Además, en la viña del señor por regla general sólo hay uvas y parras. En la huerta, por otro lado, puede haber más cosas.