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¿Puedo recomendar algunos artículos? Los Cuentos del Bicentenario son mi manera de colaborar en la celebración, o puedes leer todos mis cuentos.
Lo prometido es deuda. A manera de entrenamiento para éste su seguro servidor, escribiré los cuentos que se me ocurran basándome en los fragmentos que escribí hace unas semanas.
Dado que ya escribí «La Amigdalitis de la Libélula», que por otro lado fue el cuento ganador en el concurso, toca esta vez el segundo lugar, de Kalepsheel.
Capítulo I
–¿Escucha usted algo? –preguntó la chica a su acompañante en el elevador.
Era un elevador de cristal panorámico, y ambos estaban solos. El acompañante era un tipo viejo, con cabello enmarañado y un cierto aspecto de Einstein tercermundista.
–No, nada. –respondió él. La chica miraba para todos lados, estaba claramente asustada.
La puerta se abrió. El vejete salió y le deseó buenas tardes a la chica.
Ella se quedó en el elevador, observó cómo las puertas se cerraron, y continuó el viaje.
En algún punto entre el piso 13 y el piso 18 las cámaras de seguridad se apagaron. El cronómetro indicaba que no habían pasado ni cinco segundos. Los vigilantes perdieron la señal esos cinco minutos. Y en algún punto del trayecto entre esos pisos, la chica había desaparecido.
La movilización fue inmediata. Pero nunca la encontraron. Fue, sencillamente, como si se hubiera desvanecido en el aire.
Capítulo II
«Kalepsheel»
«Investigador privado»
Nada más había en la puerta. Jessica no tenía otra opción. Era la única puerta al final de la escalera, y salvo un pequeño descanso, no había nada más. Podía regresar o podía tocar. Decidió tocar. Apenas iba a levantar la mano cuando una voz masculina sonó por dentro.
–Adelante. Está abierto.
Jessica se sentó en el destartalado sillón de cuero rojo que le ofreció el investigador. Rechazó el cigarrillo pero aceptó la copa de brandy barato. Era evidente que algo le preocupaba. Kalepsheel se ajustó el cuello de la camisa y se sentó.
–A sus órdenes.
–Yo… verá, sr. Kalepsheel…
–Llámeme por mi nombre de pila. Eveready.
Ella rió. Kalepsheel notó que la chica se relajó.
–¿En qué puedo ayudarla?
–Verá, es mi hermana. Hace un año entró a un centro de artes marciales llamado «Gu Lao Rou Chin Gon» y desde hace dos meses no la hemos visto.
–¿Alguna señal de que ella estuviera inconforme en su casa?
–No. Pero sí comenzó a actuar más rara. Practicaba sus artes marciales todos los días en la sala de la casa y levantó un altar junto a la escalera que daba al tinaco, marcándolo con una especie de camino.
–«El Camino a la Escalera Al Infinito». Los conozco. La policía también. Sugiero que se ponga en contacto con ellos.
–Ellos me sugirieron que viviera con usted.
–No será económico.
–Tengo dinero. Mi padre lo tiene.
–El dinero de su padre está en peligro. El Camino a la Escalera Al Infinito es una secta que exprime a los familiares de sus víctimas hasta del último centavo. Quizá reconozca usted el caso de Nelson Rockefeller. Llegó a ser el hombre más rico del mundo, y al final de su vida apenas podía comer caviar una vez al día. Sé que no parece mucho, pero hay una gran diferencia entre ser asquerosamente millonario y millonario a secas. Pero recuperaremos a su hermana. Quinientos pesos al día mas gastos, una semana por anticipado, garantizo mi trabajo.
Ella sacó varios billetes y los dejó en el escritorio.
–El nombre de su hermana.
–Olive. Olive Green.
Kalepsheel contuvo un temblor en su mano izquierda.
–Venga a verme mañana. Traiga todos los papeles, notas, registros, todo lo que tenga sobre las actividades de su hermana.
–Bien.
–No se preocupe. Todo va a salir bien.
La escoltó a la salida, hasta la planta baja. Subió y cerró la puerta detrás de él. Sacó su cartera, miró una fotografía, apretó los dientes y descargó un puñetazo sobre los billetes.
Conocía a Olive Green. Vaya si la conocía bien. Aquello iba a ponerse interesante pronto.
Capítulo III
Cuando llegó a la oficina la señorita Green ya estaba ahí. Había reunido una pila de papeles impresionante. Kalepsheel se mesó la escasa barba y pensó que debía haber una mejor manera de empezar el día. Lamentablemente, le había dado el día a su secretaria y tuvo que prepararse él solo el café. Sabía a calcetín sudado pero le bastó para despertar. Lo primero que tomó fue el reporte policiaco de la desaparición y la declaración jurada de los vigilantes del hotel. El misterio parecía insoluble para todos excepto para él: nada más sencillo que interrumpir la transmisión y colocar una grabación del elevador vacío mientras raptaban a la chica. Entonces leyó que la cámara estaba intacta y no había señal de manipulaciones para que se descorazonara un poco. Pero no se iba a dar por vencido: era demasiado fácil modificar esas grabaciones. Había qué hablar con los testigos. Envió a la señorita Green a su casa y se dispuso a tomar su gabardina y salir al hotel.
No era un hotel común. Era un hotel de gran lujo y los pisos superiores eran oficinas para ciertos corporativos multimillonarios. Entre ellos, los Fantasiólogos.
Se presentaban como un corporativo de psicólogos de amplio prestigio mundial. Sun embargo, era muy común que simplemente desplumaran a sus pacientes y después, con la excusa de que estaban curados, ingresarlos a la organización como socios. No podías demandar a tu socio, y menos sí éste te había mostrado el Camino a la Escalera al Infinito. Kalephsheel ya se había enfrentado con ellos antes y estuvo a minutos de que lo convencieran de que se uniera a la organización. Lo salvó el hecho de que no tenía en qué caerse muerto, y tras la decepción inicial investigó al grupo. Lo que aprendió lo dejó sin dormir por varios días.
Era tiempo de hacerles otra visita. Pero antes que nada, dejó la cartera en la caja fuerte y cargó su fiel Smith and Wesson. No quería sustos.
Capítulo IIII.
Entrar al Gran Hotel Reina María Cristina y del Cantábrico fue pan comido. Cruzar seguridad fue más complejo, en especial porque no tenía dinero para sobornar a los guardias. Sin embargo, se las arregló para cobrar un par de favores y entrar. El Consorcio Psicológico S. A. estaba ubicado en los pisos 33 a 38 del Hotel, y el elevador de cristal sólo llegaba al piso 33. A partir de ahí debías subir una escalera hasta la oficina de Jran Gefe, el presidente de la franquicia. Gefe no parecía alemán, ciertamente, y es hecho de parecerlo hubiera sorprendido a muchos, tomando en cuenta que había nacido en Liberia y era ciudadano inglés, por añadidura. Pero antes de llegar a él debía evitar a otro montón de subordinados. Lo cual era, hasta cierto modo, necesario para él: así se evitaba que le dieran un tiro.
Kalepsheel decidió sólo llegar al piso 13. Había que comenzar la investigación por el principio. Detuvo el elevador en el piso doce y dejó que subiera un piso más solo. Aguzó el oído. Nada. Llamó el ascensor y presionó el botón 13.
Al abrirse las puertas una ráfaga de aire caliente penetró el cuerpo del elevador. Aquello parecía un horno. Kalepsheel, aún cubierto por la gabardina, entró al piso, propiedad de Altos Hornos de México. La temperatura era para que se fueran acostumbrando los nuevos empleados reclutados. Kalepsheel miró entonces a la secretaria. Era una cara familiar.
–Nunca olvido una cara bonita –dijo, acercándose con el sombrero de ala ancha cubriéndole los ojos — y tú no serás la excepción.
–Kalepsheel –dijo ella, mascando chicle ruidosamente.
–De todos los lugares del mundo tenía que encontrarte en éste.
–La última vez me dijiste que me amabas.
–Mentí, nena.
–Yo también te mentí cuando te dije que era virgen.
–Lo averigüé a la siguiente semana, cuando mi médico me dijo que esa enfermedad venérea era nueva.
–¿A qué vienes?
–Vengo por una chica, nena. Desapareció entre los pisos 13 y 18. Éste es el piso 13. Tenía que empezar por algún lado.
–¿Una chica? ¿Qué chica?
Por toda respuesta, Kalepsheel sacó una fotografía de Olive Green.
–A ella, nene, la he visto. Una vez. Pero no puedes olvidarla cuando lo vez. Ni aunque quieras limpiarte los ojos con cloro.
–Es ella, ciertamente.
–No está aquí, nene. Prueba en los pisos superiores.
–¿Cómo sabes que no está aquí?
–Una chica de plástico como ésa no duraría aquí ni quince minutos.
–Tú has durado aquí, nena.
–Lo mío es silicón de primera calidad.
Kalepsheel volvió a mesarse la barba.
–Creo que eso es importante, nena. Te veré algún otro día.
–Si no te molesta, que no sea demasiado pronto.
Kalepsheel se metió en el elevador y presionó el botón del piso 14.
Capítulo V
En el piso un papel en blanco. Todo estaba negro. Kalepsheel se dio cuenta de que debía haber traído su lámpara de bolsillo. Sacó el teléfono celular y con la débil luz de la pantalla se adentró en la oscuridad. Nada había ahí. Recogió el papel y lo leyó: «Nos cambiamos al piso 33.»
Sacó su Smith and Wesson y quitó el seguro. Aguzó el oído. Avanzó un poco hasta donde creyó que había una pared. Ahí estaba el interruptor principal de la luz. Lo encendió. Las luces a lo largo y ancho del piso comenzaron a encenderse, una por una. Estaba completamente vacío, a excepción de una silla al final. Decidió ir hacia ella e investigar. No guardó la mitigüeson, pero sí el celular.
Caminó con pasos estrechos y cuidadosos. Pero pronto llegó al final y la silla estaba enteramente vacía. Estaba plenamente seguro de que todos los pisos del hotel tenían grandes ventanas; éste parecía ser la excepción. Tal vez por la mala suerte asociada al piso trece: desde que el dueño de un hotel se arrojara precisamente desde ese piso, agobiado por sus deudas. Pero eso no era el caso. Revisó cuidadosamente la pared: era yeso. ¿Por qué? Un golpe con la cacha de la pistola reveló que detrás del yeso había cristal. Creyó escuchar un sonido a su derecha, se puso en posición de tiro y observó. Nada. No podía disparar contra la ventana: alguien podría resultar lastimado. Retiró más yeso y la luz del sol entró en todo su esplendor. No había más que hacer y decidió regresar.
Entonces se dio cuenta. ¿Dónde estaban las escaleras de emergencia?
Capítulo VI
Rápidamente revisó los planos mentales del edificio y los comparó con la realidad. Las escaleras debían estar hacia el lado norte. Pero en el lado norte sólo había un ventanal de vidrio cubierto por yeso. Pero también estaba cubierta de yeso la ventana junto a los elevadores. Eso le dio una pista: el elevador ce cristal era el más nuevo, pero había al menos otros dos elevadores, el de servicio y el antiguo. El de servicio debía estar en la esquina noroeste y el antiguo en el sur. El antiguo era el que estaba más cerca. Raspó el yeso y no vio luz: un boquete más grande y observó que era un panel de tablarroca. Lo partió de una patada y se introdujo como pudo. Al otro lado, a un metro de distancia, una ventana, cubierta por yeso. No había luz. Pero al raspar el yeso, la luz entró a raudales y dejó ver que no había nada. Raspando yeso avanzó, hasta llegar al cubo del elevador antiguo. Satisfecho, partió de otra patada el panel de yeso y avanzó a donde estaba el elevador de servicio.
Y lo volvió a escuchar.
De nueva cuenta se puso en posición de tiro, y se acercó cuidadosamente al lugar de donde había escuchado el sonido. El elevador de servicio no podía ser: era un ruido ligero. Tuvo una idea.
Se acercó al elevador principal a paso firme, sin despegar la vista de la zona donde creyó haber escuchado el ruido.
Entró al elevador de cristal y presionó el botón del siguiente piso. Pero no ascendió con él. Esta vez escuchó claramente un ruido distinto al del ascenso y se acercó sigilosamente a la pared.
Se tiró al piso justo en el segundo en que creyó que le iban a disparar, y un instante después la bala pasó silvándole. Disparó un único tiro justo a donde había salido la bala y el grito ahogado por el yeso y el sonido del cristal al romperse le confirmó que había dado en el blanco.
Escuchó un sollozo al otro lado de la pared. No iba a ser tan estúpido como para entrar solo a un lugar desconocido, así fuera un espacio de un metro en el borde de un edificio protegido por cristal
antihuracanes. Escribió un mensaje de texto y lo envió a un amigo de la policía que le debía un favor. Si le hacía caso, atacaría. Si no, al menos lo habría intentado.
Nada pasó por unos minutos que le parecieron eternos, y se acercó hacia el hueco de la pared. Con la cámara del celular tomó una fotografía y vio que el vidrio estaba roto y manchado de sangre. Escuchó el ulular de las sirenas y se atrevió a romper el yeso.
Era un tipo bastante entrado en kilos y carnes el que estaba detrás del yeso, con la mano destrozada por el tiro de Kalepsheel. Junto a él, una chiquilla. No podía tener más de 15 años y probablemente menos. Observó entonces que el gordo estaba apoyado en la puerta de emergencias. Un secuestrador, pensó. A nadie se le hubiera ocurrido buscar en la esquina de un piso modificado mientras no se rentara. Pero la chiquilla no era Olive Green. Le quitó la mordaza y la sacó de ahí. Pronto llegaron los refuerzos: el personal de seguridad del edificio. Ellos se harían cargo del gordo. Él tenía más cosas qué hacer.
Capítulo VII
La puerta de emergencias no estaba conectada al alambrado de emergencias. Esto implicaba una posibilidad de que el gordo hubiera desactivado la cámara, pero no parecía muy probable. Revisó y encontró una cucaracha. La pisó.
Subió al piso 15. Abrió la puerta y observó que eran oficinas. Un periódico. Tal vez una revista. Cerró la puerta y continuó al piso 16. Algún día tenía que hacerse ver por un psiquiatra, de los de verdad, sobre su miedo a los periódicos de papel, desde aquella noche en que había soñado que era mosca.
El piso 17 estaba a oscuras. Entró con cuidado, sin hacer ruido. No encendió la lámpara: había la suficiente luz como para ver y ser visto, pero no la suficiente como para despertar a un durmiente. O velar una fotografía: el tono era rojizo. ¿Quién empleaba filme en estos días de tecnología digital? Alguien con mucho apego al pasado y mucho dinero como para crear su propia minifábrica de celuloide y filme. El olor acre de los químicos se mezclaba en el aire y se impregnaba en su ropa. Cerró la puerta y continuó.
Fue en el piso 18 cuando observó una enorme cantidad de computadoras. Tal vez un proveedor de servicios de telecomunicaciones. ¿Pero a dónde irían todos los cables? Aquello no tenía sentido. No, lo más probable es que fuera una granja de computaoras para calcular algo. Tal vez el render de alguna película. Entró con cuidado y tecleó al azar una clave en el teclado de la puerta.
Sin quererlo, le dio acceso. Kalepsheel entró, la pistola en la mano pero con el seguro puesto. Trataba de permanecer en calma. El aire fresco le pegó en la cara y lo hizo sentir un escalofrío a lo largo de la espina dorsal. Entró a un cubículo vacío y se sentó detrás del pequeño escritorio. Movió el ratón y la terminal le dio acceso: No tenía contraseña porque el dueño acababa de ir por un café, seguramente.
Y en la pantalla, dividida en 15 y con un pequeño recuadro a manera de chat, se veían las imágenes del rescate de la chiquilla, varios pisos abajo, y de varios pisos arriba. Y la escalera de emergencia. Lo habían visto venir. Se maldijo y se preparó para la emboscada.
Capítulo VIII
Pero la emboscada no vino.
Todos los cubículos estaban vacíos. Sin excepción. Ero, al igual que la defensa Chewbacca, no tenía sentido. Revisó en cada uno de los lugares del piso a los sospechosos comunes y no los encontró. No había nadie, ni un alma. Ni siquiera había nadie registrado en la entrada desde hace cinco horas, sin contar su propio acceso.
Y entonces notó que el elevador de cristal del edificio no tenía puerta ahí.
Si no le habían disparado hasta el momento es porque no había nadie para hacerlo, pero sí podía dejarles un recuerdo de su visita. La puerta estaba tapada por un panel de yeso. Sacó su navaja suiza, montó la sierra más filosa en posición y cortó el yeso. Efectivamente, el hueco del elevador estaba ahí, no así el ascensor. Súbitamente supo cómo se habían llevado a Olive Green y supo cómo podría engañarlos. Regresó a la terminal sin contraseña corriendo y montó una grabación del hueco del elevador. Tardó cinco segundos en hacerlo: el mismo tiempo que faltaba en la grabación de seguridad. Si Olive había subido en el ascensor, al llegar al piso 18 perfectamente podían haberla sacado sin dejar huella. ¿Por qué otra razón habían puesto la placa de yeso? Para ocultar que ahí había alguien, o que la puerta había sido manipulada.
Ahora le faltaba ver quién había sido.
Capítulo IX
Llamó al ascensor. Éste subió con velocidad desde los pisos inferiores, y Kalepsheel se subió a él justo cuando disminuía la velocidad. Ahora era sólo cuestión de esperar a que alguien lo llamara de un piso superior. Eso, o trepar. Decidió esperar.
No tardó ni dos minutos cuando el ascensor comenzó a subir. Las puertas estaban marcadas con los pisos, y así pronto se encontró conque el elevador se había detenido en el piso 33: la puerta marcaba 34. Arriba esperaba la gloria y no tendría que pasar por los otros pisos. Entonces se dio cuenta: lo iban a buscar. Comenzó a trepar rápidamente por los alambres de acero y alcanzó a abrir el piso 36 antes de que el elevador pasara rápido junto a él.
Sabía que habría una lámina de yeso esperando al otro lado de la puerta. La rompió y se tiró al suelo. Las balas volaron desde ambos lados de la puerta.
–¡Idiotas! –gritó Kalepsheel. Nadie lo escuchó. Los dos lados se habían acribillado mutuamente, con la esperanza de agarrarlo en medio del fuego cruzado. Por lo menos ahora tenía pruebas de que los Fantasiólogos eran una organización violenta.
Se abrió paso por entre los cadáveres y se encontró con una puerta de acero en mal estado. Estaba oxidada. No tenía sentido, pero muchas cosas no lo tenían ese día, así que lo dejó pasar. Abrió la puerta y se encontró al aire libre. Eso explicaba la corrosión. Afuera, la antena del telecomunicaciones, y en ella, apoyada contra la base, una escalera. Los fantasiólogos habían quitado cuidadosamente todo el elemento estructural no necesario para sostener la torre y habían construido una escalera que los elevaría al cielo. Al Infinito.
Trepó por la escalera hasta lo que debió ser la azotea. Por supuesto, ahí estaba Olive Green.
Capítulo X
Sin guardar la pistola Kalepsheel oteó el horizonte. Olive estaba sola. Estaba atada de pies y manos. Se veía severamente deshidratada. No tenía vida en los ojos: como si no quisiera que Kalepsheel se le acercara, desvió la mirada. El detective privado cortó las vendas dep pues y manos y después quitó la mordaza. ella lo miró. Luego miró su escalera. Kelepsheel miró con ella: en la antena, un cadáver. De seguro con varios días de evolución. Olive aprovechó para hacerse de la pistola de Kalepsheel, pero las manos le fallaron. La pistola cayó al suelo y ella se echó a llorar. Kalepsheel trató de calmarla, pero no pudo: ella se retiró, paso a paso, hasta el final de la azotea. Y se lanzó.
Kalepsheel tomó su pistola, sacó de nueva cuenta su celular e hizo tres llamadas.
La primera, a la policía. Que enviaran al servicio médico forense ellos. La segunda, a la familia Green. La identificación tardaría un poco, pero era positiva. La tercera, a la pizzería. Quería una grande con todo. Calculó que, una vez que bajara a Olive Green de la reja de seguridad, podría llegar con ella a la oficina en menos de treinta minutos. Se preguntó si debía hacer una cuarta llamada para que la pizza tardara más. Luego se dijo que no importaba: iban a pagarle una pasta gansa.
Se deslizó por el techo hacia el enrejado y sacó a la chica de ahí. Había sido un largo día. Y todavía faltaban las explicaciones.
Quedo de ustedes:
Quien Resulte Responsable.

Wow. Por el cuento y por ver cómo lo escribes. Wow.